Dentro de nosotros hay una batalla entre dos fuerzas. Unos le llaman el bien contra el mal. Otros en cambio le llaman destino. Pero para Saulo Di Ángelo de Abner esa eterna contienda estaba en las páginas gastadas de un antiguo libro. De pronto sentía el peso de todos sus ancestros a sus espaldas. Pedían sin voz que escuchará y estuviera quieto porque era el resultado del amor de miles antes que él.
¿Podrá cambiar lo que está escrito? ¿Quién triunfará en su alma? El bien, el mal... Acompañame en esta nueva obra y descubrirás si el destino puede torcerse.
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Samuel Del Alba
El viento aullaba con cruda fiereza afuera. Empujaba las ventanas con fuerza. Como queriendo invadir con sus frías y turbulentas aguas el interior del majestuoso castillo. Era la peor tormenta que se había vivido en los últimos años. El mal tiempo duraba ya tres días y Sami se sentía impaciente. Esto retrasaba todos sus planes. Quería recorrer sus tierras y ayudar a su gente por última vez antes de ingresar a la Academia Delta Adhara. Estaría tres años fuera. Tenía dieciocho años. En realidad no quería partir a estudiar por tanto tiempo, pero su padre fue tajante. Dijo que sus hermanos se habían graduado en esa escuela y él también lo haría o sí no, no había sucesión del marquesado.
Saúl, Marqués Del Alba, su progenitor. Hablaba con orgullo de padre bendecido sobre su hermano Saulo. Consorte Real en Abner y padre del Príncipe heredero de ese país extranjero y su sobrino a quien él detestaba en silencio. No recordaba un día en que no fuera comparado con el insuperable Saulo y si hablaban de su hermana Sol, entonces era un caso perdido. ¿Quién en el mundo se podía comparar con la deidad Santa Sol? Sami se miraba en el espejo. No estaba envidioso de sus hermanos, al contrario. Se sentía feliz por ellos, pero su aura de grandeza era tan grande que él comprendía que era nada. Había crecido a su sombra y donde quiera que iba era el hermano de Saulo o el hermano de Sol. Nunca era Samuel Del Alba. Solo aquí en sus tierras con su gente recobraba su individualidad y volvía a ser Samuel.
Sus padres y sus hermanos lo adoraban y lo querían y él a ellos. Eso no se discutía, pero por dentro sentía el complejo de no ser suficiente, de nunca poder superar las expectativas depositadas en su persona. Con sus sobrinos la historia era diferente. Adoraba a Camila, pero no lograba comprender a Saulito, llegando a veces a detestarlo realmente. Esto empezó a sentirlo unos cuantos años atrás en Abner. Recordaba que por motivos del cumpleaños del principito habían viajado al Reino de Abner. Saulo esa mañana los invitó a una merienda en donde prácticamente obligó a todos a tomar litros de té. Nadie podía ingerir ni una sola gota más. No sin antes por lo menos ir al baño. Sin embargo, allí seguía él como si nada. Ajeno al sufrimiento colectivo.
Samuel que estaba cerca pudo notar como esta situación divertía a su sobrino. Los mantuvo allí castigados hasta que ya se aburrió y después en vez de terminar la "merienda" les hizo caminar entre los vastos rosales del Palacio de Invierno. Los niños tenían cara de sufrimiento. Todos aguantaban como podían. Sin previo aviso vio como Saulo le puso una zancadilla a una chiquilla que no dejaba de incordiarlo con sus reiterados alteza esto, alteza lo otro. Hasta él se sentía fastidiado, pero de ahí a hacerle daño intencional era otra cosa. El caso es que la niña fue a parar entre las rosas. Saulo fue el primero en reír con verdadero deleite. Los demás pronto lo imitaron e incluso decían que la chica era muy torpe y por eso había tenido ese "accidente"
A partir de ahí Samuel observó más de cerca las inusuales acciones de su sobrino y descubrió que el chico disfrutaba con el sufrimiento ajeno. No es que fuera un niño malo, pero... El tiempo pasó y se fueron distanciando. Se veían cada dos años, unos pocos días y aunque Saulo proyectaba una fachada perfecta. Ciertos rumores circulaban entre la servidumbre. Eran cosas que podían interpretarse como travesuras, pero Samuel estaba dudoso. Por ejemplo la historia de que el Príncipe prestó su halcón de casa al hijo del herrero, pero no explicó que el animal atacaba desde que se le quitaba la capucha o también cuando colocó tres serpientes venenosas entre las sábanas de su maestro de matemáticas. Dijo que no sabían que eran venenosas y un sinfín de cositas que daban qué pensar.
A la única persona que ese chico temía de verdad, era a su tía Sol. Cuando ella estaba presente procuraba ser el niño más adorable del mundo. Y realmente lo era. Saulo había heredado la belleza de Gabriel y las virtudes de Saulo su padre. Era el mejor en todo. Incluso siendo más pequeño que él lo superaba con la espada y nunca pudo ganarle. La única vez que vio realmente triste al chico fue cuando la antigua Reina Amalia, su abuela había sido asesinada. Ese día lo vio llorar auténticamente, pero también lo vio matar por primera vez. Se le concedió hacer justicia por la soberana y él cortó aquella cabeza del asesino como si cortara mantequilla. Sus ojos estaban tan vacíos que parecían posos violetas. Fue aterrador. Samuel sacudió la cabeza. No quería pensar en su sobrino.
Un golpe de viento logró abrir la ventana detrás de él. La lluvia triunfante invadió alegremente el lugar que hasta hacía unos segundos le había estado prohibido. Mojó sin misericordia en cuestión de segundos el espacio, mientras el viento huracanado jugaba con las cortinas y derribaba adornos. Un papel arrastrado por el vendaval vino mansamente a posarse en sus pies. Lo recogió con una sonrisa. Era la carta de su sobrina Camila. Sí alguien en todo el mundo comprendía cómo se sentía él, era ella. La hija de Santa Sol.
Siempre se habían llevado bien a pesar de la diferencia de edad. Camila era más joven. Rememoró la imagen de la chica. Hacía un año que no se veían aunque mantenían una correspondencia activa. Su sobrina en aquel entonces amenazaba con convertirse en una belleza extraordinaria. Tenía la personalidad de una Reina. Poseía un carácter ingenioso y burlesco. Era la pesadilla de muchas chicas y el sueño de muchos jovencitos. Toda una rompecorazones. Eso es lo que se veía por fuera, pero él sabía que por dentro eran iguales. Inseguros y lastimados por la grandeza de sus orígenes.
Ella todavía no ingresaría a la Academia no tenía la edad, pero prometía verlo todos los días. Total, la Academia era como su otra casa. Creció allí. Su madre era la jefa del Departamento de Desarrollo y su padre el Director de dicha Institución. Entraba y salía del lugar sin que nadie la detuviera. En Sugey nadie le hacía daño. Era la hija de sus benefactores. Nunca era Camila, pero ella ocultaba con una sonrisa la tristeza de perder su identidad y correspondía gentil el saludo con todos los aldeanos. Por eso siempre se habían querido. Entre ellos sí se reconocían. Él era solo Sami y ella Mila.
Una criada entró a la habitación y horrorizada se fue a luchar contra las ventanas que batían furiosamente de un lado para otro a capricho del viento. En segundos quedó empapada desde los pies hasta la cabeza. Samuel dejó la carta encima de una mesita. La prensó con un pesado libro para que no volviera a ser sacudida por el aire y se fue a ayudar a la joven. Entre los dos con esfuerzo lograron asegurar la ventana. Impidiendo que la tormenta de afuera volviera a invadir adentro. Se apoyaron jadeantes contra la misma. El esfuerzo no fue sencillo. La naturaleza tiene una fuerza que a veces supera los límites humanos. Samuel sentía el cuerpo frío. El agua empezaba a escurrirse. Miró a la criada y ya no pudo apartar la vista.
Su cuerpo que hace un segundo se encontraba frío ahora le quemaba. Allí estaba aquella chica. Era joven. Apenas si estaba entrando a la adultez. No era una belleza, pero la lluvia había pegado la tela en los lugares correctos y la volvió transparente. A través del escote se revelaban unos senos turgentes con pezones rosados que invitaban a ser probados. La mirada de Samuel se volvió peligrosamente intensa. Era ardiente y ávida. La muchacha se percató de esto, pero como era muy sensata. Lejos de aprovechar este momento, pidió permiso para retirarse. Ella era pobre y no aspiraba a ser el desahogo del joven marqués. Era precioso claro, pero ella conocía su lugar y ese nunca sería al lado de su futuro amo.
Samuel se quedó allí solo con el cuerpo raro. Últimamente le pasaban cosas que no podía explicar como ahora. Eran súbitas, inesperadas. Ya no sentía frío a pesar de estar empapado. Al contrario. Estaba ardiendo como si tuviera fiebre y una necesidad de algo desconocido tensaba incómodamente sus pantalones. Bajó su mano allí y se acarició rítmicamente pensando en la imagen de unos pezones rosas a través de una prenda mojada hasta que el alivio se derramó en el suelo. Sí, quizás era mejor que se marchara a Delta Adhara. Aquí corría el riesgo de convertirse en un canalla. Esta era su tierra, su gente. Quería protegerlos, mejorarles la vida. No los ofendería por los ardores de su juventud.
Su padre siempre le enseñó a ser un caballero, pero qué difícil le resultaba en ciertas ocasiones. Se fue al baño. Dejaría que el agua enfriara su lujuria. Después empezaría a organizar el equipaje. Ya había tomado una decisión. No iría al viaje de recorrido previsto. Se marcharía apenas el clima se calmara. Esto era lo mejor para él y para su gente. Su padre tenía razón. La distancia da una perspectiva adecuada del panorama general. Y como decía su madre "A todo lo que te reste paz súmale distancia"
Una semana después Samuel emprendía el viaje más importante de su vida. Solo que aún no lo sabía. Porque como dice Bilbo Bolson en El Señor de los Anillos, de J. R. Tolkien "No hay nada más peligroso que el primer paso que das fuera de la puerta de tu casa, pues nunca sabes a dónde te conducirán tus pies."