Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 16
Vera
Ya estaba en pijama cuando Dante me llamó.
Miré la pantalla y sonreí antes de contestar.
—¿Recuerdas que estoy en tu casa? —dije riendo.
Se escuchó su risa al otro lado de la línea, grave y cálida.
—Perdón… se me había olvidado que estabas aquí. ¿Puedes bajar?
—Claro, voy.
Bajé descalza, con una pijama cómoda que probablemente no era la mejor elección para enfrentar a un hombre como Dante De Bedout en su propio despacho.
Él levantó la mirada cuando entré.
—Mira esto.
Me mostró las fotografías. Las amenazas. El mensaje.
Sentí el estómago encogerse.
—Ay, no puede ser… —pasé las manos por mi cabello, tratando de pensar con claridad—. Eso fue antes de los perros. Antes de las cámaras. Ahora tenemos más seguridad.
—Sí —dijo serio—, pero no sé si sea suficiente.
Me senté en el sofá frente a él. Pensé en Tobías. Fue el primer nombre que cruzó mi mente. No podía descartarlo. Pero tampoco podía acusarlo sin pruebas.
—No podemos dejar sola esa propiedad tanto tiempo —dijo Dante, apoyando los codos en el escritorio.
—Estoy de acuerdo. ¿Viajamos mañana?
—Sí. Y que los abogados vayan cuando los necesitemos presencialmente. Lo demás lo hacemos virtual. Pero la finca no se queda sola.
Asentí.
Lo vi empezar a tensarse otra vez, esa mente suya maquinando planes, estrategias, posibles escenarios catastróficos.
Me levanté, me acerqué y puse mi mano sobre la suya.
La apreté con suavidad.
—Vamos a dormir —dije con calma.
Me miró. Cedió.
Se levantó y tomó mi mano.
—Me parece el colmo, Dante De Bedout, que no te acordaras que estaba aquí.
Rió.
—Es que no haces ruido, Vera. Estoy acostumbrado a estar solo en esta casa.
Nos soltamos lentamente frente a mi habitación.
Me encerré.
Y me quedé un momento apoyada contra la puerta.
¿Por qué actuaba así con él?
¿Por qué quería tenerlo cerca?
¿Por qué con él no sentía que me invadía?
No tenía respuestas.
Pero no quería buscarlas tampoco.
No dejamos ningún documento importante en su casa. A la mañana siguiente empacamos todo. Por seguridad, viajaríamos en otra camioneta, no en la que habíamos usado antes.
—Toyota Sequoia —corrigió él cuando pronuncié mal el nombre.
—Eso —respondí rodando los ojos.
El camino fue tranquilo.
Después de unos minutos de silencio, habló.
—Perdón.
Lo miré.
—¿Perdón de qué?
—Por haberme portado mal contigo antes. Tú no tenías la culpa. Y yo fui un idiota.
Sonreí de lado.
—Gracias por disculparte… y sí, fuiste idiota.
Rió.
Paramos a desayunar en una pequeña cafetería de carretera y luego a almorzar. Ya no eran conversaciones superficiales. Hablábamos de verdad. Escuchándonos. Entendiéndonos.
No sabía en qué momento habíamos cruzado esa línea.
Pero lo habíamos hecho.
Al llegar a la finca, llovía. Como casi siempre en esta temporada.
Entramos por el garaje, que ya estaba terminado y conectaba directamente con la cocina. Era práctico. Seguro.
Mientras Dante organizaba documentos y aseguraba las cajas fuertes en la oficina —habíamos instalado dos—, yo preparé algo de comer.
Puse música.
Me quité los zapatos.
El piso térmico de la casa era cálido bajo mis pies. La lluvia golpeaba el techo. El olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma de la comida.
Bailaba sola, despacio.
Encendí algunas velas.
Y lo vi salir de la oficina.
Se detuvo un segundo al observarme.
Me acerqué.
—Baila conmigo.
Sonaba Witchcraft, de Frank Sinatra.
Colocó una mano firme en mi cintura. La otra sostuvo la mía. Su cuerpo era sólido, cálido, seguro.
Empezamos con pasos lentos. Sin prisas. Sin espectáculo.
Solo nosotros.
El movimiento era suave. Íbamos marcando el ritmo apenas con el balanceo del cuerpo. Mi cabeza casi rozaba su pecho. Él bajó un poco el rostro, lo suficiente para que nuestras respiraciones se mezclaran.
Giré lentamente bajo su brazo. Volví a su pecho.
La lluvia afuera marcaba el compás.
Sus dedos presionaron apenas mi espalda baja. Mi mano subió hasta su hombro.
No había urgencia.
No había palabras.
Solo una calma intensa.
Sus ojos bajaron a mis labios.
Los míos hicieron el mismo recorrido.
Y entonces ocurrió.
Un beso lento.
Sin exigencias.
Sin posesión.
Un roce primero.
Después más firme.
Su mano en mi cintura me acercó apenas. Yo me apoyé más en él. Sentí su respiración cambiar. La mía también.
No entendía exactamente qué era eso.
Pero no quería que se detuviera.
La luz se fue de repente.
Quedamos iluminados solo por las velas.
La lluvia siguió cayendo.
Y el mundo pareció reducirse a ese espacio mínimo entre nuestros cuerpos.
El beso se volvió un poco más profundo. No desesperado. Solo más consciente.
Más decidido.
Mis dedos se deslizaron por su pecho, firme bajo la tela de la camiseta. Él bajó su frente hasta apoyarla contra la mía.
Respiramos.
La planta de emergencia se encendió de pronto, devolviendo la electricidad a la propiedad.
La luz regresó.
Nos miramos.
Sonreímos.