Desde la noche en que presenció la muerte de su padre, Eleonore Montrose no ha vuelto a hablar. Su silencio, convertido en motivo de vergüenza para su familia, es usado por su madrastra, Lady Agatha, para someterla y ofrecerla en matrimonio a un hombre al que no conoce: Lord Edmund Blackwood, heredero de una antigua casa junto al mar.
Obligada a unirse a un extraño y exiliada en una mansión llena de ecos, Eleonore descubrirá que el silencio puede ser también un refugio… y que el amor, incluso en medio de la imposición, puede revelar verdades que todos preferirían mantener enterradas.
Pero cuando los recuerdos reprimidos regresen, su voz —la que creían perdida— podría ser tanto su salvación como su condena.
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CAPITULO 7
El viento cambió al caer la noche. Primero fueron las ramas golpeando los postigos, luego el rugido del mar, y al final la lluvia: una cortina espesa que borró el horizonte.
Eleonore observaba desde la ventana del ala este. La tormenta la fascinaba, aunque una parte de ella —la más antigua, la que aún recordaba el miedo infantil— sabía que nada bueno venía después del trueno.
No era el ruido lo que dolía, sino la soledad que solía seguirlo.
Un relámpago iluminó el pasillo. Por un instante, creyó que la casa respiraba con ella.
Clara entró de golpe, empapada por la humedad.
—Mi lady, Lord Blackwood pide que permanezca aquí. El río se ha desbordado. Vinieron hombres del puerto.
Eleonore asintió sin apartar la vista del cristal. Sabía que él saldría. Siempre lo hacía.
Horas después, el portazo la sobresaltó. Luego oyó el trote del caballo alejándose entre la lluvia. Se abrazó a sí misma, sin entender por qué el sonido de su partida le dolía tanto.
La noche se volvió larga. La tormenta rugía contra los muros, y ella no se movió de la ventana.
Cuando la puerta principal se abrió, casi a medianoche, el eco resonó por toda la casa. Los criados corrieron. Entre ellos, Edmund apareció empapado, con el barro trepándole las botas y la respiración temblorosa.
Había estado ayudando a evacuar a las familias del pueblo, pero en su expresión había algo más que cansancio: una extraña mezcla de alivio y agotamiento que la conmovió.
—Mi lord, por favor... —Clara quiso detenerlo, pero él pasó de largo, sin verla.
Eleonore bajó las escaleras sin pensarlo. Llevaba una manta en los brazos, el cabello suelto y los pies descalzos sobre el mármol.
Cuando Edmund la vio, se detuvo como si la tormenta entera se hubiese detenido con él.
—Debería estar en su habitación —dijo con voz ronca, aunque más que una orden, sonó a súplica.
Ella escribió rápido: “Y usted debería estar vivo, no tiritando.”
Él soltó una risa breve, incrédula, mientras ella le colocaba la manta sobre los hombros. Sus dedos rozaron la piel húmeda de su cuello, y él contuvo el aire sin darse cuenta. El gesto era simple, pero algo en ese roce lo encendió.
Clara apareció con una jarra de vino, pero Eleonore la detuvo con una mirada suave.
Sostuvo la copa ella misma y la acercó a sus labios.
—No hace falta... —murmuró Edmund, pero bebió igual.
La mirada de ella no se movió.
El fuego les devolvía fragmentos de luz. Él no supo si temblaba por el frío o por su cercanía.
—Hace años que nadie me mira así —dijo al fin, apenas un hilo de voz.
Ella levantó la vista, interrogante.
—Como si importara si vuelvo o no —explicó él, sin poder sostener su mirada mucho tiempo.
Eleonore tomó su cuaderno y escribió despacio, temblando un poco: “Porque importa.”
Él la leyó. Después, en lugar de responder, solo la observó. El silencio se hizo espeso, denso, con esa tensión que no se atreve a romperse. Entre ambos, el aire ardía con el mismo fuego que secaba su ropa.
—Entonces —dijo Edmund, apenas audible—, tal vez deba volver más seguido.
Ella no escribió nada. Solo alzó la mano, y con cuidado, le apartó un mechón de cabello mojado que le caía sobre la frente. El contacto fue leve, pero bastó para que él cerrara los ojos un segundo, como si lo tocara algo que no esperaba sentir.
Cuando por fin subió las escaleras, ella se quedó junto al fuego, con la manta todavía tibia entre las manos.
No sabía si quería que amaneciera o que la noche no terminara nunca.
Afuera, la tormenta seguía. Pero dentro de Blackwood Hall, el ruido ya no sonaba a miedo. Sonaba a algo que empezaba a nacer.