Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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EL PODER DE DOS LUCES
El sol de la tarde caía con pesadez sobre la arena de entrenamiento de la Academia, pero el calor del ambiente no se debía únicamente al clima. Una tensión gélida, casi palpable, envolvía a los cientos de estudiantes y maestros que abarrotaban las gradas. Aquel no era un simulacro común; era el cierre de una etapa, el momento en que se decidiría quiénes poseían la madera necesaria para servir al reino.
Hitoka, el décimo mago de la corte, se encontraba en el centro del recinto. Su uniforme, impecable y cargado de insignias, resplandecía bajo la luz. Con un gesto de seriedad absoluta, rompió el murmullo de la multitud.
—El último enfrentamiento del examen —anunció Hitoka, su voz amplificada por un ligero eco mágico—. Leonidas y Joan, pasen al centro.
De los extremos opuestos de la arena, dos figuras avanzaron. Leonidas caminaba con los puños cerrados, su respiración era rítmica, intentando controlar el torrente de energía que amenazaba con desbordarse de sus centros mágicos. Frente a él, Joan avanzaba con una elegancia que rozaba la insolencia. Su rostro era una máscara de absoluta calma, como si caminar hacia un combate a muerte fuera un trámite burocrático más.
Se detuvieron a pocos metros de distancia. Leonidas sostuvo la mirada de su oponente, buscando algún rastro de duda, pero solo encontró un vacío profundo y azul.
—Esto no durará mucho —sentenció Joan. Sus palabras no fueron un alarde, sino una fría observación de la realidad tal como él la veía.
Hitoka observó a ambos jóvenes. Sabía que lo que estaba a punto de presenciar no era una simple prueba académica. Levantó su mano derecha hacia el cielo, un gesto que detuvo hasta el último susurro en las gradas. El tiempo pareció congelarse por un instante eterno.
—¡Luchen! —rugió el mago de la corte mientras bajaba el brazo con violencia.
Leonidas reaccionó con la velocidad de un rayo. No había espacio para el tanteo; sabía que contra Joan debía golpear primero y golpear fuerte. Sus ojos se encendieron con un brillo anaranjado y el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse por el calor.
—¡Dios del fuego, quema a mis enemigos! —exclamó Leonidas, canalizando su voluntad—. ¡Llama del Olimpo!.
Una columna de fuego puro, girando como un tornado horizontal, surgió de sus manos y se lanzó a través del espacio, rugiendo como una bestia hambrienta. El impacto parecía inminente y letal. Sin embargo, Joan no se puso en guardia. Ni siquiera retrocedió.
Con una lentitud casi insultante, Joan extendió su mano derecha, con la palma abierta hacia el infierno que se le venía encima.
—Patético... —susurró Joan.
Cuando las llamas hicieron contacto con su piel, en lugar de incinerarlo, se dividieron. El fuego chocó contra un muro invisible justo en la palma de su mano, disipándose en chispas inofensivas. Joan bloqueó el ataque mágico más poderoso de Leonidas con nada más que su mano desnuda.
En la zona de jueces, Hitoka sintió que el aliento se le escapaba. «¿Con la mano desnuda...?», pensó, mientras un sudor frío le recorría la espalda. «Realmente podría derrotarme incluso a mí si se lo propusiera...».
—Eso es imposible... —balbuceó Leonidas, el humo aún saliendo de sus palmas.
No tuvo tiempo de decir nada más. En un parpadeo, la figura de Joan se desdibujó. No fue un movimiento rápido; fue una desaparición absoluta de los sentidos. Leonidas buscó desesperadamente a su frente, pero solo encontró aire.
—Es rápido... no logré verlo... —alcanzó a pensar el joven guerrero.
Una sombra se proyectó sobre su espalda. Joan estaba allí, de pie, con la misma expresión de aburrimiento. Antes de que Leonidas pudiera girarse, un puñetazo cargado con una fuerza física devastadora se hundió en su costado. El golpe lo levantó del suelo y lo mandó rodando varios metros por la arena.
Desde las gradas, un grito rompió el silencio del asombro.
—¡Leonidas! —exclamó Deila, apretando la barandilla con fuerza, sus ojos llenos de una angustia creciente.
A su lado, Gin observaba la escena con los brazos cruzados y una mueca de desprecio.
—Qué espectáculo tan tonto —comentó Gin con frialdad—. Es como ver a un lobo jugar con un ratón herido.
Leonidas intentó incorporarse, pero sus oídos pitaban y el sabor a hierro de la sangre inundaba su boca. «No puede ser, a este paso quedaré inconsciente...», se dijo a sí mismo, luchando contra el vértigo.
Lejos de la arena, en la penumbra del despacho principal de la academia, dos figuras de autoridad observaban el encuentro a través de una esfera de cristal. El Director Bale y la Profesora Jill permanecían en un silencio sepulcral, analizando cada milisegundo de la pelea.
—Esta pelea es absurda —rompió el silencio el Director Bale—. La diferencia es muy obvia.
—Ese niño Joan... ni siquiera ha usado su poder mágico todavía —añadió la Profesora Jill, su voz cargada de una mezcla de admiración y temor—. Lo que estamos viendo es pura capacidad física y control básico de energía.
El Director Bale suspiró, cruzando sus dedos sobre el escritorio.
—Joan... pertenece al clan de los Iluminados —sentenció, como si el nombre mismo explicara la anomalía que presenciaban—. Uno de los clanes más temidos dentro de este reino. Su linaje no conoce la debilidad.
Mientras la academia se centraba en el duelo, a leguas de distancia, la paz del reino era solo una ilusión. En la linde del Bosque Rojo, un lugar donde la vegetación parecía teñida de sangre perpetua, dos figuras observaban las torres de la academia en el horizonte.
Eran un hombre y una mujer envueltos en túnicas oscuras que parecían absorber la escasa luz del bosque. Sus auras eran pesadas, cargadas de una malevolencia que marchitaba la hierba a sus pies.
—Oye, ¿crees que si entramos al reino nos detectarán? —preguntó el hombre, cuya sonrisa revelaba una sed de sangre poco contenida.
—Claro que sí, tonto —respondió la mujer misteriosa con una voz afilada—. Magos como la profesora Jill, el director de la academia o Hitoka se darían cuenta al instante. Sus sentidos están entrenados para detectar intrusiones como la nuestra. Tendremos que esperar el momento preciso.
El hombre soltó una carcajada ronca, golpeando el tronco de un árbol.
—Podría acabarlos en el momento y lo sabes. No son más que viejas leyendas.
—Más allá de eso —lo interrumpió ella, ignorando su bravuconería—, también están los miembros del clan de los Iluminados. No podrías ni con dos de ellos juntos.
El hombre guardó silencio por un momento, su expresión ensombreciéndose. —¿Realmente son tan fuertes?
—Claro, idiota. Por suerte para nosotros, solo hay uno de ellos en la academia en este momento.
En ese instante, sintieron una perturbación masiva de energía proveniente de la arena. Un pico de poder mágico que sacudió los cimientos del aire.
—Ataquemos ahora —dijo el hombre, sus ojos brillando con anticipación—. Es nuestra oportunidad.
—De acuerdo —asintió la mujer—. Vamos.
De vuelta en la arena, Leonidas estaba siendo humillado. Joan continuaba golpeándolo con precisión quirúrgica, usando solo sus manos vacías y su velocidad superior. Cada impacto era un recordatorio de la brecha que los separaba.
—Maldición... solo sigue golpeándome con su velocidad —masculló Leonidas entre dientes mientras intentaba bloquear un golpe que nunca llegó a ver—. Qué humillante....
Joan se detuvo frente a él, observándolo como quien mira a un insecto que se niega a morir bajo su bota.
—Pensé que eras más interesante —dijo Joan, su voz carente de cualquier emoción—. Eres patético....
Leonidas, apoyado sobre una rodilla, comenzó a reír. Era una risa ronca, cargada de una determinación que hizo que Joan frunciera el ceño por primera vez en toda la tarde.
—¿De qué te ríes? —preguntó Joan.
—Esto solo acaba de empezar... —respondió Leonidas, levantando la vista. Sus ojos ya no eran naranjas; eran de un blanco incandescente.
Leonidas cerró los ojos y comenzó a recitar unas palabras que no pertenecían a los libros de texto de la academia. Eran palabras antiguas, grabadas en su sangre.
—Dios del sol y del fuego, ilumina y quema mi alma para darme tu poder... ¡Espada de Fuego!.
El aire explotó. Un pilar de luz ígnea descendió del cielo directamente sobre Leonidas. Cuando el resplandor se disipó, el joven sostenía una espada forjada íntegramente de llamas blancas y doradas. El nivel mágico que desprendía era tan vasto que incluso los estudiantes en las últimas filas sintieron el calor en sus rostros.
«Solo puedo usarla por un minuto», pensó Leonidas, sintiendo cómo el arma drenaba su vitalidad a cada segundo. «Debo ser capaz de derrotarlo con esto en ese lapso de tiempo...».
En el despacho, la Profesora Jill se puso en pie, atónita.
—Esa espada de fuego... es el poder de....
—Así es —completó el Director Bale, su voz llena de un respeto solemne—. Es el poder de su padre... el legendario Fénix.
Leonidas no perdió un segundo. Se lanzó hacia adelante, convirtiéndose en un borrón de fuego. Joan, por primera vez, tuvo que retroceder a toda velocidad. El primer tajo de la espada de fuego pasó a milímetros de su pecho, pero la onda de choque térmica fue suficiente para dejarle una herida superficial y quemar parte de su túnica.
—¿Cómo fue qué...? —balbuceó Joan, tocándose el rostro, sorprendido por el dolor.
—¡Todavía no termina! —rugió Leonidas.
El joven arremetió de nuevo. El choque de sus poderes creó una explosión masiva que envolvió toda la arena de entrenamiento, levantando una cortina de humo tan densa que nadie podía ver lo que ocurría en el epicentro.
—No veo nada... —dijo Deila, cubriéndose los ojos.
—¿Ese tonto perdió? —preguntó Gin, tratando de escudriñar a través del gris denso.
Cuando el humo comenzó a dispersarse, la imagen dejó a todos sin palabras. Joan había bloqueado el último ataque de la espada de fuego, pero para hacerlo, había tenido que manifestar finalmente su propio poder mágico. Sus manos estaban envueltas en una energía azulada que vibraba con una frecuencia aterradora.
—Parece ser que el señor perfecto y número uno terminó usando su poder mágico —se burló Leonidas, a pesar de estar al límite de sus fuerzas.
—Maldito mocoso... —la calma de Joan se había roto, reemplazada por una furia fría—. ¡MUERE!.
Pero antes de que Joan pudiera contraatacar, Leonidas realizó un último movimiento desesperado, un estallido de energía que alcanzó a Joan de lleno, mandándolo a volar unos cuarenta metros a través de la arena hasta estrellarse contra el muro perimetral.
Leonidas cayó sobre sus manos y rodillas, su espada de fuego desvaneciéndose mientras su energía se agotaba por completo.
—¿Qué fue eso? —preguntó, sintiendo una presencia extraña que no pertenecía a la arena.
Desde lo alto de los muros, las dos figuras del Bosque Rojo saltaron al campo de batalla.
—El miembro del clan de los Iluminados parece haber caído —dijo la mujer misteriosa, observando el cuerpo de Joan entre los escombros.
—Eso fue demasiado fácil... —añadió el hombre, caminando hacia el exhausto Leonidas.
Hitoka reaccionó instantáneamente.
—¡Leonidas, aléjate! —gritó con todas sus fuerzas.
Pero Leonidas estaba vacío. Sus reflejos eran lentos, sus músculos no respondían. El hombre misterioso apareció frente a él con una velocidad que rivalizaba con la de Joan.
—¡Muere, niño! —rugió el intruso, lanzando un golpe cargado de energía oscura.
Leonidas salió despedido por los aires al igual que lo había hecho Joan minutos antes. El impacto contra el suelo fue brutal.
—¡Leonidas! —gritó Deila, intentando saltar a la arena, pero Takala la retuvo.
En ese momento, un destello de poder absoluto iluminó el recinto. La Profesora Jill y el Director Bale se materializaron en el centro de la arena, sus mantos ondeando con una furia contenida.
—Vaya, mira quiénes se unen a la fiesta... —se mofó la mujer misteriosa, sin mostrar rastro de miedo.
—Ja, ja, ja —rió el hombre, preparándose para el combate más grande de su vida.
—¿Quiénes son ustedes? —exigió la Profesora Jill, su voz era como el trueno antes de la tormenta.
El Director Bale no esperó respuestas. Sabía que la prioridad eran las vidas jóvenes bajo su cuidado.
—Hitoka, lleva a los alumnos afuera de la academia y protégelos —ordenó sin mirar atrás.
—Sí, señor —respondió Hitoka, recobrando la compostura—. ¡Todos, muévanse rápido!.
El caos se apoderó de las gradas mientras los alumnos salían corriendo por las puertas de la arena. Hitoka dirigía la evacuación con mano firme.
—Tú también, Deila —le dijo, obligándola a moverse mientras ella miraba hacia atrás, buscando a Leonidas.
—Tranquila niña, yo me llevaré a Joan —dijo Gin, cargando al joven Iluminado sobre su hombro con una eficiencia sorprendente.
—Yo iré por Leonidas —añadió Takala, recogiendo el cuerpo herido del guerrero del fuego.
—¡Rápido, muévanse! —urgió Hitoka mientras las primeras chispas del combate entre los maestros y los intrusos comenzaban a volar.
—Que aguafiestas —se quejó la mujer misteriosa, lanzando un ataque preventivo hacia Jill.
—Les repito —dijo la Profesora Jill, bloqueando el ataque con un escudo de luz geométrica—, ¿quiénes son ustedes?.
—Nosotros... —comenzó a decir la mujer con una sonrisa enigmática.
Y así, la última batalla del examen quedó oficialmente suspendida. Lo que comenzó como una prueba de fuerza entre compañeros había sido interrumpido por la oscuridad. La academia ya no era un lugar de aprendizaje; se había convertido en la primera línea de una guerra que apenas comenzaba.