"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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El eco de una madre
La mansión Montero amaneció envuelta en una neblina espesa, casi tan densa como el humor de Isabella. Desde que Elena Rose había llegado, el orden jerárquico que Isabella tanto se esforzó por construir se estaba desmoronando. No era que Elena fuera rebelde; al contrario, era tan perfecta que su mera existencia hacía que Isabella pareciera una impostora.
Elena se encontraba en el salón de música con Mía. La niña, de apenas siete años, miraba el piano de cola con una mezcla de anhelo y miedo.
—Mi mamá decía que la música es el lenguaje del alma —susurró Mía, acariciando una tecla sin llegar a presionarla—. Pero Isabella dice que hago mucho ruido y que mejor me ponga a practicar mi caligrafía.
Elena sintió un frío recorrerle la espalda. Isabella estaba borrando cada rastro de ella en la memoria de sus hijos, convirtiéndolos en seres grises y sumisos.
—La música nunca es ruido si sale del corazón, Mía —dijo Elena, sentándose junto a ella en el banco de terciopelo. Su postura era impecable, sus manos descansaban sobre el teclado con una gracia que Mía nunca había visto—. Vamos a intentar algo. No pienses en las notas. Piensa en un recuerdo que te haga feliz y deja que tus dedos lo busquen.
Elena comenzó a tocar una melodía suave, una que ella misma compuso años atrás. No era una pieza comercial, era "la canción de las estrellas" que le tocaba a Mía cuando era un bebé.
Mía se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron de par en par.
—Esa canción... yo la conozco.
—Es una melodía clásica muy antigua —mintió Elena con suavidad, aunque su corazón latía con violencia—. Se dice que ayuda a las niñas valientes a encontrar su voz.
En ese momento, Isabella entró al salón. Su rostro estaba congestionado por la ira. Ver a Elena sentada en "su" piano, con "su" hijastra, fue la gota que colmó el vaso.
—¡Basta de distracciones! —gritó Isabella—. Señorita Rose, le pago para que eduque a estos niños, no para que pierda el tiempo con sentimentalismos baratos. Mía, ve a tu cuarto ahora mismo.
La niña bajó la cabeza y salió corriendo. Elena se levantó lentamente, cerrando la tapa del piano con un movimiento pausado que irradiaba autoridad.
—La música forma parte de una educación integral, señora Montero —dijo Elena, sosteniéndole la mirada—. Un niño que no sabe expresar sus emociones es un niño que nunca podrá liderar el imperio que su esposo está construyendo. ¿No querría usted que Adrián se sienta orgulloso de los herederos que usted está "criando"?
Mencionar a Adrián y su orgullo era el arma secreta de Elena. Isabella se tensó, dándose cuenta de que no podía discutir con esa lógica frente al personal de la casa que observaba en silencio.
—No te pases de lista, Elena —siseó Isabella, acercándose tanto que Elena pudo oler su perfume excesivamente dulce—. Sé lo que estás haciendo. Estás tratando de ganártelos para asegurar tu puesto. Pero recuerda que en esta casa, yo soy la que manda. Y si decido que te vas, te vas a la calle sin un centavo.
—No busco asegurar un puesto, señora. Busco resultados —respondió Elena con una sonrisa gélida—. Y hablando de resultados, me he tomado la libertad de revisar los gastos de la fundación para la próxima gala. Hay algunas facturas de joyerías personales mezcladas con los gastos de caridad. Supongo que fue un error de su asistente, pero si los auditores de Adrián lo ven... podría ser un problema.
Isabella palideció. Elena acababa de admitir, de forma muy elegante, que tenía pruebas de que Isabella estaba robando dinero de la caridad para comprarse diamantes.
—¿Me estás amenazando? —preguntó Isabella con voz temblorosa.
—Solo le estoy ofreciendo mi discreción a cambio de que me deje educar a los niños sin interrupciones —replicó Elena, ajustándose el cuello de su blusa—. Al final del día, ambas queremos lo mismo: que Adrián sea feliz y que esta casa prospere. ¿No es así?
Isabella no pudo responder. El miedo se mezcló con el odio en sus ojos. Por primera vez, entendió que Elena Rose no era solo una maestra sofisticada; era un tiburón moviéndose en su pecera.
Mientras tanto, en su oficina, Adrián recibía un informe de su jefe de seguridad.
—Señor, hemos investigado el pasado de la señorita Rose en Suiza, tal como pidió. Todo coincide. Trabajó para familias de alto nivel y tiene un historial impecable. Pero hay algo extraño...
—¿Qué cosa? —preguntó Adrián, sin levantar la vista de sus planos.
—Nadie tiene fotos de ella de hace más de dos años. Dicen que es muy reservada con su imagen privada.
Adrián frunció el ceño. Recordó la mirada de Elena durante la cena, esa seguridad que lo desafiaba y lo atraía al mismo tiempo.
—Es una mujer con clase, lógicamente protege su privacidad. Déjalo así. Tenemos problemas más grandes. Vogel ha hecho una oferta pública por el terreno de la fábrica. Esa mujer, Rose, tenía razón.
Adrián estaba cayendo profundamente en la paranoia que Elena y Marcus habían diseñado. Estaba tan concentrado en luchar contra el fantasma de Sebastián Vogel que no veía que el verdadero enemigo dormía bajo su propio techo, ganándose el amor de sus hijos y tomando el control de sus secretos financieros.
Esa noche, Elena subió a la habitación de los niños para darles las buenas noches. Lucas la detuvo antes de que saliera.
—Señorita Elena... gracias por lo del piano. Mía no había sonreído así en mucho tiempo.
Elena sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo. Solo asintió y cerró la puerta.
"Paso a paso", pensó mientras caminaba hacia su cuarto. "Primero recupero sus almas, luego destruyo la tuya, Adrián".