Sin spoiled
NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 17
Narrador: Clara Ubicación: Autopista Duarte / Túneles de la Línea 2 del Metro (En construcción)
El Porsche rojo de Vanessa devoraba el asfalto como si tuviera hambre. El motor rugía, una bestia mecánica que vibraba contra mi espalda, atrapada en el minúsculo asiento trasero. A mi lado, bolsas de pintura vacías entrechocaban con cada bache.
—¡Ciento ochenta! —gritó Vanessa, golpeando el volante al ritmo de la música electrónica que hacía temblar los cristales—. ¡Esto es vida! ¡Nadie nos alcanza!
Leo iba en el asiento del copiloto. Tenía la ventanilla bajada y el viento le golpeaba la cara, despeinándole el pelo lleno de pintura seca. Se reía. Una risa maníaca, rota, que se perdía en la velocidad.
—¡Ponlo más alto! —gritó Leo—. ¡Que se joda García! ¡Que se joda el silencio!
Yo no me reía.
Tenía el portátil abierto sobre las rodillas, haciendo malabarismos para que no se cayera con las curvas. Mis dedos volaban sobre el teclado, pero no por euforia, sino por pánico.
—Chicos... —dije, pero mi voz fue tragada por los bajos de la canción.
—¡Vamos a la playa! —propuso Vanessa, mirando a Leo de reojo—. Tengo las llaves de la casa de Cabarete. Podemos escondernos allí, beber mojitos y ver cómo arde el mundo por Twitter.
—¡Me apunto! —Leo sacó medio cuerpo por la ventanilla—. ¡Soy el rey del mundo!
—¡Chicos, callaos! —grité con todas mis fuerzas, cerrando la tapa del portátil de golpe para hacer ruido.
El silencio repentino en el coche fue ensordecedor. Vanessa me miró por el retrovisor, frunciendo el ceño. Leo volvió a meterse dentro, con los ojos brillantes de adrenalina.
—¿Qué pasa, hormiguita? —preguntó Vanessa, bajando el volumen de la música—. No me digas que te mareas. No voy a parar a limpiar vómito de mi tapicería de cuero.
—No vamos a Cabarete —dije, sintiendo que el corazón me martilleaba contra las costillas—. Y tenemos que salir de la autopista. Ahora.
—¿Por qué? —Leo se giró, perdiendo la sonrisa—. Estamos lejos. Nadie nos sigue.
—Nadie nos sigue porque no hace falta —volví a abrir el portátil y giré la pantalla hacia ellos—. Mirad esto.
En el mapa de la pantalla, una serie de puntos rojos parpadeaban a unos cinco kilómetros por delante de nuestra posición, justo antes del peaje.
—¿Qué es eso? —preguntó Vanessa.
—Es un control policial reforzado —expliqué, intentando que no me temblara la voz—. He interceptado la frecuencia de radio de la patrulla de carreteras. No están buscando conductores borrachos, Vanessa. Están buscando un deportivo rojo con matrícula Rivera. Tienen una orden de "detención prioritaria".
—¿Y qué? —Vanessa aceleró más—. Mi coche corre más que sus chatarras. Nos saltamos el control.
—No —dije tajante—. Escuchad el audio.
Pulsé una tecla. La voz distorsionada y metálica del Comandante Rivas llenó el habitáculo.
...Sujetos considerados peligrosos y armados. Autorización para uso de fuerza letal si intentan embestir la barrera. Repito: fuerza necesaria autorizada por el mando central. No se arriesguen. Disparen a los neumáticos o al conductor si no se detiene...
Leo palideció. El color desapareció de su cara tan rápido que pareció que se iba a desmayar.
—¿Fuerza letal? —susurró—. ¿Por un grafiti?
—Es García —dijo Vanessa, apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. El viejo bastardo ha movido sus hilos. Quiere matarnos.
—Nos quedan tres minutos para llegar al control visual —dije, mirando el cronómetro en mi pantalla—. Si seguimos rectos, somos carne de cañón.
—¿Qué hacemos? —Leo miró a la carretera, que se extendía recta y mortal frente a nosotros—. No podemos dar la vuelta. Si damos la vuelta, nos verán.
—Salida 14 —dije rápido, consultando el GPS—. Hay un camino de tierra que lleva a la zona industrial abandonada del río. Es un camino de camiones viejos.
—¿Meter mi Porsche en un camino de tierra? —Vanessa parecía horrorizada—. Clara, destrozaré la suspensión.
—¡Es la suspensión o tu cabeza, Vanessa! —le grité—. ¡Gira!
Vanessa soltó una maldición en francés, pisó el freno y dio un volantazo brusco hacia la derecha. El coche derrapó, las ruedas chirriaron y el olor a goma quemada inundó el aire. Salimos de la autopista justo antes de que las luces azules del control policial fueran visibles en el horizonte.
El coche golpeó la tierra con violencia. Botamos en los asientos.
—¡Mierda! —gritó Vanessa mientras el parachoques delantero rozaba contra una piedra—. ¡Mi padre me va a matar!
—Tu padre te vendió —dije fríamente—. Tengo una alerta de uso de tarjeta. Tu American Express mandó la ubicación en la gasolinera. Él se la pasó a García.
Vanessa frenó en seco. El coche se detuvo en medio de una nube de polvo rojo, rodeado de hierbajos altos y naves industriales con los techos hundidos.
—¿Qué has dicho? —preguntó Vanessa, girándose lentamente hacia mí. Sus ojos eran dos pozos de incredulidad.
—El aviso de rastreo saltó en mi servidor —dije, mostrándole el registro—. Tu padre reenvió las coordenadas. Lo siento, Vanessa.
Vanessa se quedó quieta un segundo. Luego, golpeó el volante con ambos puños, una y otra vez, gritando de rabia.
—¡Cobarde! ¡Maldito cobarde!
Leo puso una mano sobre el hombro de Vanessa.
—Tenemos que movernos —dijo él, con una calma extraña—. El coche tiene GPS, ¿verdad?
—Claro que tiene —dijo Vanessa, limpiándose una lágrima furiosa—. Es un satélite con ruedas.
—Entonces saben dónde estamos —dijo Leo—. O lo sabrán en cuanto actualicen la señal. Tenemos que dejar el coche.
—¿Dejarlo aquí? —Vanessa miró su precioso vehículo—. Vale más que vuestras vidas juntas.
—Pues quédate con él —dijo Leo, abriendo la puerta—. Quédate y espera a que venga Rivas a pegarte un tiro. Yo me voy. Clara, ¿vienes?
Me bajé del coche tropezando con las bolsas de pintura. El calor exterior era asfixiante, húmedo y pesado. Estábamos cerca del río Ozama, y el olor a agua estancada y basura era penetrante.
—Espera —dijo Vanessa. Apagó el motor. Sacó las llaves. Se bajó del coche, alisándose la chaqueta de cuero—. No pienso dejar que García gane. Si tengo que caminar por el barro, caminaré por el barro.
—Bienvenida al mundo real, princesa —murmuró Leo.
—¿A dónde vamos? —pregunté, ajustándome la mochila con el portátil—. No podemos volver a la ciudad por la superficie. Hay cámaras en cada esquina, y ahora tienen vuestras caras en todas las pantallas de búsqueda.
Leo miró alrededor. Estábamos en una zona de construcción paralizada. Había maquinaria oxidada, vallas caídas y grandes tubos de hormigón apilados.
—Abajo —dijo Leo, señalando una estructura de hormigón a medio hacer que se hundía en la tierra. Tenía un cartel descolorido: FUTURA ESTACIÓN LÍNEA 2-B.
—¿Al metro? —pregunté—. Está cerrado. Esa sección lleva años en obras por falta de presupuesto.
—Exacto —dijo Leo—. Nadie va allí. No hay cámaras. No hay guardias. Solo oscuridad.
—Y ratas —añadió Vanessa con asco.
—Las ratas no llaman a la policía —replicó Leo. Empezó a caminar hacia la entrada del túnel, que estaba bloqueada por una plancha de metal oxidado—. Vamos. Ayudadme a mover esto.
Entre los tres, empujamos la plancha. Pesaba una tonelada y chirriaba como un animal herido. Conseguimos abrir un hueco lo suficientemente grande para pasar.
Una corriente de aire frío y húmedo nos golpeó la cara. Olía a moho, a tierra mojada y a algo químico.
—Las damas primero —dijo Leo, haciéndonos un gesto.
—Qué caballeroso —bufó Vanessa, encendiendo la linterna de su móvil—. Si me mancho las botas de Prada, te paso la factura, Candelario.
Nos deslizamos por la abertura. La oscuridad nos tragó.
El túnel era inmenso, una garganta de hormigón que se extendía hacia la nada. Nuestros pasos resonaban con un eco metálico, amplificado por la forma circular de las paredes. El suelo estaba cubierto de charcos de agua sucia y escombros.
Llevábamos caminando veinte minutos en silencio. Yo iba mirando la pantalla de mi móvil, viendo cómo las barras de cobertura bajaban una a una hasta desaparecer por completo.
—Sin señal —anuncié—. Estamos oficialmente desconectados.
—Bien —dijo Leo. Su voz rebotó en las paredes: Bien, bien, bien...
—Tengo hambre —se quejó Vanessa. Su voz sonaba pequeña aquí abajo—. Y sed. No pensamos en coger agua del coche.
—En mi mochila hay dos barritas de cereales y una botella de agua a medio terminar —dije—. Es todo lo que tenemos.
—Un banquete —dijo Vanessa, sarcástica.
Nos detuvimos en una especie de andén a medio construir. Había unos palés de madera apilados y nos sentamos allí. Vanessa apagó la linterna para ahorrar batería. La oscuridad se volvió absoluta, densa, casi sólida.
—¿Oís eso? —susurró Leo.
—¿El qué? —pregunté, aguzando el oído.
—Nada. Exactamente. Nada.
Escuchamos el silencio. Solo se oía el goteo lejano de alguna filtración: Ploc. Ploc. Ploc.
—¿Creéis que Mateo lo ha visto? —preguntó Leo de repente. No había mencionado su nombre desde que salimos del loft.
—Seguro —dije—. Es imposible no verlo. Está en todas partes.
—¿Y qué estará pensando? —Leo encendió un mechero, solo para ver la llama bailar. La luz iluminó su cara sucia, sus ojos cansados.
—Estará pensando que eres idiota —dijo Vanessa desde la oscuridad—. Y que eres valiente. Probablemente ambas cosas.
—Lo hice para que le doliera —admitió Leo, mirando el fuego—. Quería que le doliera tanto como a mí. Pero ahora... ahora solo quiero saber si está bien.
—Él está bien, Leo —dije suavemente—. Él está en un colegio seguro, con comida caliente y aire acondicionado. Nosotros somos los que estamos en una alcantarilla gigante.
—Prefiero la alcantarilla —dijo Leo, cerrando el mechero. Volvimos a la oscuridad—. Al menos aquí decido yo.
De repente, un ruido nos hizo saltar a todos.
Scrrrich... Scrrrich...
Venía de más adelante en el túnel. Sonaba como algo arrastrándose.
—¿Qué ha sido eso? —Vanessa se pegó a mí. Podía sentirla temblar.
—Ratas —dije, aunque no estaba segura. Sonaba demasiado pesado para ser una rata.
—O zombies —bromeó Leo, pero su voz no tenía gracia—. O indigentes. Mucha gente vive en los túneles abandonados.
—Encended las luces —ordenó Vanessa—. No pienso morir a oscuras.
Encendimos las linternas de los móviles de nuevo. Los haces de luz cortaron la negrura, bailando sobre el hormigón gris y los hierros oxidados que sobresalían de las paredes como costillas.
Apuntamos hacia el frente.
Nada. Solo el túnel vacío curvándose hacia la izquierda.
—Vamos a movernos —dije—. No es seguro quedarse parados. Si García manda perros, nos olerán.
—¿Perros? —Vanessa horrorizada—. ¿Crees que mandará perros?
—García caza, Vanessa. Y en la caza se usan perros.
Seguimos caminando. Mis pies dolían. Las zapatillas converse no estaban hechas para caminar sobre grava y escombros durante kilómetros. Vanessa se había quitado los tacones y caminaba en calcetines, maldiciendo en voz baja cada vez que pisaba una piedra.
Llegamos a una bifurcación. Un túnel seguía recto, ancho. Otro más pequeño se desviaba a la derecha, con un cartel que decía ACCESO TÉCNICO - VENTILACIÓN.
—¿Izquierda o derecha? —preguntó Leo.
Consulté el mapa offline que tenía descargado en el portátil de los planos de la ciudad.
—El túnel principal lleva hacia el centro, hacia la estación del gobierno. Allí habrá seguridad seguro. El túnel de ventilación debería salir cerca del Parque del Este. Es zona boscosa.
—Derecha entonces —decidió Leo.
Entramos en el túnel pequeño. El techo era más bajo, casi rozaba la cabeza de Leo. El aire era más denso aquí, más caliente.
—Me falta el aire —jadeó Vanessa—. Tengo claustrofobia. No os lo había dicho, pero tengo claustrofobia.
—Respira despacio —le dije, agarrándola del brazo—. No pienses en las toneladas de tierra que hay encima de nosotros. Piensa en... piensa en París.
—Odio París —dijo ella—. Mi madre me obligaba a ir a museos aburridos.
—Pues piensa en algo que te guste.
—El dinero —dijo Vanessa—. Me gusta gastar dinero. Me gusta el sonido de la tarjeta al pasar por el datáfono. Bip. Aprobado.
Leo soltó una carcajada seca.
—Eres increíble, Vanessa. Estamos huyendo de la policía y tú piensas en ir de compras.
—Es mi mecanismo de defensa, ¿vale? Tú pintas muñequitos depresivos, yo compro zapatos. Cada loco con su tema.
Seguimos avanzando. El túnel empezó a inclinarse hacia arriba. Eso era buena señal.
—Chicos, mirad —dijo Leo, deteniéndose.
Apuntó con la luz a la pared.
Había algo pintado. No era reciente. Era pintura vieja, descascarillada.
Era un ojo.
Un ojo simple, trazado con líneas negras básicas. Pero inconfundiblemente, un ojo.
Leo se acercó y pasó los dedos por la pintura rugosa.
—Esto... esto es mío —murmuró.
—¿Qué dices? —pregunté—. Nunca hemos estado aquí.
—No, no lo pinté yo. Pero... es mi estilo. Es como yo dibujo los ojos. La curva del párpado, la pupila rasgada...
—Quizás alguien te copió —sugirió Vanessa—. Eres famoso ahora, ¿no?
—No —Leo negó con la cabeza—. La pintura es vieja. Tiene años.
Se quedó mirando el dibujo, hipnotizado.
—Es una coincidencia, Leo —dije, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del túnel—. Vamos.
Pero Leo no se movía.
—Mateo me dijo una vez que venía a explorar sitios así —dijo Leo en voz baja—. Cuando llegó de España, antes de conocerme. Decía que buscaba lugares donde no hubiera ruido.
—¿Crees que Mateo estuvo aquí?
—Creo que Mateo ha estado huyendo mucho antes de que empezara todo esto.
Seguimos subiendo. El aire empezó a oler diferente. Menos a humedad, más a vegetación y a humo de escape. Estábamos cerca de la superficie.
Llegamos a una rejilla metálica en el techo. La luz de la luna se filtraba a través de las barras, dibujando un patrón de rayas en el suelo del túnel.
—La salida —dijo Vanessa, suspirando de alivio.
Leo subió por una escalera de mano oxidada empotrada en la pared. Empujó la rejilla.
—Está atascada —gruñó, empujando con el hombro.
—¡Fuerte! —le animé.
Leo gruñó, empujando con todo su cuerpo. La rejilla cedió con un chirrido agudo y cayó sobre la hierba de arriba.
Leo subió primero. Luego ayudó a Vanessa. Yo fui la última.
Salimos en medio de unos arbustos densos. A lo lejos, se oía el tráfico de una avenida. Estábamos en el borde del Parque del Este, ocultos por la vegetación.
Nos tiramos en la hierba, respirando el aire fresco como si fuera ambrosía.
—Lo conseguimos —dijo Vanessa, mirando las estrellas—. Estamos vivos.
—Por ahora —dije, abriendo el portátil de nuevo. Capté una red Wi-Fi abierta de alguna cafetería cercana—. Tengo señal.
—No mires —dijo Leo, tapándose los ojos con el brazo—. No quiero saber qué dicen.
—Tenemos que saberlo —insistí. Entré en Twitter.
El corazón se me cayó a los pies.
—Chicos...
—¿Qué? —Leo se incorporó, alarmado por mi tono.
—No nos están buscando solo a nosotros.
Les giré la pantalla.
Había una foto borrosa, tomada con un teleobjetivo de larga distancia. Se veía una ventana de un segundo piso, con rejas. Detrás de las rejas, una figura miraba hacia fuera.
Era Mateo.
El titular del tuit, publicado por una cuenta anónima (probablemente filtrada por el propio García), decía:
"MATEO VELÁZQUEZ BAJO CUSTODIA PROTECTIVA PSIQUIÁTRICA TRAS INTENTO DE FUGA. SE TEME POR SU ESTABILIDAD MENTAL."
—¿Psiquiátrica? —Leo me arrancó el portátil de las manos—. ¿Qué le han hecho?
—Es una tapadera —dijo Vanessa, mirando la foto con frialdad—. "Custodia psiquiátrica" es código de gente rica para "lo hemos encerrado y drogado para que no moleste". Mi tía estuvo en "custodia psiquiátrica" cuando intentó divorciarse de un senador.
Leo miró la pantalla, temblando de rabia.
—Intentó fugarse —dijo Leo—. Intentó venir a buscarnos.
—Y le atraparon —añadí—. Y ahora García lo tiene encerrado de verdad. No en un colegio, sino en una clínica.
Leo se puso de pie. Ya no parecía cansado. Ya no parecía asustado. Parecía peligroso.
—Se acabó el esconderse —dijo Leo—. Hemos estado jugando a la defensiva. Huyendo, pintando muros, escondiéndonos en agujeros.
—¿Y qué quieres hacer? —preguntó Vanessa—. No tenemos coche, no tenemos dinero y la policía nos busca.
Leo se giró hacia la ciudad, cuyas luces brillaban a lo lejos como brasas.
—Clara, ¿dónde está esa clínica?
Busqué la ubicación basándome en los metadatos de la foto y el logo que se veía en una esquina de la bata de un enfermero en otra imagen.
—Clínica Reposo de los Ángeles. En las afueras. Es una fortaleza. Muros altos, seguridad privada.
—Perfecto —dijo Leo—. Vamos a ir allí.
—¿A entregarnos? —pregunté, confundida.
—No —dijo Leo, recogiendo una piedra del suelo y apretándola en su puño—. Vamos a sacarlo.
—Estás loco —dijo Vanessa, pero había una sonrisa extraña en sus labios—. Es un suicidio.
—Es lo único que no esperan —dijo Leo—. Esperan que huyamos. Esperan que nos escondamos hasta que nos cacen uno a uno. No esperan que las ratas ataquen el castillo.
—Necesitamos un plan —dije, mi mente de hacker empezando a trabajar a mil por hora—. Y necesitamos ayuda. Solos no podemos.
—¿Quién nos va a ayudar? —preguntó Vanessa—. Mi padre nos traicionó. Tu madre no tiene recursos.
Leo me miró. Sus ojos brillaban con esa intensidad del ojo que pintaba.
—Clara, ¿puedes contactar con los del equipo de rugby? ¿Los que no son amigos de Bruno? ¿Los becados?
—Tal vez... Javi, Marcos... ellos odian a Bruno.
—Y contacta con los grafiteros del barrio. Con los skaters de la plaza. Con todos los que han compartido el hashtag.
—¿Para qué? —pregunté.
—García tiene dinero —dijo Leo—. García tiene policía. Pero nosotros tenemos gente. Y vamos a necesitar una distracción muy grande.
—¿Cómo de grande? —preguntó Vanessa.
—Vamos a quemar la noche —dijo Leo.
Se escuchó una sirena a lo lejos. Nos agachamos instintivamente.
—Tenemos que movernos —dije—. Buscar un sitio seguro para pasar la noche y planear.
—Conozco un sitio —dijo Vanessa—. Un viejo almacén de barcos de mi tío, cerca del río. Nadie va allí porque dicen que está embrujado.
—Pues vamos con los fantasmas —dijo Leo.
Empezamos a caminar hacia la oscuridad de nuevo, pero esta vez el paso era diferente. Ya no era una huida. Era una marcha.
Leo iba delante. En su espalda, la camisa sucia de pintura y barro parecía un uniforme de guerra.
Miré la pantalla de mi portátil una última vez antes de cerrarlo. La foto de Mateo, con la mirada perdida tras las rejas.
Aguanta, Mateo, pensé. El Cuervo va a por ti. Y esta vez, no va a negociar.