En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 06
En las profundidades de un bosque encantado, donde los árboles cantaban melodías antiguas, encontró a Coralia, una ninfa cuya sabiduría era tan profunda como el mar.
El ritual en la fortaleza Manticore no había sido el final, sino un prólogo confuso. El espejo solo le había mostrado imágenes de agua y raíces, y un nombre que resonaba como un canto: *Coralia*. Siguiendo esa pista, y con la insistencia de Mason, se habían adentrado en el Bosque de los Lamentos, un lugar donde el tiempo parecía estirarse como el chicle.
Aquí, las hojas de los árboles no eran verdes, sino de un plateado iridiscente, y en lugar de viento, se escuchaba un murmullo constante de voces femeninas entonando una balada sin fin. Era un lugar hermoso, pero cargado de una melancolía que amenazaba con ahogar el corazón de Astrid.
—No te dejes llevar por el canto —advirtió Mason, caminando con las manos tras la espalda como si estuviera en un jardín real—. Si te pierdes en la melodía, tu alma se convertirá en parte del coro, y no habrá reencarnación que te salve de ser un árbol para siempre.
Astrid se tapó los oídos, concentrándose en el ritmo de su propia respiración. Finalmente, llegaron a un estanque cuya agua era tan clara que parecía inexistente. En el centro, flotando sobre una hoja de loto gigante, estaba Coralia.
A diferencia de Nova, Coralia era imponente. Su piel parecía hecha de coral blanco y su cabello fluía como agua en una cascada interminable. Al abrir sus ojos, Astrid sintió que estaba mirando el fondo del océano.
—Has llegado, pequeña extra —dijo Coralia, y su voz no salió de su boca, sino que vibró directamente en los huesos de Astrid—. Y traes contigo al Demonio de la Sequía. Una combinación curiosa.
Mason hizo una reverencia burlona. —Coralia. Sigues tan encantadora y críptica como siempre.
—Ahorra tus palabras, Dryad. Sé por qué están aquí. Astrid busca saber por qué su alma no encuentra descanso.
Coralia se deslizó sobre el agua hacia la orilla, sus movimientos eran fluidos y gráciles. Se detuvo frente a Astrid y puso una mano húmeda sobre su frente. De repente, Astrid fue asaltada por visiones: vio a Mason en una era de oscuridad, luchando contra dioses antiguos; se vio a sí misma en su vida anterior, pero no como una princesa, sino como una guardiana de un sello que ella misma había olvidado.
—La traición de tu hermano no fue un accidente, Astrid —susurró Coralia—. Él fue manipulado por la misma sombra que ahora maneja a Balin. Querían enviarte aquí, pero no contaban con que Mason Dryad estaría esperándote en la puerta.
Astrid abrió los ojos, jadeando. El dolor de la visión fue intenso, una mezcla de traición pasada y responsabilidad presente.
—¿Por qué él me esperaba? —preguntó, mirando a Mason con sospecha renovada.
Mason guardó silencio, su rostro sumido en las sombras de los árboles plateados. Coralia soltó una risita cristalina.
—Porque vuestras almas fueron forjadas en el mismo fuego primordial. Hace milenios, hicieron un pacto: uno protegería la luz del otro en caso de que el mundo se oscureciera. Mason no está aquí por aburrimiento, aunque así quiera creerlo su orgullo. Está aquí porque su esencia está ligada a la tuya por una cadena de oro y sombras.
Astrid sintió un vuelco en el corazón. Miró a Mason, buscando negar lo que la ninfa decía, pero la intensidad en la mirada del demonio le dijo todo lo que necesitaba saber. No era una coincidencia. Su reencarnación no era un error del sistema cósmico. Era un plan de contingencia.
—Entonces... mi poder... —empezó Astrid.
—Tu poder es la chispa, y el de Mason es el escudo —concluyó Coralia—. Pero ten cuidado. Balin no quiere solo matarte. Quiere absorber ese legado compartido para convertirse en un dios de la nada. Si quieres sobrevivir, debes despertar el "Ojo del Kraken", el único poder capaz de purificar la oscuridad de los Gnolls.
Astrid se sintió abrumada. Ya no era solo una chica tratando de sobrevivir; era la mitad de una leyenda antigua, ligada a un demonio que, a pesar de su arrogancia, era lo único que la mantenía con vida. La vulnerabilidad de su situación la hizo temblar, pero también sintió una extraña calidez al saber que, en toda la inmensidad de este universo desconocido, no estaba realmente sola.
La ninfa le reveló que el poder que la protegía no era solo suyo, sino un legado compartido con Mason Dryad.