Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 9 Cuando el tiempo empieza a moverse
El castillo de los Ravenna no anunciaba los cambios con trompetas.
Los dejaba ocurrir.
Alessandro di Ravenna lo notó en los detalles: el entrenamiento que ya no terminaba con los brazos temblando, los pasillos que se sentían un poco menos largos, la forma en que los tutores lo miraban con una expectativa nueva. No era solo el heredero; estaba empezando a parecerlo.
—Creces rápido —comentó Giovanni una mañana, ajustándole el broche de la capa.
—No tan rápido como el tiempo —respondió Alessandro.
No sabía por qué había dicho eso.
Pero se sintió cierto.
Luca Avenni también estaba cambiando.
Sus dedos ya no tropezaban tanto con las cuerdas. Sus melodías se atrevían a probar caminos nuevos. Y había días en que no aparecía en los pasillos, ocupado con la maestra Vittoria o con los niños del castillo que, poco a poco, habían dejado de verlo como “el omega del arpa” para verlo como… Luca.
—Hoy tocaré con Marco —anunció una tarde.
Alessandro asintió, intentando que no se notara la punzada incómoda que le cruzó el pecho.
—Bien.
—¿Vendrás a escuchar?
—Si puedo.
Luca sonrió.
—Eso es un sí con armadura.
Alessandro rodó los ojos.
La pequeña despedida llegó sin ceremonia.
La maestra Vittoria fue llamada al sur para un encargo importante. Se llevaría a Luca durante unas semanas para tocar en un evento menor, algo que prometía abrirle puertas en el futuro.
—No quiero irme —dijo Luca, sentado en el jardín interior—. Aquí… todo está.
—Allá también habrá cosas —respondió Alessandro—. No desapareces por irte.
—¿Y si cuando vuelva… ya no estás aquí?
Alessandro lo miró con seriedad.
—No me iré.
Luca dudó.
—No me gusta cuando dices cosas como si fueran reglas del mundo.
—No son reglas —admitió Alessandro—. Son… decisiones.
Eso fue suficiente para que Luca asintiera.
La noche antes del viaje, la música sonó más tiempo que de costumbre.
No alegre.
No triste.
Persistente.
Alessandro se quedó en el pasillo, escuchando hasta que el cansancio lo venció.
—No toques tan tarde —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.
—No quiero olvidar el pasillo —respondió Luca—. Allá los pasillos son distintos.
—Los pasillos no se olvidan —replicó Alessandro—. Se reconocen.
Luca rió, bajito.
—Eso tampoco es una frase real.
—Lo es ahora.
El día de la partida fue simple.
Sin discursos.
Sin promesas grandes.
Giovanni acomodó la pequeña bolsa de Luca. La maestra Vittoria agradeció al castillo con una reverencia. Luca sostuvo su arpa como si fuera un amuleto.
—Volveré —dijo.
—Lo sé —respondió Alessandro.
—¿No dirás “cuídate”?
—No lo necesitas.
—Entonces diré yo “no te olvides”.
—No podría —respondió Alessandro sin pensar.
Luca sonrió.
—Eso sonó a promesa.
—No lo es —corrigió Alessandro—. Es… —se detuvo—. Es costumbre.
Luca subió al carruaje. Antes de que se cerrara la puerta, tocó dos notas en el arpa.
Alessandro levantó la mano, sin darse cuenta.
Las semanas sin música fueron extrañas.
El castillo parecía más grande.
El silencio, más pesado.
Alessandro se sorprendió a sí mismo caminando por el pasillo a la hora en que solía escuchar el arpa. Se detuvo una vez, esperando un sonido que no llegó.
—Ridículo —murmuró.
Entrenó más duro. Estudió más tiempo. Cumplió cada protocolo con precisión.
Y aun así, algo faltaba.
El regreso fue un ruido suave en la madrugada.
🎶 Plim… plim…
Alessandro abrió los ojos.
Se levantó sin pensar.
Encontró a Luca en el pasillo, más alto que la última vez que lo vio, con los dedos más seguros y la sonrisa más amplia.
—Volví —dijo Luca.
—Ya lo veo —respondió Alessandro.
—¿Te olvidaste?
—No.
—Bien —sonrió—. Yo tampoco.
Se quedaron en silencio, escuchando cómo el tiempo encajaba otra vez en su sitio.
No hubo abrazo.
No hubo beso en la mejilla esa noche.
Solo música.
Y la certeza, nueva e incómoda, de que el tiempo había empezado a moverse de verdad.