Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 21: Sabía que ibas a llamar.
Salí de la oficina de mi nuevo empleo con una sensación que no supe identificar al principio. No era el subidón de adrenalina de una victoria, ni la euforia de un triunfo... Era algo más silencioso, más profundo... Era posibilidad.
Esa noche, mientras cenaba con mi tía y Mariana, mi teléfono vibró sobre el mantel de hule (Número desconocido) Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: mis pulmones se contrajeron y un escalofrío eléctrico recorrió mi columna. Pero, por primera vez, no temblé. La parálisis había sido sustituida por una frialdad quirúrgica.
Me levanté de la mesa y caminé hacia la ventana que daba al patio interior y contesté.
El silencio al otro lado de la línea era denso, pesado, cargado de esa presencia que solía llenar habitaciones enteras. Y luego, su voz... Esa voz de terciopelo y lija que una vez fue mi único norte.
—Sabía que ibas a contestar —dijo Adrián. No había enfado, solo esa arrogancia tranquila de quien cree poseer las leyes de la física.
Cerré los ojos un segundo, escuchando el eco de su tono.
—Y yo sabía que ibas a llamar. Eres predesible, Adrián.
—¿Ya estás trabajando? —preguntó, con esa falsa cercanía, como si estuviéramos discutiendo el clima y no el hecho de que había huido de su vida.
—Estoy viviendo.
Hubo una pausa. Pude imaginarlo en su despacho, rodeado de maderas nobles, sirviéndose un whisky mientras miraba las luces de Central Park.
—No es suficiente —sentenció él—. Sabes que ese mundo de hormigón y gente pequeña te acabará matando de aburrimiento. Estás hecha para algo más grande... Estás hecha para estar a mi lado.
Sonreí levemente, mirando una mancha de humedad en la pared del patio.
—Para ti no es suficiente porque necesitas un público para tu grandeza. Para mí… esto lo es todo. La paz no es aburrida, Adrián. Es libertad.
—Te vi hoy —soltó de repente. El tono bajó una octava, volviéndose más íntimo y más peligroso.
Mi corazón se tensó, una reacción biológica que no pude evitar.
Pero no fue por miedo, fue por claridad. Su táctica de siempre: hacerte sentir observada, hacerte creer que no hay rincón en el mundo donde su mirada no llegue.
—No —respondí con firmeza—. No me viste.
—No mientas, Laura. Reconocería esa forma de caminar, esa forma de levantar la barbilla cuando estás desafiante, en cualquier parte de Nueva York. Estabas en la calle 23.
Apoyé la frente en el vidrio frío de la ventana.
—Entonces aprende algo nuevo, porque esa mujer ya no camina hacia ti. Puedes mirar todo lo que quieras, pero ya no puedes tocar. Soy un fantasma en tu mundo, y tú eres solo un ruido de fondo en el mío.
—No te he perseguido —dijo él, y por primera vez detecté una grieta de inseguridad, un matiz de necesidad que nunca antes se había atrevido a mostrar.
—No lo necesitas —respondí.
—¿Y aun así contestaste al teléfono? —preguntó, intentando recuperar el terreno perdido, buscando ese hilo de conexión que siempre nos volvía a unir.
—Contesté porque ya no me controlas. Contesté para comprobar que tu voz ya no me acelera el pulso de la forma en que tú quieres. Solo me produce una profunda lástima.
—Y aun así, te mueres por que te toque —insistió él. Su voz bajó de tono, volviéndose esa vibración grave que antes me desarmaba las rodillas—. No mientas. Puedo oír tu respiración desde aquí. Está atrapada en tu garganta, igual que cuando mis manos te recorrían la espalda bajo la seda.
El silencio que siguió no fue de paz, fue un incendio eléctrico.
Mis dedos apretaron el teléfono, y por un segundo, la memoria sensorial fue traicionera: recordé el peso de su cuerpo, el olor a tabaco y ámbar, y esa forma suya de morder el aire antes de besarme.
—Esa es tu victoria, ¿no? —susurré, y mi voz, aunque firme, adquirió un matiz aterciopelado, casi carnal—. El hecho de que mi cuerpo sea un mapa que tú ayudaste a trazar. Pero el deseo no es lealtad, Adrián. Es solo ruido biológico.
—Es más que ruido —replicó él, y pude imaginar su sonrisa oscura al otro lado—. Es el calor que sientes ahora mismo en la base del vientre. Es el recuerdo de cómo te arqueabas buscando mi boca. No voy a buscarte, es cierto... pero ambos sabemos que si estuviera frente a ti, en este pasillo oscuro, no me detendrías. Dejarías que te acorralara contra la pared solo para sentir, una última vez, esa electricidad que nadie más sabe encender.
Cerré los ojos. El aire en mi habitación se sintió de pronto denso y cargado. Sentí un escalofrío que no era de miedo, sino de una sed antigua y devastadora.
—Quizás —admití, dejando que el "quizás" flotara entre nosotros como una caricia prohibida—. Quizás mi piel siempre responda a tu nombre. Quizás, en otra vida, nos habríamos consumido hasta las cenizas. Pero he aprendido a disfrutar del frío.
—No mientas —su voz era ahora un roce húmedo contra mi oído a través del auricular—. Estás temblando. Y no es de lástima. Es porque sabes que, aunque cuelgues, mi rastro se queda bajo tu ropa.
—Entonces quédate con el rastro —dije, y mi respiración se volvió pesada, deliberada—. Disfruta de la sombra de lo que no fuimos, Adrián. Porque el mundo es mucho más grande que tu oficina... y tú ya no estás invitado a ver cómo me descubro en él.
Exhalé un suspiro que sonó a rendición y a triunfo al mismo tiempo, y antes de que el deseo pudiera ganarle a la voluntad, corté la comunicación.
Y el silencio que quedó fue absoluto, pero mi piel todavía quemaba.
......................
Lunes por la mañana...
El nuevo trabajo me recibió con una energía cruda. No era el lujo aséptico del ático de Adrián; era un caos vibrante.
La oficina olía a café cargado, a papel fresco y al sudor honesto del esfuerzo. Benjamín pasaba a mi lado, dejando el rastro de un perfume terroso, nada que ver con el ámbar asfixiante que antes me dictaba cuándo respirar.
Me senté frente a mi escritorio de madera clara y sentí la textura rugosa bajo mis yemas. Al mirar mis dedos sobre el teclado, no pude evitar imaginar el control absoluto que ahora tenían sobre cada una de mis sensaciones. Adrián no perdió cuando cerré la puerta, perdió cuando mi centro de gravedad se desplazó de su boca a mi propio deseo.
Mientras el sol de la mañana golpeaba la maceta en mi escritorio, sentí un escalofrío que me erizó el vello de la nuca. No era el frío de su ausencia, sino la combustión interna de saberme dueña de mi placer.
Cada claxon en la calle, cada murmullo en la oficina, se convertía en un ritmo que acompasaba los latidos de mi vientre. Y la paz que sentía ya no era silenciosa; era una paz que gemía, sólida y tangible, llenando mis pulmones de un aire que sabía a victoria.
Me humedecí los labios, saboreando mi propia libertad.
Ya no sentía el vacío aterrador que él me provocó; sentía una plenitud eléctrica que me pedía más. Porque esta vez, la historia no me estaba pasando a mí.
Yo estaba apretando los puños sobre el papel, escribiendo cada línea con el pulso acelerado de quien sabe que el siguiente capítulo es una exploración sin límites, bajo la luz honesta y excitante de mi propia vida.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará