Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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Nuestro tiempo en convivencia.
POV IAN
Cada noche las pesadillas me arrancan el sueño, revivo una y otra vez ese brutal ataque a traición, esos golpes que casi me llevan a la muerte. Me despierto jadeando, con el cuerpo bañado en sudor frío y una punzada que se abre en la cicatriz de mi cabeza como una herida recién abierta.
No tengo ni idea de quién fui antes... pero gracias a ese sueño que se repite como un cántaro roto, sé que no debí de ser un ángel caído del cielo. Tal vez trabajaba para alguna banda, era el hombre de confianza que traficaba mercancía peligrosa. Y mi ataque solo pudo tener dos causas, o traicioné a mi jefe y me descubrieron... o alguien intentó robarme el cargamento. Cualquiera de las dos opciones me condena, en ese mundo oscuro que apenas alcanzo a vislumbrar, la traición no se perdona... y perder un pedido tampoco tiene perdón.
Y aunque lo sé, aunque la paranoia me acosa cada vez que cruzo una calle desierta, no puedo ni quiero alejarme de Carla. Ella fue la única persona en este mundo que me tendió una mano cuando estaba tendido en la acera, moribundo de frío y hambre. Ella me demostró que en esta vida tan cruel, todavía existen almas buenas dispuestas a ayudar sin esperar nada a cambio. Solo trato de andar con pies de plomo, siempre atento, la cabeza bien puesta, los ojos abiertos a cualquier sombra sospechosa. Pero de alguna forma, a su lado me siento a salvo... hasta ahora solo ha aparecido ese viejo pervertido que la molestaba.
Después de lo que le hice pasar esa noche, dudo mucho que se atreva a acercarse a nadie más. Pero si alguna vez vuelve a cruzarse el mi camino... pues me tocará doblar algo que no se dobla, o quebrar uno que otro hueso para que entienda la lección.
A veces estos pensamientos me toman por sorpresa, como un golpe en el estómago, reforzando mi teoría de que antes no era un santo. Es como si llevara dentro un instinto asesino, dormido pero listo para despertar con el más mínimo descuido.
Una vez que la dejo en su trabajo, me dirijo al mío, una pequeña tienda de muebles de madera, donde me quedo en el fondo del depósito, alejado de todo el mundo, fabricando mesas, sillas y estanterías con mis propias manos. Me gusta estar ahí, nadie me mira, nadie me pregunta nada, y puedo dejar volar mi mente mientras trabajo la madera.
Además, disfruto más de lo que jamás imaginé. Me llena de orgullo poder ayudarla con algo de dinero; aunque mi sueldo no es mucho, verla sonreír cuando le doy mi aporte para las cuentas me hace sentir más rico que un rey.
- Amigo, ¿quieres un café? _ El toque en mi hombro me pone alerta en un instante.
Mi cuerpo se tensa como un arco, las manos se cierran en puños antes de que mi mente pueda reaccionar. Me quito los auriculares a toda prisa, tratando de disimular mi reacción.
- Gracias, compañero – digo tomando la taza de café caliente, sintiendo cómo el calor calma un poco mi nerviosismo.
- Sabes... hay veces en que siento que me vas a romper la cara cuando te toco – confiesa con una sonrisa un poco avergonzada – Pero no me queda más remedio, con todo el ruido de las sierras y las herramientas aquí dentro...
¿Cómo puedo negarle la razón? Cada vez que alguien me toca por detrás, mi cuerpo reacciona como si fuera el ataque que me quitó la memoria. Algún día mi reflejo va a ganar la batalla antes que mi cabeza, y no quiero pensar en lo que podría pasar.
- Perdóname... suelo tener la cabeza en las nubes, y siempre me sorprendes – me disculpo con sinceridad, tratando de mantener el ambiente agradable entre todos los trabajadores.
- ¿Qué te parece si de ahora en más golpeo ligeramente la madera para llamarte la atención? – propone con nerviosismo, y en sus ojos veo el miedo que mi reacción le produce. Es entendible.
- Me parece una excelente idea. Gracias, compañero.
Después de tomar un par de sorbos de café caliente, vuelvo a mi puesto. Tengo que terminar el armario que estoy haciendo antes de la hora de salida de Carla. Porque aunque su jefe no esté por ahí, no me fío de nadie cuando se trata de ella, de mi salvadora.
Las horas pasan volando mientras trabajo la madera, y por fin suena la señal de salida.
- ¿Vas a buscar a tu chica nuevamente, Ian? – me pregunta el jefe mientras me entrega el cheque de la semana.
- No somos pareja... pero sí, voy por ella – confieso guardando el papel con mucho cuidado en el bolsillo de mi chaqueta – No puedo estar tranquilo dejándola sola en la calle a esta hora, con este frío que está haciendo.
- Llévate la camioneta hoy, muchacho. Está nevando a cantaros fuera.
- Muchísimas gracias, jefe. Usted es el mejor. _ declaro estrechando su mano.
- Ja ja ja! Compra algo rico para ella, así la conquistarás de una vez – declara entre risas, y sus palabras me ponen los oídos rojos de vergüenza – Se nota a leguas que aunque dicen que no son nada, tus ojos brillan como estrellas cuando hablas de ella.
Sus palabras me dejan helado en el lugar. ¿De verdad soy tan obvio cuando hablo de Carla? Bueno... es cierto que ella es hermosa, amable, alegre, de un corazón tan grande que cabe en todo el mundo. Pero siempre creí que mis sentimientos eran solo de agradecimiento profundo... ¿o acaso es algo más?
Sacudiendo esas dudas de mi mente, me pongo en marcha, manteniendo la vista fija en el reloj, recuerdo que dijo que hoy saldría tarde. Aprovecho el tiempo para pasar por su restaurante favorito y comprar algo de cenar, siguiendo el consejo de mi jefe.
Lo menos que puedo hacer es devolverle un poquito de todo lo que ella ha hecho por mí.
Me paro afuera de su oficina, esperando con paciencia en la camioneta, hasta que la veo salir por la puerta principal, está temblando de frío, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a ambos lados buscándome preocupada.
- ¡CARLA! ¡AQUÍ ESTOY! – grito desde la ventanilla, moviendo mi mano para llamarle la atención. Ella levanta la cabeza, sus ojos se iluminan y corre a mi encuentro.
- ¡IAN! ¡Otra vez tu jefe te prestó la camioneta! Qué bueno... hoy sí que hace un frío que pela la carne.
- Ya ves, soy alguien confiable – declaro con orgullo, y mi frase provoca una sonrisa en sus labios que me hace sentir como si el sol entrara directamente en mi pecho.
No puedo evitarlo, la abrazo con fuerza, llevándola cerca de mi cuerpo para compartirle mi calor.
- Estás helada hasta los huesos – susurro despacio, sintiendo cómo su cuerpo se tensa por un instante antes de relajarse en mis brazos.
- Eh... ah sí... ¡qué bien huele la comida! – dice un poco nerviosa, alejándose de mí despacio, y sus mejillas están tan rojas que no sé si es por el frío o por mi contacto tan descarado.
Ja ja ja... me encanta verla así, tan natural, tan sincera. Esa sonrisa tímida vale más que todo el oro del mundo. Sin dudas yo no se quien era antes de conocerla a ella, pero algo bueno debí de haber hecho para que el cielo me premiará permitiendome conocerla.