Alguna vez as imaginado que pasaria si sales con tu mejor "amigo? soy Lixy Soledo y vivo con mi mejor amigo mejor dicho él vive conmigo! Damon Falcó el chico que cualquier chica quiere al lado, guapo y carismático pero es mi mejor amigo, y ahí una regla! y la regia es! No salimos con amigos!
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capítulo 24
La nueva casa en las afueras de Houston era espectacular, pero para Lixy, en su octava semana de embarazo, se había convertido en un campo de minas sensorial. Lo que antes era un hogar lleno de promesas, ahora era un laberinto de olores ofensivos, luces demasiado brillantes y una gravedad que parecía haberse multiplicado por diez.
Eran las seis de la mañana cuando el primer asalto comenzó. Lixy no necesitó despertador; su propio cuerpo le dio la señal de alarma. Se incorporó de golpe, apartando las sábanas de seda con una urgencia desesperada.
—¿Lix? —murmuró Damon, cuya alerta interna estaba configurada para reaccionar ante cualquier movimiento de ella.
No hubo respuesta. Solo el sonido de unos pasos apresurados hacia el baño principal y, segundos después, el eco inconfundible de alguien que estaba peleando una batalla perdida contra su propio estómago. Damon se levantó de inmediato, con el rostro marcado por la preocupación, y entró al baño. Encontró a Lixy de rodillas, con el cabello desordenado y el rostro pálido.
—Shh, tranquila, gata... ya pasó —susurró él, arrodillándose a su lado y recogiéndole el cabello con una mano mientras con la otra le acariciaba la espalda con una suavidad que nadie en el bar creería que Damon Falcó poseía.
Lixy se apoyó contra la pared del baño, cerrando los ojos.
—Te odio, Damon —susurró ella con la voz quebrada—. Te odio a ti, odio a Houston, y odio especialmente el olor de ese jabón de sándalo que tanto te gusta. ¡Llévatelo! ¡Tíralo por la ventana!
Damon arqueó una ceja, pero no discutió. En las últimas dos semanas había aprendido que la lógica no tenía cabida en el primer trimestre de un embarazo múltiple.
—Está bien, lo tiraré. Iré por un poco de agua y unas galletas saladas. El médico dijo que ayudan.
—¡No quiero galletas! —gritó ella, para luego bajar el tono con un sollozo—. Bueno, sí quiero... pero tráeme también una toalla fría. Siento que la cabeza me va a explotar.
Una hora después, la situación no había mejorado mucho. Damon había logrado que Lixy se instalara en el sofá de la sala, rodeada de cojines. Él, decidido a ser el esposo perfecto, se puso un delantal (una imagen que Lizbeth grabaría para la posteridad si lo viera) y comenzó a preparar el desayuno.
El aroma del tocino crujiente empezó a flotar por el pasillo. Para Damon, era el olor de la gloria; para Lixy, era una declaración de guerra.
—¡Damon Falcó! —el grito llegó desde la sala—. ¡Si no apagas esa estufa ahora mismo, me mudo de vuelta a mi departamento y pido el divorcio express!
Damon apagó el fuego de inmediato, bufando.
—¡Es tocino, Lixy! ¡Ayer dijiste que querías algo salado!
—¡Ayer no era hoy! —respondió ella, apareciendo en el arco de la cocina tapándose la nariz con una servilleta—. Hoy el tocino huele a... a neumático quemado. No puedo, de verdad.
Se sentó en la banqueta de la cocina, luciendo pequeña y vulnerable bajo una de las camisas de dormir de Damon que le quedaba gigante. De repente, su expresión cambió. El asco desapareció y fue reemplazado por una mirada de anhelo profundo.
—Damon...
—Dime —respondió él, con cautela, esperando el próximo ataque.
—Quiero mangos. Pero no cualquier mango. Quiero esos que venden en el puesto de la esquina cerca del bar, con mucho limón, sal y esa salsa picante que me hace estornudar.
Damon miró el reloj. Eran las siete y media de la mañana.
—Gata, el puesto abre a las diez. Y estamos a treinta minutos del bar.
Lixy empezó a hacer un puchero, y sus ojos se llenaron de lágrimas en cuestión de segundos. La sensibilidad estaba a flor de piel.
—Es que los bebés tienen hambre de mango... los cuatro. ¿Vas a dejar que tus hijos sufran por un poco de fruta? Eres un monstruo de corazón de piedra.
Damon suspiró, derrotado por las lágrimas de su "gata mañosa".
—No soy un monstruo. Iré a buscar tus malditos mangos. Pero prométeme que no vomitarás el primer bocado.
—Lo intentaré —prometió ella con una sonrisa angelical, secándose las lágrimas como si nunca hubieran existido.
Mientras Damon estaba en su misión de rescate frutal, Lizbeth llegó a la casa con una bolsa llena de jengibre y té de menta.
—¿Cómo va la futura fábrica de humanos? —preguntó Lizbeth, entrando con su propia llave.
Lixy estaba tumbada en el sofá, mirando un catálogo de muebles para bebés con una expresión de agonía.
—Me duele todo, Liz. Siento que mi cuerpo ya no me pertenece. Y Damon... pobre Damon, lo tengo como un esclavo.
—Se lo merece por la puntería que tuvo —rio Lizbeth, sentándose a su lado—. Pero cuéntame, ¿has tenido mareos?
—¿Mareos? Siento que vivo en un barco en medio de un huracán. Si me levanto muy rápido, Houston da vueltas. Y los olores... ¡Dios mío! Puedo oler el perfume de la vecina de tres casas más allá. Es una maldición.
En ese momento, el teléfono de Lixy vibró. Era un mensaje de Raphael.
💬 *Raphael: Cuñada, dice Damon que si no dejas de pedir cosas raras por mensaje, va a empezar a cobrarte comisión en el bar. ¿En serio quieres pepinillos con chocolate?*
Lixy sonrió con malicia y empezó a teclear.
💬 *Lixy: Dile que si no los trae, le diré a Lizbeth que le cuente a todo el bar lo que pasó en su oficina la noche que "él no quería hijos".*
Lizbeth soltó una carcajada al leer el mensaje por encima del hombro de su hermana.
—Estás aprovechando tu estado para torturarlo, ¿verdad?
—Un poco —admitió Lixy—. Pero es que de verdad tengo ganas de esa combinación. Es como si mi cerebro hubiera perdido el sentido del gusto normal.
Damon volvió dos horas después, cargando bolsas con mangos, pepinillos, tres tipos de chocolate distintos y, por si acaso, una hamburguesa que olía a gloria (y que, milagrosamente, a Lixy no le dio asco).
—Aquí tienes, gata. Tu banquete de locos —dijo Damon, dejando las cosas en la mesa.
Lixy se lanzó sobre los mangos con un entusiasmo aterrador. Damon se quedó observándola, apoyado en la encimera, con una mezcla de cansancio y adoración.
—¿Mejor? —preguntó él.
—Mucho mejor —respondió ella con la boca llena de mango y chile—. Eres el mejor esposo de papel del mundo, Damon Falcó.
Él se acercó y le acarició la mejilla, quitándole una gota de salsa picante.
—Ya no somos de papel, Lixy. Esto es real. Los mareos, los ascos, la casa nueva... todo es real.
Lixy dejó el tenedor y lo miró con los ojos brillantes, esta vez de pura emoción. Se levantó con cuidado, evitando que Houston empezara a girar de nuevo, y lo abrazó por la cintura, hundiendo su rostro en su pecho.
—A veces me asusta —susurró ella—. Cuatro bebés, Damon... ¿Y si no podemos?
Damon la estrechó con fuerza, besando su frente.
—Podremos. Aunque tenga que comprar una fábrica de mangos y contratar a diez niñeras. Tú solo preocúpate por estar bien. Yo me encargo del resto.
Lixy sonrió, sintiéndose protegida en el refugio de sus brazos. La montaña rusa apenas estaba empezando, y aunque sabía que vendrían más mañanas frente al inodoro y más antojos imposibles a medianoche, no cambiaría ese caos por nada en el mundo. Al menos, mientras Damon estuviera allí para traerle sus pepinillos con chocolate sin cuestionar su cordura.
Lixy...qué fue eso ???....celos !!...no qué no ? /Slight//Chuckle//Chuckle//Proud/