En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Deuda de sangre
Anya se puso en pie, alisando su bata blanca con manos mecánicas. La mención del "peligro" por parte de Sandra la había puesto en guardia, pero la curiosidad —esa maldita pulsión que la definía como médica— era más fuerte que su instinto de supervivencia. Necesitaba encararlo. Necesitaba decirle lo que el hombre de la 402 le había confesado antes de morir, o simplemente exigirle que desapareciera de su vida y la dejara en paz.
Salió al pasillo sintiendo que cada paso la alejaba de la seguridad fría del hospital. Estaba decidida a terminar con toda esa locura, pero al entrar en su consultorio y ver la figura de Ian recortada contra la luz de la ventana, su determinación flaqueó.
Él estaba allí, mirando detenidamente los diplomas y logros colgados en la pared. Al verlo en su espacio personal, las escenas de su sueño invadieron sus pensamientos con una nitidez obscena. Un ardor repentino recorrió sus mejillas; era la lucha interna entre el terror que él le inspiraba y la inexplicable necesidad de acercase, de comprobar si su piel era tan cálida como su mente le había sugerido mientras descansaba.
—¿Qué hace aquí? —preguntó con voz fría, tratando de apagar el fuego que la sola presencia de Ian empezaba a encender en ella.
Ian no se giró de inmediato. Pasó un dedo por el cristal de un marco antes de darse la vuelta con una tranquilidad desesperante.
—Vine por la respuesta —dijo él, ignorando la hostilidad de ella—. ¿Habló con el anciano de la 402?
—Señor Vásquez, lo que yo hable con mis pacientes es confidencial —respondió Anya, cruzando los brazos sobre el pecho como si fuera una armadura—. Así que, por favor, le pido que se retire y deje de molestarme. No me obligue a llamar a seguridad.
Anya sonó dura, o al menos eso intentó. Quería desesperadamente volver a la normalidad de su vida, a sus diagnósticos claros y sus noches sin fantasmas.
—¿Segura de que eso es lo que quiere? —preguntó Ian, acortando la distancia entre ambos con pasos lentos y rítmicos. Se detuvo a centímetros de ella, invadiendo su espacio personal con ese aroma a lluvia y jazmín—. Porque su mirada dice algo muy distinto, doctora.
Ian levantó la mano y, antes de que ella pudiera retroceder, acarició el contorno de su rostro. El simple roce de sus dedos envió una descarga eléctrica que los sacudió a ambos. Anya cerró los ojos un instante, traicionada por sus propios sentidos.
—Murió —susurró ella, abriendo los ojos de nuevo y luchando por recuperar su autoridad—. El hombre de la 402 murió poco después de que yo entrara. Tenía esa marca en el cuello que usted mencionó. Y antes de irse, dijo algo que debería escuchar: dijo que los Rastreadores están equivocados. Dijo que las almas pueden cambiar.
La mano de Ian se tensó contra su mejilla. Su expresión, antes gélida, se fragmentó por un segundo dejando ver una sombra de duda.
—¿Qué significa eso? ¿Quiénes son los Rastreadores? —preguntó ella, frunciendo el ceño, confundida por la terminología casi mística que él usaba.
—El Registro no cree en el cambio, Anya —respondió él con voz ronca—. Solo cree en el equilibrio. Una vida por una vida. Un corazón por un corazón. En su momento sabrá quiénes somos.
Anya decidió no insistir en los "Rastreadores"; para ella, aquello sonaba a una secta o al delirio de una mente fracturada. Solo quería entender la lógica de aquel hombre.
—¿Y usted qué cree? —preguntó ella, desafiándolo, aunque su respiración era agitada—. ¿Viene a cobrar una deuda? ¿A quién busca realmente? —Ella decidió seguirle la corriente, convencida de que lidiaba con la alucinación de un hombre trastornado.
—Vengo por usted —confesó Ian, fijando sus ojos en los de ella con una intensidad devastadora—. Quiero que pague lo que hizo.
Para Anya, aquellas palabras eran el producto de una mente inmersa en un mundo de fantasías. Pensó que, si le llevaba la contraria de forma brusca, podría ser peligroso para ambos. Debía ser profesional, incluso ante la locura.
—Soy cirujana, Ian. Paso mi vida intentando que otros no mueran. ¿Eso no cuenta para su estúpido equilibrio?
Ian se acercó más, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que le erizó la piel.
—Para "El Registro", usted es una cuenta pendiente. Para mí... —se detuvo, su mirada bajando hacia los labios de ella—, usted es el motivo por el cual mi marca nunca deja de doler.
En ese momento, un golpe enérgico en la puerta rompió el hechizo. Anya se alejó de él de un salto, alisando su bata y recuperando su máscara profesional.
—¿Anya? ¿Estás ahí? —la voz de Sandra sonó inusualmente seria.
Anya abrió apenas unos centímetros tras pedirle silencio a Ian con la mirada.
—¿Qué pasa, Sandra? Estoy terminando unos expedientes.
—Perdona, jefa, pero entró una emergencia —dijo Sandra, asomándose y arqueando una ceja al ver a Ian—. Lo siento, señor, pero la doctora tiene un nuevo paciente. Es urgente. Un traslado. Un hombre joven con un accidente extraño. Tiene una quemadura en el brazo que parece una marca de nacimiento, pero sangra como una herida fresca. El paramédico dice que no deja de repetir tu nombre, Anya.
Anya sintió que la sangre se le congelaba. Miró a Ian por encima del hombro. Él no parecía sorprendido; su rostro volvía a ser una máscara de piedra.
—Parece que el pasado tiene prisa hoy —murmuró Ian, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.
Anya tomó su estetoscopio, ignorando el temblor de sus manos. La normalidad que tanto ansiaba estaba muriendo.
—Tengo que irme —le dijo a Ian con firmeza.
—Vaya, doctora —respondió él, volviendo la vista a la ventana—. Pero no olvide lo que le dije: el Registro siempre encuentra la forma de hacerse presente. Estaré cerca.
Anya salió siguiendo a Sandra hacia urgencias. No sabía que aquel paciente era la primera pieza de un dominó que derribaría toda su realidad.