Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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El mendigo de esa noche.
POV CARLA:
Ese día fue extremadamente agotador. Corrí de un lado para otro sin descanso alguno, sintiéndome como una esclava más del montón. Horas extras cada día de esta semana, sin ni siquiera preguntarme si podía o no, simplemente me las imponían.
La vida no era fácil, pero me sentía orgullosa de tener un puesto fijo en la empresa. Aunque a veces me consumía por completo, la verdad era que mi jefe me quería en ese lugar todo el tiempo. Según sus palabras, “necesitaba conocerme a profundidad para darme mayores responsabilidades”… pero lo que yo entendía era "una relación clandestina a cambio de subir de posición".
Y como me negaba rotundamente a su abuso, intentaba doblegarme de esta forma, explotándome laboralmente hasta lograr romper mi voluntad por completo.
Esa noche salí del edificio con lágrimas que luchaban por salir, el corazón latiendo a mil por hora y el cansancio pesando como una roca sobre mis hombros. Había trabajado duro durante cuatro años para conseguir ese puesto; no quería rendirme, pero ya no soportaba más tantas humillaciones, más tantos comentarios inapropiados, más tantos días sin apenas dormir.
Mientras arrastraba mis pies por la acera, con la vista fija en el pavimento para no tropezar, escuché ruidos extraños provenientes de un basurero al fondo de un callejón oscuro. Al principio pensé que sería mejor seguir caminando, pero la curiosidad me ganó, quizás era un gato callejero herido, o algún perrito que necesitara ayuda.
Me acerqué con paso cuidadoso, llamando con la voz suave: “¿Hola? ¿Perrito?” Pero en lugar de pelaje y bigotes, encontré un hombre tendido entre las bolsas de desperdicio, en estado realmente lamentable. Sus ojos estaban perdidos en el vacío, como si mirara una puerta que solo él podía ver. Sus ropas estaban rasgadas y ensangrentadas, y cicatrices profundas se notaban a simple vista en sus brazos y rostro.
Mi primer instinto fue alejarme corriendo, la noche era oscura, estaba sola, y aquel desconocido parecía capaz de cualquier cosa. Pero al dar media vuelta, mi mano golpeó accidentalmente una lata vacía que rodó por el suelo con un sonido estridente. De repente, su mirada se clavó en mí, intensa y penetrante, provocando un pánico que recorrió mi cuerpo de pies a cabeza.
–Lo… lo siento, yo no quería asustarte…– dije con dificultad, tropezando con mis propias palabras mientras me agarraba del muro para no caerme.
–¿Tienes algo de comer?– Escuché en un susurro rasposo, casi inaudible. –¿Me puede dar algo de comer, señorita?
Mi corazón se apretó con fuerza en el pecho. No era peligroso, como mi miedo había querido hacerme creer, era un hombre hambriento, un vagabundo que suplicaba por algo con que llenar su barriga vacía.
–Perdóname… no tengo nada conmigo en este momento… pero puedo invitarte un sándwich si quieres. Hay una tienda a unas cuadras de aquí.
De repente, vi cómo se levantaba con una agilidad que no esperaba de alguien en su estado. Era alto, mucho más de lo que parecía tendido, y su estatura me tomó por sorpresa, mis piernas temblaron por un segundo, pero esta vez no por miedo.
–Por supuesto que acepto.– Dijo con una calma que contrastaba con su aspecto, pasando junto a mí con las manos metidas en los bolsillos rotos de su pantalón.
Sentí una pena enorme en el pecho, no lo voy a negar. No me imaginaba ni la mitad de lo que debía ser terminar en las calles, hambre, frío, discriminación, tantas necesidades que en ese momento no lograba procesar. También me sentí mal conmigo misma, solo hace unos minutos estaba quejándome de mi trabajo, pero gracias a él contaba con un hogar cálido, una nevera con alimentos, una cama cómoda y un baño con agua caliente.
–¿Cómo te llamas?– Pregunté con curiosidad, acercándome un poco más a él mientras caminábamos bajo la luz de los postes.
–No lo sé.– Respondió sin mirarme, mirando siempre hacia adelante. –¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
–¿No sabes cómo te llamas? Eso es extraño… Yo soy Carla. Carla Sánchez.
–Es un placer conocerte, Carla Sánchez. Y te agradezco tu gesto de amabilidad. No todos estarían dispuestos a hablar con alguien como yo.
Había algo en su manera de hablar que me llamó la atención, era educado, elegante incluso, y fuera de su aspecto desprolijo y abandonado, se notaba que tenía un buen físico, musculoso y bien proporcionado. Lo que más me intrigó fue que no recordara su nombre… o tal vez simplemente no confiaba en mí lo suficiente como para decírmelo.
Por fin llegamos a la tienda de la esquina, pero en cuanto el hombre del mostrador vio a mi acompañante, frunció el ceño y negó con la cabeza. El desconocido retrocedió por instinto, como si estuviera acostumbrado a ese trato.
–No te preocupes, espérame aquí en lo que compro. ¿Qué se te antoja? ¿Algo en especial?–
–Lo que quieras… pero si puedes traer un poco de helado, por favor. De vainilla, si tienen.
Su pedido me robó una sonrisa, aún con todo lo que pasaba, seguía teniendo gustos sencillos como cualquier otra persona. Rápidamente entré y le compré no solo sándwiches, sino varias latas de comida lista para comer, pan, agua… y claro, un gran pote de helado de vainilla. Cuando salí y se los mostré, sus ojos brillaron como los de un niño en Navidad.
Una espina se clavó en mi conciencia mientras caminábamos de regreso. Mi mente me advertía del peligro ¿qué pasaría si era un peligroso fugitivo? ¿Qué si me robaba todo o peor aún? pero mi corazón sentía una necesidad irresistible de ofrecerle más ayuda. Después de pensarlo mil veces mientras caminábamos por las calles casi vacías, por fin me atreví a decirlo:
–¿Quieres ir a mi casa? Podés bañarte, limpiarte esas heridas… Yo preparo una cena casera y caliente. Se que no es mucho, pero es mejor que comer en la calle.
Sus ojos volvieron a brillar, esta vez con emoción desbordada, y en ese instante todas mis preocupaciones por el trabajo, por mi jefe, por mi vida difícil desaparecieron como si nunca hubieran existido.
¿Qué cosa mala podía pasar? Terminar robada, asesinada… sí, era una alta posibilidad. Pero por alguna razón, no sentía miedo. Al contrario, sentía que estaba haciendo lo correcto.
Caminamos hasta mi pequeño apartamento en el tercer piso. Al entrar, él recorrió el lugar con la mirada, las fotos en la pared, las plantas en la ventana, el sofá desordenado donde dejaba mi ropa después del trabajo. Mientras tanto, busqué en el guardarropa la ropa de mi exnovio menos mal que no la había botado toda cuando el desgraciado decidió irse con su secretaria.
–Esa puerta es el baño. Tomate tu tiempo, no te apures. Aquí tienes esto para cambiarte, es un poco pequeño, pero espero que te sirva.
–¿Tienes esposo?– Dijo de repente, mirando la ropa masculina con una expresión sorprendida.
Yo solo sonreí nerviosa, sin saber qué responder. Podía haber mentido, decir que sí y que llegaría pronto para asustarlo y evitar problemas. Pero algo en su mirada honesta me impidió hacerlo, así que me limité a guardar silencio.
–Báñate. Cuando salgas, la cena estará lista.– Le señalé la puerta del baño mientras me dirigía a la cocina, donde mis manos no dejaban de temblar mientras encendía el fuego y sacaba los ingredientes para hacer pasta.
Nunca soy tan impulsiva. Jamás me hubiera imaginado que llegaría el día en que traería a un hombre de la calle a mi propia casa. Pero esos ojos… estaban tan cargados de dolor y soledad que no podía mirar hacia otro lado, no podía ignorarlo como toda la sociedad hacía con personas en su situación.
No pasó mucho tiempo antes de que saliera del baño. La ropa apenas le quedaba, los pantalones eran demasiado cortos y la camiseta le apretaba en los hombros, su cabello aún estaba mojado y caía sobre su frente, y esas cicatrices tan pronunciadas en sus y brazos me erizaron la piel.
–Has tenido una vida muy dura…– Dije en un susurro, sintiendo cómo las lágrimas volvían a querer salir. Me sentía tan mal por quejarme de mi existencia cuando al menos contaba con un techo y comida todos los días.
–¿Lo dices por esto?– Preguntó señalándose el cuerpo, con una expresión indiferente. –Ni siquiera sé cómo llegué a esto, la verdad… no recuerdo nada de mi pasado. Nada absolutamente.
–¿Nada?– Me sorprendí tanto que casi se me cae la cuchara de la mano. –Puede que sufrieras un accidente y que tu familia te esté buscando por todas partes. Deberíamos avisar a la policía, ellos pueden ayudarte a descubrir quién eres.
Lo vi encogerse de hombros mientras arrastraba la silla hasta la mesa y se sentaba frente al plato de pasta caliente. Enseguida empezó a comer con desesperación, como si no hubiera probado comida en días. Pobre hombre, realmente tenía mucha hambre.
Supongo que cuando tenga la barriga llena y esté más relajado, podré ayudarlo a buscar respuestas. Tal vez juntos encontremos alguna pista de quién es y si alguien lo está esperando en algún lugar del mundo.