La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 09
Helios extendió su mano abierta en medio de la mesa. Una pequeña esfera de luz dorada, pura y vibrante, comenzó a flotar sobre su palma. No era el fuego azul y corrupto de los hechiceros del Canciller; era la esencia misma del sol, cálida pero capaz de reducir el acero a vapor.
—Sus hechiceros juegan con sombras —dijo Helios, su voz vibrando con un poder antiguo—. Yo soy el sol. Puedo proteger vuestras flotas con una bruma que los radares mágicos no detectarán, o puedo convertir sus galeras en cenizas antes de que disparen una sola flecha. Pero para eso, necesito que el comercio de Solis se detenga... para todos menos para mí.
Thorne, el mercader de especias, acarició su barba.
—Quieres que provoquemos una hambruna en el palacio. Un bloqueo interno.
—Quiero que Valerius se dé cuenta de que el trono no vale nada si no hay pan en la mesa de sus nobles —confirmó Helios—. Si cortáis el suministro de grano y vino de lujo, el Consejo empezará a cuestionar su lealtad al Canciller. La economía es una herramienta de guerra más eficaz que mil espadas, y vosotros sois los que empuñáis esa herramienta.
Kaelen golpeó la mesa con el puño, pero esta vez fue un gesto de asentimiento.
—Es arriesgado. Si fallas, colgaremos todos de las grúas del puerto.
—Si no lo hacéis, moriréis de hambre de todas formas, o bajo el látigo de un hombre que os desprecia —dijo Helios, levantándose. Su presencia llenaba la habitación, una mezcla de realeza recuperada y la brutalidad del exilio—. Elegid. ¿Queréis ser siervos de un tirano que os desangra, o socios de un rey que os hará los hombres más ricos del continente?
Hubo una pausa eterna. Finalmente, Kaelen extendió su mano, una mano llena de callos y cicatrices.
—Por el oro y por la libertad de los mares —dijo el capitán.
Helios estrechó su mano. Sintió una descarga de energía, un vínculo estratégico que sellaba su primera gran victoria. Uno a uno, los otros dos capitanes hicieron lo mismo.
—Mañana —instruyó Helios—, vuestros barcos "retrasarán" su entrada. Decid que hay tormentas en el estrecho. Que el sol se ha vuelto caprichoso. Empezad a almacenar el grano en los almacenes ocultos que Mirea os indicará.
Cuando Helios y Caius salieron de la taberna, la noche de Solis se sentía diferente. El aire estaba cargado de una electricidad nueva.
—Ha sido magistral, mi señor —dijo Caius, visiblemente impresionado—. No sabía que habías aprendido tanto sobre finanzas en el exilio.
—En las caravanas de mercenarios se aprende que un hombre lucha mejor por una moneda que por una bandera —respondió Helios, aunque su mente estaba en otro lugar.
Pensaba en Mirea. Sus pistas habían sido exactas. Ella le había entregado la llave de los muelles en una bandeja de plata, pero el precio... el precio de su lealtad seguía siendo un misterio. Recordó el roce de sus dedos en su mejilla, la calidez de su aliento y la forma en que su perfume parecía haberse quedado impregnado en sus ropas.
—Caius, regresa al refugio —ordenó Helios de repente—. Tengo asuntos que atender.
—¿Otra vez con la cortesana? —Caius frunció el ceño—. Helios, esa mujer es peligrosa. Juega a mil bandas.
—Lo sé. Por eso es la única que puede seguirme el ritmo.
Helios no regresó a la Villa de las Sombras por la puerta principal. Utilizó los tejados, moviéndose con la agilidad de un gato, hasta llegar al balcón privado de Mirea. La encontró allí, observando el mar desde la altura, con una bata de seda carmesí que se abría con la brisa nocturna.
—Sabía que vendrías —dijo ella sin girarse—. Los capitanes son hombres sencillos cuando se les habla de dinero, ¿verdad?
Helios saltó al balcón, aterrizando sin hacer ruido. Se acercó a ella, quedando justo a su espalda. El calor de su cuerpo era una invitación y una advertencia a la vez.
—Me has dado los muelles, Mirea. ¿Por qué? Podrías haberle vendido esta información a Valerius por diez veces más de lo que yo puedo darte ahora.
Mirea se giró lentamente. Sus ojos verdes brillaban con una malicia juguetona y algo más profundo, una chispa de deseo que no intentó ocultar.
—Ya te lo dije, Helios. Valerius es aburrido. Él quiere poseer el mundo; tú quieres quemarlo y construir algo nuevo sobre las cenizas. Y a mí... a mí siempre me ha gustado el calor.
Ella puso una mano en el pecho de Helios, justo sobre el corazón, que latía con fuerza. Podía sentir el calor de su piel a través de la túnica. Helios la agarró por la cintura, atrayéndola bruscamente hacia él. No hubo delicadeza en el gesto, solo la urgencia de dos personas que vivían al borde del abismo.
—Eres una víbora —susurró él, su rostro a milímetros del suyo—. Pero eres la víbora que necesito.
—Y tú eres un león que ha olvidado lo que es tener una reina a su lado —respondió ella, pasando sus brazos por el cuello de Helios—. Aunque solo sea por una noche, aunque solo sea un contrato escrito en la piel.
Él la besó entonces, un beso que sabía a vino, a peligro y a una desesperación compartida. Fue un choque de voluntades más que una caricia. Mirea soltó un gemido que se perdió en la boca de Helios mientras lo arrastraba hacia el interior de su alcoba, lejos de las miradas de los espías y del frío de la noche.
En la oscuridad de la habitación, rodeados por el aroma del jazmín y el susurro de la seda, Helios se permitió olvidar por un momento la corona, la venganza y la sangre. Pero incluso mientras su piel se fundía con la de ella, una parte de su mente seguía alerta. Selene Serath estaba en camino. La guerra se acercaba. Y en el juego de tronos de Solis, el amor era la debilidad más costosa de todas.
Sin embargo, mientras sentía las uñas de Mirea enterrarse en su espalda, Helios decidió que, por esa noche, el precio valía la pena.