Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Falsa promesa.
El pasillo del Instituto San Eduardo siempre olía a cera para pisos y adolescente hormonales. Para Luisa Méndez, ese pasillo era un caminar por el infierno. Caminaba pegada a los casilleros, con la cabeza gacha y los libros apretados contra el pecho para que nadie la notará , Pero era una misión imposible porque ella era la inteligentonta en un colegio de adolecentes ricos todos los días luchaba contra las miradas y los susurros que la perseguían desde que puso un pie en esta preparatoria.
—Mírenla, ahí va la la inteligentonta” —la voz de una chica resonó a sus espaldas, seguida de una risa estridente que Luisa reconoció de inmediato.
Era el grupo de las animadoras y adivinen que su líder era Estefany . No necesitaba levantar la vista para saber que estaban allí. Luisa aceleró el paso,para que no la cogieran con saco de boxeo. Ella no era tonta, simplemente había aprendido que evitar problemas con esas niñas ricas eran cosas de inteligente así evitará problemas ya que ella es solo una becada. Cuando hablaba, tartamudeaba; cuando intentaba defenderse, siempre salía lastimada. Era más seguro el silencio.
De repente, un pie se interpuso en su camino. Luisa no tuvo tiempo de reaccionar. Tropezó y cayó de rodillas sobre el suelo de cemento. Sus libros salieron disparados, y el estruendo de los cuadernos golpeando el suelo fue seguido por un silencio de los demás estudiantes, que precede a una tormenta de burlas.
—¡Qué torpe eres, Méndez! ¿Es que ni caminar puedes?
Luisa sintió la humillación más grande ella siempre buscaba no meterse en problemas Pero los problemas la buscaban a ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero se obligó a no parpadear. No quería darles el placer de verla llorar. Empezó a recoger sus cosas con manos temblorosas, pero alguien pateó su libro de literatura, alejándolo de su alcance.
—¡Ya basta! —dijo alguien.
Luisa se quedó como una estatua. Conocía esa voz. Levantó la vista lentamente y vio a Diego Sotomayor. Él estaba allí, de pie, con su chaqueta del equipo de fútbol y esa expresión de seriedad , lo hacía ver guapisimo. Diego no era solo el chico popular; era el más sexi que a su alrededor del cual orbitaba el resto de la escuela.
Él caminó hacia el libro, lo recogió y se acercó a Luisa. Con una suavidad que ella no creía posible en alguien tan rudo, le tendió la mano.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Luisa asintió apenas, tomando su mano. Diego la ayudó a levantarse con un tirón gentil. Luego, se giró hacia el grupo de chicas que se habían quedado calladas.
—Si vuelvo a ver que alguna de ustedes la molesta, me voy a encargar personalmente de que el director sepa exactamente quiénes pasan sus tardes escribiendo insultos en los baños dijo Diego como una amenaza que hizo que las chicas se dispersaran en segundos.
Cuando se quedaron solos en el pasillo, Diego le entregó el libro de literatura. Luisa todavía estaba temblando.
—Gracias —susurró ella, apenas audible.
—No les hagas caso, Luisa. Son solo un montón de idiotas que no tienen nada mejor que hacer él le sonrió, y para Luisa, fue como si el mundo entero se iluminara por un segundo—. No dejes que te hagan sentir menos. Eres mejor que todas ellas.
En ese momento, el corazón de Luisa dio muchos tuco tuco que palpitaba . Fue el primer error de su vida: confundir la amabilidad de un caballero con el interés de un hombre. Ella se quedó mirándolo, embelesada, mientras él le sacudía un poco de polvo del hombro.
—¿Vas a clase de Historia? Te acompaño —ofreció Diego.
Caminaron juntos, y pensó que el sería su amigo y quizás algo más , en ese momento ya no se sintió invisible. Se sintió protegida. Sin embargo, mientras caminaban, notó que la atención de Diego no estaba totalmente en ella. Sus ojos buscaban constantemente entre la multitud, escaneando los rostros hasta que finalmente se detuvieron en un punto fijo.
Allí estaba ella. Estefany Intriago.
Estefany estaba parada cerca de la entrada principal, rodeada de gente. Llevaba el uniforme impecable, su cabello castaño caía en ondas perfectas sobre sus hombros blancos y su risa se escuchaba por encima de todo el ruido del pasillo. Era brillante, radiante, inalcanzable.
Luisa vio cómo la expresión de Diego cambiaba al instante. La seguridad que acababa de mostrar se transformaron en anhelo y desesperación. Él dejó de caminar por un segundo, atrapado en la visión de Estefany.
—Es hermosa, ¿verdad? —murmuró Diego, casi para sí mismo, olvidando por un momento que Luisa estaba a su lado.
Luisa sintió dolor en el pecho, una advertencia de lo que vendría años después, pero en su inocencia de diecisiete años, la ignoró totalmente.
—Sí, lo es —respondió ella en un susurro.
Diego pareció reaccionar y volvió a mirar a Luisa, aunque la luz en sus ojos ya no era la misma.
—Algún día, ella se dará cuenta de que soy el indicado —dijo él con una confianza que rozaba la obsesión—. He hecho de todo por ella, Luisa. La he ayudado con sus trabajos, la he defendido...pero parece que siempre mira hacia otro lado.
Luisa quería decirle que ella sí lo miraba. Que ella sí veía cada detalle de su persona, no solo al capitán del equipo, sino al chico que acababa de defender a la tonta" en el pasillo. Pero no fue capaz de decirle.
Llegaron a la puerta del salón. Diego se detuvo y le dio una palmadita afectuosa en el hombro, un gesto que para él era de camaradería, pero que para ella fue algo de afecto .
—Nos vemos luego, Luisa. Cuídate, ¿vale? Si alguien te molesta, búscame.
Él se dio la vuelta y se alejó rápidamente, no hacia su propia clase, sino hacia donde Estefany estaba hablando con un grupo de chicos de tercer año. Luisa se quedó en el marco de la puerta, observando. Vio cómo Diego se acercaba a Estefany con una sonrisa hermosa, y vio cómo ella apenas le dedicaba una mirada de soslayo antes de seguir riendo con otra persona.
El desprecio de Estefany era evidente, pero Diego se quedó allí, esperando una migaja de atención, como un perro fiel esperando que su dueño le lance un hueso.
Luisa entró al salón y se sentó en su pupitre de siempre, al fondo. Abrió su libro de literatura, el mismo que Diego había recogido del suelo. Entre las páginas, encontró una pequeña flor de papel que ella solía usar como separador. La acarició con los dedos.
En su mente, solo estaba la voz de Diego diciéndole que era "mejor que todas ellas". En ese pequeño mundo de timidez y miedo, Luisa Mendez acababa de entregarle su corazón a la única persona que nunca podría amarla. No sabía que esa protección que hoy la salvaba, sería en el futuro la cadena que la mantendría prisionera en un infierno de matrimonio .
Afuera, en el pasillo, Diego seguía intentando captar la mirada de Estefany, sin saber que acababa de salvar a la mujer que terminaría odiando por "arruinarle" la vida, y Luisa, en su pupitre, empezaba a escribir el primer verso de amor de una historia que terminaría en tragedia.