Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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Sentimientos.
POV CARLA
- ¿Lo puedes creer, Ian? Antes la gente corría de ti como si fueras el peor de los presidiarios… desconfiaban hasta de tu sombra. ¡Y mírate ahora! Tu jefe te presta la camioneta a ojos cerrados, sin una sola duda en su corazón – digo, sintiéndome tan orgullosa que casi exploto al ver cómo has transformado tu vida en tan poco tiempo.
- Lo sé… y todo es gracias a ti, Carla. Sin tu ayuda, nada de esto existiría. Yo seguiría ahí, entre la basura, aguantando este invierno cruel… esperando a morir bajo un puente o en algún banco de parque olvidado – sus palabras golpean mi pecho con fuerza, haciendo que mi corazón se contraiga de dolor.
- Yo… yo no hice nada, Ian – balbuceo, sintiendo cómo se me nublan los ojos.
- ¿Cómo que no? Me prestaste tu voz cuando nadie quería escucharme, me abalaste cuando todo el mundo me echaba para atrás… fuiste la primera persona que confió en mí. Y eso hizo que las demás lo hicieran también. Te debo mi vida, Carla – dice, mirándome a los ojos con una intensidad que me quita el aliento, mientras contengo con todas mis fuerzas las ganas de llorar.
- Ya no hablemos más de eso, ¿vale? Estoy feliz con el presente que tenemos los dos… y con eso me basta y sobra – digo, sonriendo para disimular la emoción.
- Me parece bien… también estoy feliz con este presente. _ respiro aliviada al ver que la conversación acabó.
Llegamos a casa mientras él me cuenta con entusiasmo cómo quedó el mueble que armó hoy en el trabajo. Pero al abrir la puerta, mi hermana se lanza sobre mí con una brutalidad que casi me hace caer.
- ¡CARLA ESTÁS VIVA! – sus ojos me escanean como rayos X, recorriéndome de pies a cabeza… y luego se clavan en el imponente hombre que está detrás de mí. – No me digas que es… el mendigo del que me hablaste.
La agarro del brazo y la arrastro hasta mi cuarto, sintiéndome mortificada hasta las raíces del cabello.
- ¿Qué crees que estás haciendo, diciendo esas cosas frente a él? ¡Desvergonzada! ¡Mala hermana! – le jalo la oreja con firmeza como castigo.
- ¡Auch! ¡Duele! Pero es la verdad, ¿no? ¿Es el mismo de esa noche? ¿Por qué sigue aquí, en tu casa? _ pregunta curiosa con sus ojos puestos en mi.
- ¡Eso fue hace TRES meses, Patricia! – reclamo, ya molesta.
- Lo siento… estaba de vacaciones y se me descompuso el celular. Pero apenas vi tu mensaje vine corriendo a ver si te habían matado o algo peor…
¿Algo peor que estar muerta? Increíble. Simplemente increíble. Aquella noche le entregué mi vida entre sus manos, confiando en que enviaría ayuda de inmediato si algo malo pasaba… y esta descarada aparece tres meses después pidiendo explicaciones.
- Como puedes ver, estoy increíblemente viva… y déjame decirte que NO ES GRACIAS A TI. ¿Y qué hacías de vacaciones cuando se suponía que debías estar en la universidad?
- Sobre eso… mejor tarde que nunca, ¿no? Así dice el dicho. Y por lo segundo… – desvía la mirada de golpe – me suspendieron. Pero ya puedo volver a cursar.
Esta niña me va a matar algún día. Aprieto mis puños hasta sentir que mis uñas se clavan en la piel, con ganas de darle una buena lección de vida. Pero de repente, se me ocurre la mejor lección posible… y esta cruzando la puerta.
- Mira bien, Paty. Ese muchacho de ahí fuera pasó hambre, frío, peligros… tantas necesidades básicas que ni te imaginas. TÚ tienes la oportunidad de estudiar, de construirte un futuro mejor. ¡Deja de desperdiciar lo que tienes y sé más agradecida! _ mi voz suena con firmeza intentando que lo entienda.
- Bueno, hermana… lo siento, de verdad. Esta vez sí me voy a portar bien. Pero… te lo admito – sonríe de oreja a oreja – está muy guapo. No me lo niegues.
De verdad que no se puede con ella. Le empiezo a pellizcar las mejillas con fuerza, hasta que ella grita suplicando perdón.
Escucho unos ligeros golpes en la puerta, seguidos de la voz de Ian.
- Carla… ¿todo está bien? La comida se está enfriando. _ pronuncia despacio.
Patricia se levanta de un salto aprovechando mi distracción y sale corriendo hasta la cocina.
- ¡HUELE DELICIOSO! ¡Amo esta comida más que nada en el mundo! ¿Me invitaste a cenar, cuñado? _ dice entre risitas la muy descarada.
Ian se queda con los ojos como platos ante esa afirmación, mientras yo siento cómo me sube el calor a la cara hasta ponerme roja como un tomate.
- Claro… claro que sí. Un plato de comida no se le niega a nadie – responde con dificultad, mientras me mira con una sonrisa tierna.
- ¡Gracias! ¡Eres tan amable, cuñado! Te deseo mucha suerte soportando el mal carácter de mi hermana mayor – grita ella, mientras yo estoy a punto de levantarme para echarla de la casa.
Pero la mano de Ian sostiene la mía, dándome una palmadita suave.
- Déjala… se ve que es muy activa. Y también muy parecida a ti, Carla – me dice, sonriendo.
Patricia nos observa con los ojos brillantes, riendo entre dientes con esa risita que yo conozco de sobra.
- Así que eres la hermana menor de Carla… ¿cómo te llamas? – pregunta Ian, intentando mantener el ambiente tranquilo.
- Patricia, aunque puedes decirme Paty. Ya somos familia, después de todo – dice, moviendo los ojos de un lado a otro.
- ¡Ja ja ja! ¿Y Paty, qué edad tienes?
- Veinte años. Estoy en mi primer año de carrera, aunque es muy difícil. No todas podemos ser alumnas perfectas como Carla – su mirada se dirige a mí con un brillo de celos que no pasa desapercibido.
- ¡Así que universitaria! Qué bien. Yo puedo ayudarte si quieres – dice Ian, entusiasmado – soy bueno en álgebra, ciencias, química… algo de historia y un poco de…
Pero Patricia no lo deja terminar, saca sus cuadernos de un salto y los extiende por toda la pequeña mesa.
- ¡Soy toda oídos, maestro! _ hacía mucho tiempo no la veía tan amigable y menos con un desconocido.
Ian y yo comenzamos a reír a carcajadas al ver su cara tan iluminada, tan desesperada mejor dicho.
- Si necesitabas ayuda, ¿por qué no me lo dijiste a mí, Paty? – pregunto, sintiéndome un poco desilusionada… pero más bien conmigo misma, por no haber estado atenta a ella.
- ¿Cuando? ¡Si te la pasas haciendo horas extras todo el tiempo! Incluso olvidaste tu propio cumpleaños…
El silencio incómodo cae sobre los tres de golpe. Me quedo mirando la comida, apretando los labios para no llorar. Ian nota la tensión y toma la delantera de nuevo.
- Voy a meter esto al microondas… no es bueno comerlo frío. Y luego te ayudo en todo lo que necesites, Paty.
- ¡Gracias, cuñado! Voy al baño un segundo – dice ella, desapareciendo por el pasillo.
Me acerco a él para ayudarlo con los platos, pero antes de darme cuenta, mi frente se pega en su espalda. Es un contacto tan suave… pero que me hace temblar.
- ¿Piensas que soy una mala persona, Ian? – susurro aguantando la respiración.
- Para nada. Eres una adulta con las responsabilidades de una adulta – dice, girándose un poco.
- Pero la dejé sola… ni siquiera sabía que la habían suspendido. Me siento tan mal, soy su hermana mayor y no sabía nada.
A pesar de todo, no me atrevo a abrazarlo. Este simple contacto de mi frente en su espalda ya se siente como un límite cruzado. Pero de repente, Ian gira completamente y me atrae contra su pecho, envolviéndome en sus brazos cálidos.
- No te tortures, Carla. A mis ojos haces todo lo que puedes. También estabas pasando un mal momento con la explotación en el trabajo y ese acosador de tu jefe. No puedes estar en todos lados mujer.
Mis manos dudan en moverse, me muero por abrazarlo, pero el miedo me paraliza. Pero Ian lo nota y toma mis manos, llevándolas hasta su espalda para que las aferre.
- No te cobraré por darme un abrazo. Y mucho menos pienso denunciarte por acoso – dice, riendo suavemente.
- ¡Ja ja ja! Qué bueno… es un alivio, sin dudas – río también, mientras siento cómo mi cuerpo se relaja en sus brazos. – Gracias, Ian. Por estar aquí conmigo… por no dejarme sola.
- Eso debería decirte yo a ti, Carla. Gracias por permitirme estar a tu lado… por hacerme parte de tu vida.
Comienzo a darme cuenta de que Ian se ha vuelto indispensable para mí. Ya no puedo imaginar un día en que no lo vea, en que no escuche su voz, en que no tenga su presencia cerca de la mía… sin sus cuidados y su cariño.
Creo que me he enamorado de mi vagabundo y ni pude evitarlo.