Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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Atardecer en la cima
Bernardo, con paciencia, guió a Carlos por el tratamiento que debía seguir con respecto al rechazo de la marca.
No fue fácil. Hubo días en que Carlos quería rendirse. Días en que el dolor volvía más fuerte, como si su cuerpo recordara lo que su mente quería olvidar. Días en que lloraba sin saber por qué.
Pero Bernardo estaba allí.
—No se apresure —le decía, mientras revisaba sus signos vitales—. Sanar lleva tiempo. Y usted tiene todo el tiempo del mundo.
Fueron días de trabajo arduo. Carlos no se dejó vencer. Aprendió a convivir con el dolor. A reconocer sus límites. A pedir ayuda cuando la necesitaba.
Poco a poco, con paso firme, avanzó en su tratamiento.
Ya podía ir unos días a su casa y volver por días a la clínica para la rehabilitación. La casa —esa casa colonial que había sido de sus padres— comenzó a transformarse. Carlos limpiaba habitación por habitación. Quitaba las sábanas blancas de los muebles. Abría las ventanas para que entrara el sol.
A veces encontraba recuerdos felices. Una foto de sus padres en la playa. El primer zapato que usó de bebé. Una carta de su abuela escrita a mano.
Otras veces, los recuerdos eran dolorosos. La silla donde su madre le leía cuentos. El rincón del jardín donde su padre le enseñó a plantar flores. El eco de las risas que ya no volverían.
Pero Carlos no huyó de ellos. Los enfrentó. Los lloró. Los dejó ir.
Y comenzó a pensar: ¿qué hacer ahora con su vida? ¿Cómo llevar a cabo su sueño?
Necesitaba hablar con el abogado.
El señor Guillermo, el abogado de su abuela.
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Estando en la clínica, mientras hablaba con el doctor Bernardo, Carlos le contó de su deseo de aprender todo lo relacionado con la preparación de cuerpos. La tanatopraxia. El maquillaje funerario. El respeto por los muertos.
—Quiero tener mi propia funeraria —dijo, con los ojos brillantes—. En la casa de mis padres. Bonita. Con flores y música. Para que la gente pueda despedirse con cariño.
Bernardo solo escuchó con atención. No interrumpió. No juzgó. Al finalizar, cuando Carlos se quedó en silencio, el médico sonrió.
—Tengo contactos —dijo—. Personas que pueden enseñarle. Y tengo un espacio en mi clínica que no uso. Podría ser su primera sala de trabajo.
Carlos sintió cómo las lágrimas le llenaban los ojos.
—¿Por qué me ayuda tanto?
—Porque alguien me ayudó a mí una vez —respondió Bernardo, con una voz que se quebró apenas—. Y porque usted se lo merece, Carlos. Usted se merece una segunda oportunidad.
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Poco a poco, el señor Bernardo integró a Carlos a su familia.
Su hija, la doctora Valentina (te propongo ese nombre, panita), también era médico. Se especializaba en desórdenes de feromonas. Un campo tan específico que casi nadie lo estudiaba.
—Papá me habló de usted —le dijo Valentina el primer día que lo visitó en la clínica. Tenía los mismos ojos claros que su padre, la misma sonrisa paciente—. Voy a ayudarlo con el tratamiento de su marca. Pero quiero que sepa algo: usted no está roto. Solo necesita tiempo.
Carlos no supo qué responder. Nadie le había dicho algo así.
Valentina se convirtió en una aliada. Le ajustó la medicación. Le enseñó ejercicios para recuperar la sensibilidad de su olfato. Lo escuchó cuando necesitaba hablar.
Bernardo, por su parte, lo llevaba consigo a las parrilladas familiares. Los domingos en el jardín de su casa. La esposa de Bernardo —una mujer de sonrisa amplia y brazos abiertos— siempre le preparaba un plato extra.
—Siéntate aquí, Carlos —le decía, señalando la silla junto al fuego—. Come. Engorda. Estás muy flaco.
Los hijos de Bernardo, ya adultos, lo trataban como a un hermano menor. Le hacían bromas. Lo invitaban a jugar fútbol en el patio. Le preguntaban cómo iba su sueño de la funeraria.
Carlos, que había perdido a su familia, encontró una nueva.
No reemplazaba a la que se fue. Pero era suficiente.
Y poco a poco, comenzó a sanar.
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Uno de esos chicos revoltosos, hijos de Bernardo, era Gabriel.
El mismo Gabriel que ahora trabajaba en la funeraria. El que le preparaba el café cada mañana. El que lo acompañaba en los silencios. El que lo había visto derrumbarse y lo había ayudado a levantarse.
Por eso era tan incondicional con Carlos.
Por eso sabía toda su historia.
Su padre, Bernardo, se los había contado en una ocasión. Una noche de parrillada, cuando los hijos ya eran adultos y podían entender.
—Hay un chico —dijo Bernardo, con la voz más seria de lo habitual—. Se llama Carlos. Está pasando por un momento muy difícil. Necesita ayuda. Y yo se la voy a dar. Pero quiero que ustedes sepan quién es, de dónde viene, y por qué es importante para mí.
Les contó todo. La marca. El rechazo. La casa de Esteban. La abuela. El sueño de la funeraria.
—No es un paciente más —dijo Bernardo al final—. Es como un hijo para mí. Así que quiero que lo traten como a un hermano.
Y sus hijos así lo hicieron.
Valentina lo cuidaba en la clínica. Los otros hermanos lo invitaban a las comidas. Y Gabriel...
Gabriel fue el que más se acercó.
Tal vez porque era el menor. Tal vez porque tenía un corazón demasiado grande. Tal vez porque, al ver a Carlos tan solo, se vio a sí mismo en él.
—No te preocupes —le dijo Gabriel una tarde, mientras lo acompañaba a la casa después de una sesión de rehabilitación—. Yo voy a estar aquí. Siempre.
Carlos lo miró. Era solo un adolescente entonces. Pelo rizado. Sonrisa fácil. Una energía que no se agotaba nunca.
—¿Por qué? —preguntó Carlos—. No te debo nada.
—No importa —respondió Gabriel, encogiéndose de hombros—. Eres familia.
Y Carlos, que había perdido a su familia, sintió que algo se cosía en su pecho. Algo que creía roto para siempre.
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El más que nadie quería la felicidad de Carlos. Lo sentía como su hermanito.
A pesar de que Carlos era mayor que él, todos en la familia Bernardo lo querían proteger.
Gabriel fue el primero en ofrecerse a trabajar con él cuando Carlos decidió abrir la funeraria.
—Necesitas ayuda —dijo Gabriel, con esa determinación suya que no admitía réplica—. Yo sé hacer cuentas. Yo sé atender gente. Yo sé estar en silencio cuando toca. Déjame ayudarte.
—No puedo pagarte mucho —respondió Carlos, con la voz entrecortada.
—No me importa.
—Es mucho trabajo.
—No me importa.
—Gabriel...
—Carlos —lo interrumpió, mirándolo fijamente—. Eres mi hermano. Aunque no tengamos la misma sangre. Y a mi hermano no lo dejo solo. Punto.
Carlos no supo qué responder.
Solo lo abrazó.
Y lloró.
Lágrimas de gratitud. De alivio. De esperanza.
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Y así, Gabriel se convirtió en su sombra.
En su auxiliar. En su confidente. En su familia.
Por eso sabía cuándo Carlos estaba mal antes de que él lo dijera. Por eso lo llamó a escondidas para que Darío viniera con el postre. Por eso lo cuidaba como si fuera de cristal.
Porque Gabriel sabía.
Sabía todo lo que Carlos había sufrido. Sabía lo que le costaba estar de pie cada día. Sabía que, por más fuerte que aparentara, por dentro seguía siendo ese chico asustado que había llegado a la clínica de su padre, tiritando en el suelo de una casa vacía.
Y no iba a permitir que nadie le hiciera daño otra vez.
Ni Esteban.
Ni nadie.