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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 6

La lluvia golpeaba con una cadencia hipnótica contra los ventanales del piso superior, transformando el paisaje exterior en un borrón de verdes y grises. Me quedé de pie en el centro de mi habitación, todavía procesando la bomba que Dante había soltado en el coche. Me había llamado por mi nombre. Zoe.

Esa palabra, pronunciada con su voz de barítono, había sonado como una caricia y una sentencia al mismo tiempo.

El pánico inicial de ser descubierta estaba siendo reemplazado por algo mucho más insidioso: la incertidumbre. Él sabía que yo no era Elena, sabía que yo no tenía la cicatriz de la cirugía de mi hermana y, aun así, no me había echado a la calle. No había llamado a su equipo de abogados para disolver el contrato. ¿Por qué?

Me despojé del traje sastre que me apretaba el pecho y me puse unos pantalones de pijama de seda y una camiseta básica. Me senté frente al espejo del tocador y me quité los pendientes de perlas que Elena solía usar como si fueran caramelos. Miré mi reflejo y vi a Zoe. La verdadera Zoe. La que tenía los dedos manchados de carboncillo y el corazón lleno de miedos que nada tenían que ver con la bolsa de valores.

Un golpe seco en la puerta del vestidor me hizo saltar. Era la puerta que conectaba nuestras habitaciones, la que él había jurado que permanecería cerrada con llave.

El pomo giró y la puerta se abrió.

Dante estaba allí, apoyado contra el marco. Se había quitado la corbata y los primeros tres botones de su camisa blanca estaban desabrochados, revelando la base de su cuello y una cadena de plata que nunca antes le había visto. Se veía menos como un magnate y más como un hombre acosado por sus propios demonios. Sus ojos, antes fríos como el hielo siberiano, ahora tenían un brillo febril.

—No te di permiso para entrar —dije, tratando de que mi voz no temblara.

—Esta es mi casa, Zoe —dijo él, pronunciando mi nombre con una lentitud deliberada que me hizo vibrar—. Cada centímetro de este suelo me pertenece. Y según el papel que firmaste abajo, tú también.

—Tú mismo dijiste que el contrato era una transacción de negocios —le recordé, levantándome del taburete—. Y ahora que sabes que no soy la mujer con la que firmaste, técnicamente el contrato es nulo. Puedes echarme si quieres.

Dante dio un paso hacia el interior de mi habitación. La atmósfera cambió al instante. Su presencia era como una tormenta eléctrica que consumía todo el oxígeno disponible.

—¿Echarte? —soltó una risa amarga—. Si te echo, tu padre irá a la cárcel por fraude y tu madre morirá en una cama de hospital pública porque no podrás pagar el tratamiento. No te voy a echar, Zoe. Pero las reglas han cambiado.

Se acercó tanto que pude oler el rastro de whisky en su aliento, mezclado con ese perfume de sándalo que ahora asociaba con el peligro. Me acorraló contra el tocador, poniendo sus manos a ambos lados de mis caderas, atrapándome.

—¿Qué es lo que quieres, Dante? —susurré. Mi corazón martilleaba contra mis costillas con tanta fuerza que estaba segura de que él podía sentirlo.

—Quiero entender por qué —dijo, su voz bajando a un susurro peligroso—. ¿Por qué una mujer como tú aceptaría vivir en esta farsa? ¿Por qué sacrificarías tu nombre por el de una víbora como Elena?

—Porque la familia es lo único que importa —respondí, clavando mis ojos en los suyos—. Algo que tú, en tu castillo de cristal, pareces haber olvidado. No todos tenemos el lujo de ser egoístas, Dante. Algunos de nosotros tenemos que ensuciarnos las manos para que los que amamos puedan seguir respirando.

Vi cómo su mandíbula se apretaba. Sus ojos descendieron a mis labios y sentí una oleada de calor que me dejó las piernas débiles. La tensión sexual entre nosotros no era solo atracción; era una lucha de poder, un choque de dos mundos que nunca debieron tocarse.

—Tu padre me vendió a la hija equivocada —murmuró, su rostro inclinándose hacia el mío—. Pero ahora que te tengo aquí, me doy cuenta de que el trato ha resultado ser mucho más interesante de lo que planeé. Elena era predecible. Tú... tú eres un enigma que quiero destrozar.

—No soy un juguete, Dante.

—Lo sé —su mano subió y se enredó en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás para que mi cuello quedara expuesto—. Eres una llama en medio de mi invierno. Y el problema con las llamas es que, si te acercas demasiado, terminas quemado.

Se inclinó más, su nariz rozando mi mejilla. Podía sentir su calor, su respiración errática contra mi piel. Estaba a un milímetro de besarme, de cruzar esa línea de la que no habría retorno. Mi cuerpo, traicionero y hambriento, se inclinó hacia él, buscando ese contacto prohibido. Pero entonces, su teléfono empezó a sonar en el bolsillo de su pantalón.

Dante se detuvo. Sus ojos buscaron los míos y vi una lucha interna feroz antes de que se apartara bruscamente, como si acabara de recordar quién era y dónde estábamos.

—Vístete —dijo, recuperando su tono de mando—. Tenemos que ir a la sede de la constructora. Tu padre ha vuelto a meter la pata con un sindicato y necesitan que "Elena" esté presente para calmar las aguas.

—Dante, acabas de decir que sabes que no soy ella...

—Ante el mundo, lo eres. Y mientras yo no diga lo contrario, seguirás siéndolo. No me hagas repetirlo, Zoe. Prepárate. El coche sale en quince minutos.

Se dio la vuelta y salió por la misma puerta por la que había entrado, dejándome temblando y furiosa.

Me puse un vestido de seda azul marino, elegante pero sobrio, y me maquillé con una máscara de frialdad que ocultara mi confusión interna. Al bajar, Dante ya me esperaba en el vestíbulo, impecable de nuevo en su armadura de sastre. El trayecto hacia la sede de la empresa fue silencioso, pero la atmósfera en el coche era diferente. Ya no había desprecio; había una vigilancia constante. Él me observaba como si fuera un experimento químico que pudiera explotar en cualquier momento.

Llegamos a la constructora de mi padre, un edificio que solía ser un símbolo de orgullo y que ahora olía a decadencia. Los empleados nos miraban con una mezcla de miedo y esperanza. Mi padre nos recibió en la sala de juntas, sudando copiosamente bajo las luces de neón.

—¡Elena! ¡Dante! Gracias por venir —dijo, intentando forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Ahórrate las cortesías, de la Vega —dijo Dante, sentándose a la cabecera de la mesa con una autoridad natural—. Explícame por qué el sindicato de transporte ha bloqueado las entregas de materiales.

Mi padre empezó a tartamudear excusas sobre pagos retrasados y malentendidos. Yo observaba a Dante. Su mente trabajaba a una velocidad asombrosa. Desglosaba cada problema legal y financiero con una frialdad quirúrgica, sin mostrar un ápice de compasión.

—La solución es simple —dijo Dante al cabo de una hora—. Liquidaremos la deuda del sindicato hoy mismo, pero a cambio, el diez por ciento adicional de las acciones de la constructora pasará a mi holding personal.

—¡Pero eso nos dejaría con casi nada! —exclamó mi padre, mirando a Dante y luego a mí, buscando apoyo.

Yo miré a mi padre, al hombre que me había obligado a mentir, que me había vendido para salvar su propio pellejo. Y luego miré a Dante, el hombre que, a pesar de su frialdad, estaba poniendo orden en el caos, aunque fuera por su propio beneficio.

—Es un trato justo, papá —dije con voz firme. Todos en la sala se giraron hacia mí—. Estás en la quiebra. Sin el capital de Dante, esta empresa cerrará mañana y mil familias se quedarán en la calle. Firma el papel.

1
Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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