Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Base 1
Cuando el carruaje atravesó el gran portón de hierro forjado, Constance contuvo el aliento.
La base militar no tenía nada del refinamiento ornamental de la academia ni de la elegancia calculada de la mansión Valmont. No había jardines simétricos ni esculturas decorativas.
Había amplitud.
Tierra firme.
Edificios sólidos de piedra gris.
Estandartes ondeando al viento.
Y sonido.
El choque metálico de espadas de práctica.
Órdenes claras lanzadas desde la distancia.
Botas marcando el suelo al unísono.
Era un lugar vivo.
Un lugar que funcionaba.
Constance descendió del carruaje y por primera vez desde que partió no sintió nervios… sino algo más cercano a emoción.
Nadie la miraba como “la hija de”.
Nadie susurraba su apellido.
Algunos soldados giraron brevemente la cabeza al ver llegar al capitán, pero no había curiosidad hacia ella. Solo respeto hacia él.
Aquello la sorprendió.
En la academia, su presencia siempre generaba murmullos, por ser la hermana menor de..
Aquí era una más.
El capitán Asaf caminó a su lado con paso seguro.
Asaf no hablaba mucho, pero su sola presencia abría espacio a su alrededor. No imponía por miedo, sino por autoridad natural.
—Bienvenida —dijo simplemente.
Ella miró el campo de entrenamiento central, donde un grupo corría en formación perfecta.
—Es… más grande de lo que imaginaba.
—Y más exigente —respondió él.
La acompañó directamente al edificio administrativo. En el interior, el ambiente era sobrio.. escritorios alineados, mapas estratégicos colgados en las paredes, listas de nombres y rangos cuidadosamente organizadas.
Constance se acercó al escritorio de inscripción.
El oficial levantó la vista, dispuesto a recibir a otro cadete más… pero se enderezó al notar la presencia del capitán junto a ella.
—Nombre —pidió.
—Constance Valmont.
El apellido quedó flotando un segundo en el aire.
Pero el oficial solo asintió y comenzó a registrar.
Ningún comentario.
Ninguna sonrisa condescendiente.
Solo procedimiento.
Mientras firmaba los documentos, Constance notó algo.
Era la única acompañada por un capitán.
Los demás jóvenes estaban solos. Algunos parecían inseguros. Otros intentaban aparentar confianza.
Ella, en cambio, tenía a Asaf a su lado.
No intervino.
No habló por ella.
Pero estaba allí.
Y eso la hizo sentirse… respaldada.
No protegida.
Respaldada.
Cuando terminó el proceso, el oficial entregó una placa provisional con su número de cadete.
—A partir de ahora, responde a esto.
Ella tomó la placa con firmeza.
No era un apellido.
No era un título.
Era un número.
Y, curiosamente, le gustó.
El capitán la condujo después hacia el área de alojamiento.
Los dormitorios eran sencillos.. filas de camas perfectamente alineadas, baúles metálicos al pie de cada una, ventanas amplias que dejaban entrar la luz directa del exterior.
Nada de cortinas de seda.
Nada de alfombras mullidas.
Solo funcionalidad.
—Esta es tu habitación —dijo él.
No era privada. Compartiría el espacio con otras cadetes.
Constance recorrió el lugar con la mirada.
Lejos de incomodarla, la simplicidad la tranquilizaba.
—Es perfecta —respondió.
Asaf la observó discretamente. No detectó decepción en su expresión. Ni incomodidad. Solo curiosidad y determinación.
Eso pareció satisfacerlo.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a descender, un suboficial llamó a los nuevos ingresantes al almacén de equipamiento.
Allí les entregaron oficialmente el uniforme de cadete.
Cuando pronunciaron su número, Constance avanzó.
Le entregaron el conjunto cuidadosamente doblado.. camisa de entrenamiento, chaqueta estructurada, pantalones resistentes, botas reglamentarias.
El tejido era firme, pesado. Diseñado para durar.
Lo sostuvo entre sus manos unos segundos.
Era real.
No era una fantasía adolescente.
No era una discusión familiar.
Era esto.
Tela áspera.
Costuras fuertes.
Disciplina tangible.
Esa noche, cuando se probó el uniforme frente al pequeño espejo metálico del dormitorio, casi no se reconoció.
No llevaba vestidos refinados.
No llevaba joyas.
No llevaba el peso visible del apellido Valmont.
Solo el uniforme.
Y le quedaba bien.
No porque resaltara su figura.
Sino porque parecía encajar con su postura.
Con su decisión.
Cuando salió al pasillo para presentarse formalmente ante el capitán ya vestida como cadete, Asaf la esperaba.
Su mirada recorrió el uniforme… evaluando postura, ajuste, presencia.
Asintió una sola vez.
—Ahora sí pareces lista.
Fue una frase simple.
Pero el leve orgullo en su tono hizo que el estómago de Constance volviera a tensarse.
Ese nervio seguía apareciendo cuando él la miraba así.
Y ella comenzaba a entender que no era miedo al entrenamiento.
Era algo más complejo.
Algo que no estaba en ningún reglamento militar.
Mientras el cielo se oscurecía sobre la base y el sonido de las órdenes nocturnas llenaba el aire, Constance sintió por primera vez que había cruzado un umbral verdadero.
Ya no era una hija invisible, ni un posible matrimonio político..
Ya no era una joven noble desafiando expectativas.
Era cadete.
Y el capitán que la había acompañado hasta allí no parecía verla como una carga… sino como una promesa.