Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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El Peso del Silencio
Miranda
La noche caraqueña se filtraba por los ventanales del apartamento, pero no traía consigo el descanso que tanto anhelaba. Me encontraba en la azotea, envuelta en una bata de seda lila, observando cómo la ciudad se convertía en un tapiz de luces distantes. El insomnio era un viejo amigo que me visitaba cada vez que el pasado amenazaba con desbordarse. Las palabras de mi madre en el parque seguían dándome vueltas: ¿No crees que ya has hecho suficiente daño?
Apreté los puños contra la baranda de metal. No, el daño apenas comenzaba a equilibrarse.
—El café aquí no es tan bueno como el de Madrid, pero ayuda a pensar —la voz de Cristian, baja y aterciopelada, rompió el silencio de la madrugada.
Me giré lentamente. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, vistiendo solo unos pantalones de pijama grises. La luz de la luna delineaba su torso y hacía que sus ojos resaltaran en la penumbra. Se acercó y me tendió una taza humeante.
—Gracias, Cris —susurré, rozando sus dedos al tomar la taza. El contacto envió una descarga eléctrica directo a mi pecho—. ¿Tampoco puedes dormir?
—Es difícil dormir cuando siento que la mujer que tengo como amiga está librando una guerra interna de la que no me deja formar parte del todo —se colocó a mi lado, mirando hacia el horizonte—. Miranda, hoy en el parque... te vi romperte por un segundo. Vi a esa niña de dieciocho años que todavía tiene miedo.
—Esa niña murió hace mucho tiempo, Cristian. La mataron en ese mismo parque —mi voz sonó más dura de lo que pretendía.
—No, no murió. Solo la encerraste bajo llave —él se giró hacia mí, obligándome a sostenerle la mirada. Esos ojos azules, que siempre me recordaban la calma del mar en Sicilia, ahora estaban cargados de una tormenta de dudas. —Me duele verte así. Me duele saber que confías en mí para tu plan, pero no para aliviar tu carga. Que por más conciencia que emos tenido estos últimos años no logras confiar plenamente en mi.
Dejé la taza sobre la mesa de café y suspiré, sintiendo el peso de las lágrimas reprimidas que no me permitirá soltar frente a él.
—¿Cómo puedo pedirte que me ayudes con mi carga si tú eres parte de lo que la hace pesada? —solté sin pensar.
Él frunció el ceño, dando un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor de su cuerpo.
—¿A qué te refieres? —preguntó en un susurro.
—A que fuiste su mejor amigo, Cristian. A que cada vez que te miro, me pregunto si algún día me mirarás con el mismo odio con el que yo miro a David cuando te enteres de toda la verdad. A que me aterra que mi venganza te destruya a ti también.
Cristian soltó una risa amarga y tomó mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas con una ternura que me quemaba.
—¿Todavía no lo entiendes? David dejó de ser mi prioridad el día que te vi llorar en aquel café de España. Mi lealtad no está con el pasado, Miranda. Está con este momento. Está contigo.
—No digas eso... —mis defensas empezaron a caer de forma rápida—. No me hagas quererte más de lo que ya me lo e permitido. No puedo mezclar nuestra amistad con lo que tengo que hacer.
—Ya está mezclado, cara mía —respondió él, acercando su rostro al mío—. Has pasado cinco años construyendo un muro de hielo, pero aquí fuera, en esta noche, ese muro se está derritiendo. Déjame ser tu refugio, no solo tu cómplice.
Sentí que el aire me faltaba. Sus palabras eran la tentación más peligrosa que había enfrentado hasta los momentos, y vaya que durante estos años me e enfrentado a peores tentaciones, pero cuando se trata de el pierdo, Cristian es mi punto débil, el es el único qué a podido tener acceso a la Miranda tierna, risueña que todavía vive en mi. Pero en este momento los sentimientos reprimidos durante años en Madrid, ese cariño que mutó en algo más profundo mientras criábamos a Marian, estaban ahí, palpitando entre nosotros.
—Tengo miedo, Cristian —confesé por primera vez en años, con la voz quebrada—. Tengo miedo de que al final de todo esto, no quede nada de mí para darte.
—Entonces yo te buscaré entre las cenizas —sentenció él antes de inclinarse y besar mi frente—. No tienes que ser perfecta, ni fuerte, ni la "Doctora Rinaldi" conmigo. Solo sé Miranda. Esa chica que baila descalza en medio de la sala, la joven risueña que se emociona por las cosas más simples.
Me refugié en su pecho, aspirando su aroma a sándalo y seguridad. Nos quedamos así durante lo que parecieron horas, bajo el cielo de Caracas, dos almas unidas por una traición y separadas por un secreto que aún no terminaba de revelarse.
—Ve a descansar —me dijo finalmente, deshaciendo el abrazo con lentitud—. Mañana es un día importante. Ethan ya tiene la seguridad lista para tu nuevo consultorio.
—Gracias por estar aquí, de verdad —le dije, mirándolo una última vez antes de entrar.
—Siempre, Miranda. Aunque el mundo se caiga a pedazos, siempre me encontrarás en tu puerta.
Entré a mi habitación, pero antes de acostarme, me senté en mi tocador. Miré mi reflejo y luego la foto de Marian en la mesa de noche. La culpa y el amor bailaban una danza macabra en mi interior. Cristian me amaba, y yo... yo estaba empezando a aceptar que mi corazón ya no me pertenecía solo a mí, que pase a los esfuerzos que hice para frenar cualquier sentimiento, no pude, debo aceptar que estoy empezando a sentir algo por Cristian.
Pero la guerra no se detenía por amor. Al contrario, el amor la hacía más peligrosa.
Cerré los ojos, tratando de invocar el rostro de David y Laura para recuperar mi rabia, pero lo único que veía era el azul de los ojos de Cristian, prometiéndome un perdón que yo misma no era capaz de otorgarme.