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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Geometría del deseo

El Palazzo Vecchio estaba iluminado como solo lo estaba en las noches de gran gala.

Monserrat lo vio desde el coche, recortado contra el cielo negro, con sus almenas, su torre y esa luz dorada que lo hacía parecer más un escenario de ópera que un edificio de gobierno. El coche se detuvo en la entrada. Un empleado abrió la puerta. Ella extendió la mano, primero un pie, luego el otro, después el vestido, acomodándolo con cuidado porque la seda se enganchaba en todo.

—¿Nerviosa? —preguntó Alessandro desde el otro lado.

—No. ¿Por qué?

—Porque llevas cinco minutos sin hablar.

Ella sonrió. La sonrisa que usaba para estas cosas.

—Pensaba en la cena de mañana con los japoneses. Los inversores.

—Ya. Claro.

Él le ofreció el brazo. Ella lo tomó. Subieron las escaleras juntos, saludando aquí y allá, dejando que los flashes de los fotógrafos los atraparan en el ángulo correcto.

Dentro, el palazzo era un hervidero.

Gente, mucha gente, vestida de noche, con joyas que pesaban más que sus dueñas y sonrisas que pesaban menos. Monserrat reconoció caras conocidas, nombres que podía poner a cada rostro, historias que sabía de memoria. La mitad de Florencia estaba ahí; la otra mitad estaría mañana en los periódicos preguntándose por qué no la invitaron.

—Mesa veintitrés —dijo Alessandro, mirando el teléfono—. En el salón de los mapas.

—Vale.

Caminaron hacia el salón. Más gente. Más sonrisas. Más flashes. Monserrat mantenía la suya fija, la misma de siempre, la que había ensayado durante años hasta convertirla en parte de su rostro.

En la entrada del salón, una mesa con tarjetas.

Los invitados, las mesas, las asignaciones. El protocolo habitual.

Monserrat buscó su nombre.

Monserrat Bellini. Mesa 23.

Bien.

Bajó la vista a los asientos dentro de la mesa. Los nombres, ordenados, precisos.

Y ahí, a su izquierda, a solo dos sillas de distancia, estaba el suyo.

Dorian D’Angello.

La tarjeta no se movió. Las letras no cambiaron. Pero ella se quedó mirándolas un segundo más de lo necesario.

—¿Problema? —preguntó Alessandro.

—No. Buscaba a los Vitale. Están en la dieciocho.

—Ah. Bien.

Él ya había seguido hacia el interior. Monserrat se quedó un momento más, con la tarjeta entre los dedos, sintiendo el papel grueso, la caligrafía en relieve.

Podía cambiarlo.

Podía llamar a alguien de la organización, decir que prefería estar más cerca de Alessandro, inventar cualquier excusa válida.

No lo hizo.

Dejó la tarjeta donde estaba y siguió a Alessandro.

La mesa era redonda, grande, con un centro de flores blancas tan alto que obligaba a inclinarse para ver a quien estaba al otro lado. Doce personas. Las doce correctas para una noche como esa.

Monserrat ocupó su sitio. A su derecha, un hombre mayor, banquero, amigo de su padre. A su izquierda, dos sillas todavía vacías. Y luego, al otro lado de esas dos sillas, él.

No lo miró. No hizo falta.

Sabía que estaba ahí igual que se sabe si hay una ventana abierta en una habitación oscura: por el aire, por la presión, por algo que cambia sin necesidad de confirmarlo con los ojos.

Los otros comensales fueron llegando. Saludos, presentaciones, el ritual de siempre. Monserrat sonreía, asentía, decía las palabras correctas en los momentos correctos.

Y mientras lo hacía, una parte de ella —la que no controlaba— medía distancias.

La distancia entre su codo y el borde de la mesa. La distancia entre el borde y el codo de él. La distancia entre ellos, que era de aproximadamente un metro y que, sin embargo, se sentía mucho menor.

—Señorita Bellini.

Se volvió hacia el banquero. Él hablaba sobre inversiones, sobre el mercado del arte, sobre cifras que no necesitaban emoción. Ella asintió.

Pero cuando el hombre terminó su frase, cuando ella respondió con la respuesta adecuada y el silencio volvió un instante, sus ojos encontraron los de él al otro lado de las dos sillas vacías.

Él no estaba mirando. Hablaba con una mujer mayor, un collar de esmeraldas descansando sobre su cuello.

Y, justo en el momento en que ella lo miró, él giró la cabeza.

Como si lo hubiera sentido.

Como si existiera una corriente entre ambos que no necesitaba ojos para funcionar.

Sostuvieron la mirada un segundo. Quizá dos.

Luego ella volvió al banquero. Él volvió a la mujer de las esmeraldas.

Y la cena empezó.

Llegó el primer plato. Después el vino. Luego la conversación general, esa que llenaba los silencios sin llenar nada.

Monserrat participaba. Decía lo que había que decir. Reía cuando correspondía. Era brillante, como siempre, porque ser brillante en estas cosas era tan automático como respirar.

Pero mientras hablaba, sus sentidos estaban en otro lugar.

En la manera en que él sostenía la copa. En cómo giraba el vino antes de beber, un movimiento lento, casi distraído. En el gesto mínimo con que llevaba la servilleta a los labios después de cada bocado.

En la distancia exacta entre ellos, que seguía intacta y aun así pesaba distinto cada vez que él hablaba.

—…y usted, señorita Bellini, ¿qué opina?

La pregunta llegó desde el otro lado de la mesa. Arte contemporáneo. Una nueva exposición en Venecia. Algo que podía responder con los ojos cerrados.

—Creo que la curaduría es impecable —dijo—. Las piezas dialogan entre sí de una forma que no esperaba. Sobre todo la sala de los alemanes.

—¿La de las esculturas en resina?

—Sí. No soy fan de la resina, pero el montaje lo compensa.

Varios asintieron. La conversación siguió. Monserrat bebió un sorbo de vino.

Y entonces él habló.

—La sala de los alemanes es la única que funciona —dijo, con esa voz que ella ya conocía—. El resto es correcto. Esa es necesaria.

Ella lo miró.

—¿Necesaria?

—Hay obras que están ahí para llenar espacio. Y hay obras que, si faltaran, dejarían un vacío.

—¿Ha estado en Venecia?

—La semana pasada.

—¿Y qué más vio?

Él sonrió. Una sonrisa breve.

—Mucho espacio que llenar.

Ella casi rió. Casi. Pero el momento pasó.

—¿Y la Bienal? —preguntó alguien.

La conversación cambió de rumbo. Monserrat escuchaba, respondía, seguía siendo brillante. Pero cada pocos minutos sus ojos volvían a él.

Y cada vez, él estaba mirando a otra parte.

Aunque ella sabía —con una certeza difícil de explicar— que él también estaba midiendo distancias.

El segundo plato. El tercero. Los vinos cambiaban y las conversaciones también.

En algún momento, la mujer de las esmeraldas se levantó. El banquero a la derecha de Monserrat quedó atrapado en una discusión política. Por unos minutos, el espacio alrededor de ellos dos se volvió silenciosamente íntimo.

Él la miró directamente.

—La exposición de otoño en su galería —dijo—. ¿Sigue en pie?

—Sí. La semana que viene empezamos el montaje.

—¿Va a estar la pieza de Conti?

—Llega el martes.

Asintió.

—Me gustaría verla cuando esté instalada.

—Claro. Puedo avisarle.

—Gracias.

Una pausa. No silencio, sino algo más denso.

—Hay algo en esa pieza —dijo él— que no termino de entender.

—¿El qué?

—La manera en que trata la pérdida. No es dolorosa. No es triste. Es… otra cosa.

Monserrat dejó la copa sobre la mesa. Un gesto neutro, aunque sus dedos se demoraron un segundo en el tallo.

—¿Cómo qué? —preguntó.

Él sostuvo su mirada, como si eligiera cada palabra.

—Como si la pérdida fuera un lugar al que se puede volver. No para sufrir, sino para recordar que estuviste ahí.

Ella no respondió enseguida.

El espacio entre la pregunta y el silencio duró unos segundos. El tiempo suficiente para que el aire cambiara.

—Esa pieza —dijo al final— siempre me ha parecido que habla de algo que el artista no ha vivido.

—¿Por qué lo dice?

—Porque la pérdida real no es un lugar al que vuelves… es un lugar del que nunca te fuiste.

Él la miró entonces con una atención que no supo clasificar.

—¿Y usted cómo sabe eso?

Ella no respondió.

No porque no tuviera respuesta, sino porque la respuesta era una pregunta que no quería hacerse.

La mujer de las esmeraldas volvió. El banquero terminó su discusión. La mesa recuperó su equilibrio de doce personas y doce conversaciones superficiales.

Monserrat lo sentía en la piel, en la nuca, en el ritmo ligeramente alterado de su respiración. Él estaba ahí, hablando con otros, siendo el hombre que el mundo veía. Y aun así, cada vez que ella movía la mano o giraba la cabeza, había una conciencia periférica de su presencia.

En un momento, mientras alguien contaba una anécdota sobre una exposición en París, Monserrat apoyó el brazo sobre la mesa.

Un gesto natural. El antebrazo extendido, la mano cerca del centro.

Él hizo lo mismo.

Sin planearlo, sus brazos quedaron paralelos, separados por apenas unos centímetros. Lo suficiente para sentir el calor sin que hubiera contacto.

No se movió.

Él tampoco.

La anécdota siguió. La gente rió. El vino circuló.

Pero durante unos minutos, el espacio entre sus brazos fue lo único que existió.

Monserrat no miró. No confirmó nada.

Y aun así supo, con absoluta claridad, que ninguno de los dos iba a cerrar esa distancia.

Pero tampoco a aumentarla.

—Monse.

La voz de Alessandro llegó desde atrás, rompiendo la burbuja.

Ella se volvió.

Él estaba de pie detrás de su silla, con una copa en la mano y esa sonrisa que era solo para ella.

—Perdón —dijo—. Me entretuve con los de la fundación.

—No pasa nada.

Él se inclinó y la besó en la mejilla. Un gesto cotidiano. Luego saludó a los presentes, y su mirada se detuvo un segundo en Dorian.

—D’Angello.

—Vitale.

El intercambio duró menos de un segundo. Pero Monserrat notó el leve cambio en la mandíbula de Alessandro. Y notó también, en Dorian, la ausencia total de reacción.

Alessandro se sentó en la silla vacía junto a ella.

—¿Cómo va la cena?

—Bien. Terminando.

Él le tomó la mano bajo la mesa. Un gesto privado. Familiar. Monserrat sintió los dedos entrelazarse con los suyos, el calor conocido.

Mientras respondía a una pregunta sobre los postres, notó que su otro brazo ya no estaba extendido sobre la mesa.

Lo había retirado sin darse cuenta.

Y cuando miró, él también había retirado el suyo.

El espacio entre ambos estaba vacío.

La cena terminó. Postres, cafés, licores. Despedidas, abrazos educados y promesas que nadie cumpliría.

En el coche de vuelta a la villa, Alessandro le tomó la mano.

La noche de Florencia pasaba por la ventanilla. Los mismos puentes, las mismas luces reflejadas en el río.

—¿Cansada? —preguntó él.

—Un poco.

—Ha sido una noche larga.

—Sí.

Él apretó su mano con ternura.

Monserrat miró sus dedos entrelazados.

La mano de Alessandro era cálida, familiar. La de siempre.

Pero en la penumbra del coche, mientras las luces se deslizaban como estelas, pensó en otras manos.

El pensamiento llegó solo, como llegan los sueños.

En el sueño de la noche anterior, las manos eran distintas. Más grandes. Con otra forma de sostener. Con un calor que no se parecía a nada conocido.

Miró por la ventanilla.

Florencia pasaba, silenciosa.

Y su mano, dentro de la de Alessandro, no apretó de vuelta.

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Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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