Jared es el alfa de uno de los clanes de lobos más poderosos del norte. Frío, dominante y fiel a las leyes de la manada, jamás permitiría que el clan rival jugara con su honor… hasta que secuestran a su hermano.
Marlene es la hija olvidada de ese mismo clan. Rechazada desde su nacimiento, nunca ha pertenecido realmente a ningún lugar.
Cuando Jared la toma como rehén para forzar un intercambio, cree tener el control de la situación.
Lo que no espera es que ella no le tema.
Ni que despierte algo que jamás debió sentir por una enemiga.
Entre clanes enfrentados, secretos, lealtades y deseo, descubrirán que algunas guerras no se ganan con colmillos… sino con el corazón.
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Lo que no se puede deshacer
Hombres. –soltó con el rostro algo compungido.
Yo no le tenía miedo a nada y acababa de recordármelo, tampoco creía que fuese a contárselo a su padre pasase lo que pasase. Entré de un paso decidido al cuarto y cerré tras entrar ante sus pupilas dilatadas por la sorpresa. Durante un segundo entero nos quedamos mirándonos en silencio, como si ambos estuviéramos intentando leer en el otro una respuesta que aún no existía. El aire estaba cargado, espeso, y mi pecho subía y bajaba con más fuerza de la necesaria.
Me acerqué hasta su menudo cuerpo y la alcé de las caderas colocándola a horcajadas sobre mí. Saqué haciendo que elevase los brazos el suéter de lana que estaba empapado y lo tiré a alguna parte de la habitación que no importaba en realidad. Besé su cuello mientras acariciaba su espalda en un infinito movimiento de círculos. Sentí cómo se estremecía bajo mis manos y eso despertó algo primitivo dentro de mí, algo que llevaba años dormido.
No me sentía tan capaz de parar ya en aquel momento, el lobo que llevaba dentro se despertó como si mil vampiros hubieran entrado en cólera. La tumbé en la cama colocándome encima para explorar el incesante jadeo de Marlene conforme el movimiento de mi caderas provocaban una ligera presión sobre su vientre bajo. Ella arqueaba la espalda pidiendo algo más que yo estaba dispuesto a darle. Cuando se agarró a mi cuello no tuve ninguna duda para quitarle la ropa interior que cubría su hermoso pecho. Lo palpé con suavidad por los laterales formando caricias que hicieron que su piel se erizase como respuesta. Quería su placer ante todo en aquel irreal instante.
Mientras tanto, mi mente se debatía entre el deseo y la culpa. Sabía perfectamente quién era ella, de dónde venía y lo que significaba para ambas manadas. Cada respiración suya parecía borrar un poco más mis principios, y cada latido me empujaba a un punto sin retorno. Había tomado decisiones difíciles antes, pero ninguna se había sentido tan personal como esta.
Los pantalones fueron fáciles de quitar mientras la observaba intentando guardar para mí todo lo que sus movimientos me hacían sentir. Me tumbé a su lado girándola hacia mí para después introducir un dedo con suavidad en su interior. Sus ojos se abrieron mucho en respuesta y se mordió el labio inferior.
Fui despacio intentando que la lubricación del momento ayudase a la introducción lenta y pausada; Un jadeo abandonó su cuerpo sorprendiéndome ante su agarre en mi brazo. No parecía haber sentido eso antes.
No podía ser. No lo había hecho antes.
Ese descubrimiento me atravesó como una descarga. Por un instante dudé, consciente del peso de lo que estaba ocurriendo. No era solo un impulso, no era solo atracción. Había una confianza frágil entre nosotros, algo que podía romperse con facilidad si daba un paso en falso.
–Yo... –susurré quedándome algo quieto sobre ella.
No estaba bien y yo lo sabía pero, por una vez, estaba dispuesto a hacer lo que quisiese sin medir las consecuencias. ¿Pero ella lo estaría también? Tenía que ser sólo aquella noche... aunque una parte de mí sabía que mentía al pensarlo. Nada de aquello tenía pinta de ser pasajero.
–No te detengas. –susurró con su frente contra mi hombro enterrando su bonito rostro.
–No podría aunque quisiera, y te aseguro que no quiero. –contesté sin pensar.
Cerré los ojos un segundo, respirando su aroma, intentando grabar ese instante en mi memoria. Pensé en mi hermano, en mi clan, en las normas que siempre había defendido… y aun así no fui capaz de apartarme. Marlene no era solo la hija de Patrick; era una mujer herida, fuerte, sola en demasiados sentidos. Y yo, contra todo pronóstico, quería ser su refugio, aunque solo fuese por esa noche.
Dejarse llevar entre sus gemidos y mi respiración agitada intentando ser todo lo que ella pudiera esperar de un momento como ese no me costó. Por alguna razón quería que recordase mis movimientos dentro de ella y mis caricias como algo sellado en su piel. Esperé hasta notar que sus uñas se