Renace en una época antigua, decidida a cambiar su destino, no será una villana en esta vida.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Eric Field 3
A pesar del caos que resonaba desde el piso superior… Rachel no se movía. No se alteraba.
No mostraba incomodidad. Su calma, en medio de todo aquello, resultaba casi… desconcertante.
El último golpe retumbó en el techo. Luego, un silencio tenso. Pesado.
Rachel dejó su taza con cuidado sobre el platillo. El sonido fue suave.
Controlado. Como si nada más existiera.
—Lady Field.
La mujer levantó la mirada, aún algo pálida.
—¿Sí?
Rachel sonrió ligeramente.
No era una sonrisa amplia.
Era educada.
Medida.
Pero firme.
—¿Podría hablar con el joven Eric?
La pregunta cayó con una naturalidad que no coincidía en absoluto con la situación.
Lady Field dudó.
Sus dedos se entrelazaron nerviosamente.
—Tal vez… ahora no sea el mejor momento…
Otro pequeño crujido se escuchó arriba, como un eco tardío de la tormenta.
Rachel no apartó la mirada.
—En realidad.. debo hablar con él.
No fue una petición.
Fue una decisión expresada con elegancia.
Lady Field lo notó.
Dudó un segundo más… pero finalmente asintió.
—Por supuesto.
Rachel se puso de pie.
Cada movimiento suyo era impecable.
El vestido cayó con gracia.
Su postura era perfecta.
Cada paso, controlado.
Pero dentro de su mente… todo era claridad.
Desde el inicio del viaje, algo no había encajado.
Eric no había sido simplemente distante.
Había sido extraño. Demasiado.
Había estado apurado por regresar, como si todo lo demás fuera irrelevante.
No había intentado hablar con ella.
No había mostrado el mínimo interés.
Apenas había cumplido con lo estrictamente necesario.
Y ni siquiera eso completamente.
No la ayudó a bajar del carruaje.
No la presentó ante sus padres.
Ni siquiera la miró realmente.
Rachel descendió lentamente del pequeño escalón del salón hacia el pasillo.
[Todas señales malas.]
Pero lo de ahora… Rachel alzó la mirada hacia el piso superior.
El silencio que quedaba tras los golpes era aún más inquietante.
[Esto es definitivo.]
Eric no estaba simplemente molesto.
No era frustración contenida.
No era incomodidad.
Había sido furia.
Descontrolada.
Bruta.
Había gritado.
Había destruido cosas.
Como alguien que no sabía detenerse.
Como alguien que no sabía… manejar lo que sentía.
Rachel entrecerró apenas los ojos.
[Eso no es normal.]
Su mente fue directa.
Fría.
Analítica.
[Casi como un animal.]
La idea no le gustó.
Pero tampoco la rechazó.
Porque encajaba demasiado bien con lo que acababa de escuchar.
Siguió caminando.
Los sirvientes se apartaban con rapidez a su paso.
Nadie intentó detenerla.
Nadie quiso hacerlo.
El ambiente en la casa había cambiado.
Como si todos supieran que algo estaba mal… pero nadie quisiera nombrarlo.
Rachel subió el primer escalón.
Luego otro. Y otro.
Cada paso la acercaba a una conversación inevitable.
Su expresión seguía siendo tranquila.
Pero sus ojos… ya no eran solo curiosos.
Eran decididos. Porque ahora ya no quería simplemente hablar con él.
Necesitaba hacerlo. Necesitaba entender qué clase de hombre era realmente Eric Field.
Y, más importante aún… necesitaba decidir si él era un problema que podía evitar… o uno que tendría que enfrentar.
Mientras Lady Field subía apresurada para buscar a su hijo, Rachel no se quedó inmóvil.
Al contrario.
Apenas la figura de la mujer desapareció en las escaleras, Rachel giró con suavidad… y caminó en dirección opuesta.
Su expresión seguía siendo serena.
Pero su mente… estaba trabajando con precisión.
Encontró a dos sirvientes cerca del pasillo lateral. Luego a una doncella más, que fingía ordenar unas flores.
Rachel se detuvo frente a ellos.
—Necesito su ayuda —dijo con voz tranquila.
Los tres se tensaron de inmediato.
—Mi lady…
Rachel los miró directamente.
—Quiero que observen con atención lo que ocurra hoy.
Intercambiaron miradas nerviosas.
—Especialmente.. cómo se comporta Lord Eric.
Silencio.
La doncella tragó saliva.
—Mi lady… nosotros no..
Rachel levantó apenas una mano.
No fue un gesto brusco.
Pero fue suficiente.
—No les estoy pidiendo que hablen ahora.. Solo que vean. Que recuerden.
Su mirada se volvió más firme.
—Porque si esto llega a oídos de mis padres… necesitaré que no parezca una exageración.
Los sirvientes bajaron la cabeza.
Entendieron.
—Sí, Lady Rachel.
Rachel asintió, satisfecha.
—Gracias.
Y sin añadir nada más… se giró.
Minutos después… Eric llegó al jardin donde la habían hecho esperar.
Rachel ya estaba sentada. Impecable.
Tranquila.
Como si nada en esa casa estuviera fuera de lugar.
Respiró profundamente.
Se acercó.
Y se sentó frente a ella.
Y entonces.. como si nada hubiera pasado… como si no hubiera estado gritando, rompiendo cosas, perdiendo el control minutos antes… su voz salió calmada.
—Lady Rachel.
Rachel lo observó.
Sin pestañear.
Su mirada tenía algo distinto ahora.
No era solo curiosidad.
Era análisis.
Medición.
Y en el fondo de su mente, un pensamiento claro cruzó sin filtro..
[Este hombre está loco… qué miedo.]
Porque ese cambio… no era normal.
Era demasiado abrupto.
Demasiado perfecto.
Casi ensayado.
Aun así, Rachel no perdió tiempo.
—Lord Eric.
Un breve silencio se instaló entre ambos.
Y entonces.. Rachel habló.
Directa. Sin rodeos.
—No me quiero comprometer con usted.
Eric parpadeó.
—¿Qué?
Rachel sostuvo su mirada, completamente tranquila.
—He decidido que este compromiso no es adecuado para ninguno de los dos.
El ceño de Eric se frunció.
—No.
Rachel levantó ligeramente una ceja.
—¿No?
Eric se inclinó hacia adelante.
—Me disculpo por lo que escuchó hace un momento.
Su voz era controlada.
Medida.
—Fue… una situación inesperada.
Rachel lo miró durante unos segundos.
Lo suficiente.
Luego negó suavemente con la cabeza.
—No es necesario.
El ceño de Eric se marcó más.
—Lady Rachel…
Pero ella lo interrumpió.
—Sé lo que valgo.
Las palabras fueron simples.
Firmes.
Sin arrogancia.
Sin duda.
—Y también sé lo que acabo de ver.
El silencio cayó entre ellos.
Pesado.
Rachel continuó, con la misma elegancia intacta..
—Un hombre que llega apresurado a casa, ignora a su prometida, grita como un salvaje por otra mujer…
Hizo una pequeña pausa.
Sus ojos no se apartaron de los de él.
—No es un hombre con el que quiera casarme.
La mandíbula de Eric se tensó.
—No entiende…
Rachel no alzó la voz.
No cambió su expresión.
—Lo entiendo perfectamente.
Su tono era claro.
No cruel.
No hiriente.
Solo… definitivo.
—Y por eso he tomado una decisión.
Eric la miraba como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo.
—No puede cancelar un compromiso así.
Rachel inclinó levemente la cabeza.
—Afortunadamente, sí puedo.
Silencio.
Eric frunció el ceño.
Rachel explicó, con calma absoluta..
—Aún no hay compromiso formal firmado. No se ha anunciado públicamente. No hay contrato sellado.
Cada palabra era precisa.
Pensada.
Irrefutable.
—Por lo tanto… no nos debemos nada.
Eric no respondió.
Solo la miró.
Rachel se puso de pie.
Su movimiento fue elegante.
Final.
—Por favor, despídase de sus padres de mi parte.
No esperó respuesta.
No la necesitaba.
Porque para ella… la decisión ya estaba tomada.
Y esta vez… nadie iba a escribir su historia por ella.