Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 4: Sin máscara
Lía no durmió otra vez.
El rasguido en la puerta negra no se repitió, pero tampoco se fue de su cabeza. Tres líneas. Pausa. Círculo. El mismo símbolo que Mateo dibujó dormido.
A las 6:30 am, el anillo empezó a latir de nuevo. Pum. Pum. Lento, como un aviso.
Se levantó y fue directo a la cocina. Sobre la mesada había otra bandeja: café, tostadas, fruta. Y una nota nueva con la misma letra plateada:
*Gimnasio. Piso 40. 7:00.
Vestite cómoda. – D.*
Lía arrugó el papel.
—Andate a la mierda.
Igual fue.
Piso 40 – 7:03 am.
No era un gimnasio. Era un templo del cuerpo. Máquinas negras, pesas que parecían de obra, un ring de boxeo en el centro y ventanales de piso a techo con la ciudad todavía dormida abajo. Olía a cuero, sudor viejo y algo metálico.
Damián estaba en el ring. Sin saco, sin guantes, sin máscara. Camisa blanca arremangada hasta los codos, pantalón de vestir. La espalda ancha, los antebrazos marcados con venas. Y los ojos: negros completos, sin blanco. No brillaban. Absorbían.
Estaba golpeando una bolsa. Cada impacto sonaba como si rompiera hueso.
Cuando la vio, paró.
—Llegás tarde.
—No te pedí entrenador personal.
—No. Me pediste un contrato. Esto es la cláusula no escrita: si vas a estar casada conmigo, tenés que sobrevivir a lo que viene conmigo.
—¿Y eso es?
Él saltó del ring sin usar las cuerdas. Aterrizó sin ruido.
—Malphas.
El nombre cayó entre los dos como piedra.
—Te mandó un mensaje anoche —dijo Lía.
—Lo sé. —Se sirvió agua de una botella de vidrio—. Lo sentí cuando tocó el anillo.
—¿Podés sentir todo lo que hago?
—Puedo sentir cuando algo que me pertenece está en peligro. —Bebió. La nuez le subió y bajó—. Subí.
—¿Al ring?
—Si te quedás ahí abajo, sos espectadora. Y las espectadoras se mueren primero.
Lía subió. Las zapatillas chirriaron contra la lona.
—Te voy a enseñar una cosa —dijo él, caminando en círculos alrededor de ella—. Los demonios no pelean como humanos. No bloqueamos. Desviamos y devolvemos. Mirá.
Levantó la mano. Lía, por instinto, tiró un empujón al pecho.
Él no se movió. Agarró su muñeca en el aire, giró apenas el cuerpo y usó su propio impulso para hacerla pasar de largo. Lía terminó de rodillas en la lona, con la muñeca todavía atrapada.
—No es fuerza —dijo él cerca de su oído—. Es intención.
El anillo quemó un segundo.
—Soltame.
La soltó. Lía se levantó rápido, con la cara roja.
—¿Esto es por si me atacan?
—Esto es porque ya te atacaron y no te diste cuenta.
—¿Cuándo?
En ese momento, las luces del gimnasio parpadearon. Todas a la vez.
Y el olor cambió. A ozono. A tormenta.
Damián levantó la cabeza. Los ojos se le pusieron rojos al instante, como brasas.
—Bajá del ring. Ahora.
La puerta del ascensor se abrió sin que nadie tocara el botón.
Entraron tres hombres. Trajes negros, corbatas flojas. Caminaban raro. Demasiado sincronizados. Cuando estuvieron bajo la luz, Lía vio que ninguno parpadeaba.
El del medio sonrió. Tenía los dientes muy blancos. Demasiado.
—Buenos días, hermano —dijo, mirando a Damián—. Lindo departamento. ¿La humana es la famosa ancla?
Damián se puso delante de Lía sin moverse rápido. Simplemente ya estaba ahí.
—Malphas. —No fue saludo. Fue diagnóstico.
—En carne. Bueno, en carne prestada. —Malphas se señaló el cuerpo—. Estos aguantan quince minutos antes de derretirse. Suficiente para saludar a la cuñada.
Lía entendió tarde que no eran hombres. Eran cascarones.
—Lía, al vestuario. Cerrá por dentro —dijo Damián sin mirarla.
—No.
—Lía.
—No me voy a esconder mientras…
Malphas se rió.
—Le gusta con carácter. Como a vos, ¿no? —Chasqueó los dedos.
Los otros dos corrieron al ring. No saltaron: treparon por los postes como arañas.
El primero llegó a Damián y tiró un golpe directo a la cara. Damián lo esquivó girando el cuello lo justo. El puño pasó a centímetros y el aire silbó.
Damián contestó con un golpe al esternón. No se oyó el impacto. Se oyó el crujido de costillas. El cascarón voló tres metros y cayó fuera del ring sin levantarse. De la boca le salió humo negro, no sangre.
El segundo intentó agarrarlo por atrás. Damián lo sintió antes de que lo tocara. Giró, le puso la mano en la cara y apretó. Los dedos se hundieron en la piel como si fuera papel mojado. El cascarón gritó —un sonido que no era humano— y se deshizo en ceniza y tela.
Todo pasó en seis segundos.
Lía no respiraba.
Malphas aplaudió lento.
—Siempre fuiste dramático. —Miró a Lía—. ¿Te trata bien mi hermano? ¿Ya te mostró los cuernos?
—Cerrá la boca —dijo Damián.
—O qué. ¿Me vas a matar en un cuerpo que no es mío? Qué pérdida de tiempo. Vine a verla a ella. —Dio un paso hacia el ring.
Damián también dio un paso. Y ahí pasó.
Dejó de contenerse.
No creció, no se transformó en monstruo. Pero algo debajo de la piel se movió. Las venas del cuello se le pusieron negras un segundo, los hombros se ensancharon y, por un instante, detrás de él Lía vio una sombra con cuernos y alas que no estaba ahí realmente… pero sí.
Malphas frenó.
—Ahí estás —dijo, y sonó casi admirado—. Hacía siglos que no te veía sin correa.
—Última advertencia.
—Tranquilo. Solo quería dejarle un regalo a la señora. —Sacó del bolsillo la hoja que Lía había guardado en la campera. El dibujo de Mateo. —Tu hermano dibuja lindo. ¿Sabés qué más dibuja? Mapas. —La tiró al piso—. Nos vemos en siete días, Azazel. Cuando el anclaje se asiente del todo, el contrato me deja entrar a la casa.
Se dio vuelta y caminó al ascensor. Antes de entrar, miró a Lía.
—Tenés los ojos de tu madre. Ella también firmó sin leer.
Las puertas se cerraron. Los dos cascarones en el piso eran solo ropa vacía y ceniza.
Silencio.
Lía tenía las piernas de gelatina.
—¿Mi mamá? —La voz le salió rota.
Damián se pasó la mano por la cara. Cuando la bajó, los ojos seguían rojos, pero menos.
—No.
—¿No qué?
—No ahora.
—¡Mateo dibujó tu símbolo! ¡Dijo que no te dejara sola! ¡¿Qué carajo firmé?!
Damián cruzó el ring, agarró una toalla y se limpió las manos. No había sangre. Solo ceniza.
—Firmaste para que tu hermano viva. Y vive. El resto lo arreglamos sobre la marcha.
—¿Mi mamá qué tiene que ver?
Damián la miró. Y por primera vez desde que lo conoció, Lía vio algo parecido a culpa en esos ojos imposibles.
—Tu mamá firmó un contrato con mi padre hace veinticinco años. No para casarse. Para pagar una deuda. Vos no naciste por casualidad, Lía. Naciste marcada. Por eso tu sangre era compatible.
El anillo latió fuerte. Pum.
Lía retrocedió hasta las cuerdas.
—Mentís.
—No puedo. —Se acercó despacio—. No en cosas que están en el contrato.
—Entonces…
—Entonces Malphas va a venir por Mateo, porque si te rompe a vos, me rompe a mí. Y si me rompe a mí, el trono queda libre. —Quedó a un paso—. Por eso te dije que aprendas a esquivar.
Lía quiso pegarle. Levantó la mano.
Él no la frenó. Dejó que el cachetazo le diera en la cara.
No se movió. Solo la miró.
—Bien —dijo—. Con bronca pegás mejor.
Y ahí, sin que ninguno lo buscara, el anillo en el dedo de Lía y una marca igual que apareció en la muñeca de Damián —tres líneas cruzadas en un círculo— se encendieron al mismo tiempo. Luz roja, caliente.
Los dos jadearon. No de dolor. De conexión.
Lía escuchó, por medio segundo, lo que él pensaba: No la dejes morir. No como la otra.
Damián escuchó lo de ella: No me dejes sola.
Se separaron como si quemara.
El anillo se apagó.
—Andá al hospital —dijo él, y la voz le salió rasposa—. Hoy no salgas sola. Lilith te va a seguir aunque la odies.
—¿Y vos?
—Yo voy a matar a quien sea que haya dejado esa hoja en tu campera. —Recogió el dibujo de Mateo del piso. Ya no era papel: era ceniza que no se volaba—. Porque yo no te lo puse ahí.
Lía bajó del ring. Las piernas le temblaban.
En el ascensor, antes de que las puertas cerraran, lo vio ponerse la máscara de hierro. No la de porcelana. La de cuernos.
Y entendió que el Damián que conocía —el CEO, el marido frío— era la máscara.