Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.
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Capítulo 9: El rango que no se gana matando
La noche se había vuelto espesa en Lorn.
No era el silencio tranquilo de un lugar que duerme, sino ese otro silencio, cargado de recuerdos recientes: gritos que ya no estaban, respiraciones que aún temblaban, nombres que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Ren permanecía sentado contra la pared de la choza, con una manta sobre los hombros y el cuerpo todavía caliente por la fiebre que recién empezaba a ceder.
No podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro del hombre que había muerto en Brunn, los dedos de la mujer aferrados a una túnica que no podía devolverle a su esposo, la mirada perdida de la joven que había enterrado a su hermano. El cansancio pesaba como una losa, pero la mente se negaba a soltarse.
Fue entonces cuando lo sintió.
Un pulso tibio en el centro del pecho, como si alguien hubiera tocado una cuerda invisible dentro de él.
El aire frente a sus ojos se onduló.
Un panel translúcido emergió de la nada, más nítido que cualquier recuerdo de la invocación inicial. Letras blancas, limpias, flotaron en la oscuridad.
[Sistema de Progresión Activado]
Ren se quedó inmóvil.
No había visto el sistema desde el primer día en ese mundo. Pensó que solo los “héroes” podían interactuar con él. Pensó que había desaparecido junto con la ilusión de ser útil para un equipo.
Un sonido suave, artificial, resonó directamente en su mente. No era una voz humana. No tenía emoción ni inflexión. Era clara, neutra, electrónica.
—Usuario: Ren. Clase: Sanador.
—Criterio de progreso cumplido.
Ren frunció el ceño.
—¿Progreso… por qué?
—Progresión de la clase “Sanador” basada en impacto vital directo.
—Atenciones efectivas registradas: 103.
—Umbral de ascenso alcanzado.
El número le cayó encima como un peso inesperado. Ciento tres. No podía ponerle rostro a todos. Solo a algunos. A los que habían respirado de nuevo. Y también a los que no.
—¿Subo de rango… por salvar personas? —susurró.
—Correcto.
—Actualización de rango en proceso.
—Rango actual: F.
—Rango nuevo: E.
Una luz cálida recorrió la interfaz. No hubo fanfarria. No hubo euforia. Solo una sensación tenue de algo que se acomodaba dentro de su pecho, como si un nudo se aflojara apenas.
—Nuevas habilidades desbloqueadas.
Las palabras se desplegaron frente a él:
Diagnóstico Claro (pasiva): Permite identificar estados críticos básicos en pacientes.
Estabilización Rápida (activa): Reduce el riesgo de muerte en pacientes en estado crítico durante un breve periodo.
Curación Dirigida (activa): Aumenta la eficiencia de maná al tratar zonas específicas.
Ren cerró los ojos un instante. No había monstruos derrotados. No había puntos de mérito. Solo… gente que seguía viva.
—¿Y los que murieron? —preguntó en voz baja.
—Las atenciones no efectivas no suman progreso.
—Las pérdidas no afectan el rango.
—Recomendación: descanso. Usuario presenta signos de agotamiento crítico.
Ren soltó una risa cansada.
—Hasta el sistema me dice que pare…
El panel se desvaneció lentamente.
—Siguiente umbral de progreso: 200 atenciones efectivas.
—Fin del anuncio.
El silencio volvió a envolver la choza.
Ren se quedó mirando el lugar vacío donde habían flotado las palabras. El cansancio seguía ahí. El dolor en el costado también. Pero algo en su interior se había movido. No era orgullo. Era… permiso. Permiso para creer que su forma de ser útil tenía valor, incluso en un mundo que medía el mérito por cuerpos caídos.
Un grito cortó la noche.
—¡Ren! ¡Ren, ven rápido!
Se puso de pie de inmediato, el mareo mordiéndole las sienes. Afuera, Maera lo esperaba, con el rostro pálido.
—Un viajero… se desplomó en el camino. No respira bien.
Ren corrió.
El hombre estaba tendido en el suelo, la piel fría, los labios amoratados. Había sangre en su camisa. Una herida profunda en el muslo, mal cerrada, ya infectada. La respiración era irregular, superficial. El pulso, débil.
Antes, Ren habría actuado por instinto. Esta vez, algo cambió.
El mundo pareció ordenarse frente a sus ojos.
[Diagnóstico Claro: Infección severa / Riesgo de shock / Hemorragia interna leve]
Ren inhaló con fuerza. La información apareció como una certeza, no como un pensamiento.
—Agua hervida. Trapos limpios. ¡Ahora! —ordenó.
Se arrodilló junto al hombre, presionó la herida para frenar la hemorragia y activó Curación Dirigida. La magia fluyó de forma distinta: más enfocada, menos dispersa. Sintió el gasto de maná reducirse, como si por primera vez su poder supiera exactamente a dónde ir.
—Respira conmigo —murmuró al herido—. No te duermas.
Activó Estabilización Rápida. Una luz tenue envolvió el torso del hombre. La respiración se volvió un poco más profunda. El pulso dejó de desvanecerse.
—Eso es… quédate —susurró Ren.
Un carruaje se detuvo al borde del camino.
Cuatro figuras bajaron.
Ren alzó la vista.
El guerrero fue el primero en reconocerlo. Se quedó inmóvil, como si el pasado le hubiera golpeado de repente el pecho.
—…Ren.
La maga frunció el ceño. El asesino observó en silencio. La santa del templo apretó el símbolo en su pecho.
Ren los miró sin sorpresa. Como si siempre hubiera sabido que este momento llegaría.
—¿Van a ayudar o van a mirar? —preguntó, sin levantar la voz.
Hubo un silencio tenso. Luego, la maga se adelantó.
—¿Qué necesitas?
Ren señaló los trapos.
—Presión aquí. No aflojes.
Trabajaron juntos, torpes al principio, coordinados después. El herido respiraba mejor. No estaba fuera de peligro, pero ya no se iba en ese instante.
Cuando todo se estabilizó, el guerrero habló.
—Oímos… rumores. Pensamos que exageraban.
Ren se limpió las manos manchadas de sangre.
—Siempre exageran cuando no quieren ver.
El asesino lo observó con atención nueva.
—Subiste de rango —dijo, notando la estabilidad de la magia—. ¿Cómo?
Ren alzó la vista, cansado, firme.
—No matando.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No era de hostilidad. Era de vergüenza.
Ren se puso de pie con esfuerzo.
—Si van a quedarse, hay gente que necesita manos. Si no… el camino es largo.
No esperó respuesta. Volvió a la choza, con el cuerpo al límite, pero con la certeza de que, por primera vez, el mundo no podía llamarlo “inútil” sin mentirse a sí mismo.
Porque su rango no se ganaba matando.
Se ganaba sosteniendo la vida.