La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 7
—No me digas que fue ese estúpido de Aiden —dijo Daysi, interrogando a Emma con los brazos cruzados en señal de desaprobación.
—Por favor, no le digas así. Nunca he entendido el odio que le tienes. Él es mi novio, Daysi, y no quiero comenzar una pelea por esto. No lo amerita.
—Emma, ¿cuándo vas a abrir los ojos? Ese tipo te está engañando, y no sé si es que te haces la ciega o si en serio no lo ves.
—¿Cómo me va a estar engañando? Mejor dejemos esto y vámonos a dormir, por favor. Estoy cansada.
—Pues no lo parecía cuando estabas bajando a toda prisa las escaleras, casi te caes —dijo Daysi, dándose la vuelta para caminar hacia la habitación—. Pero bueno, bien dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Emma sintió una espina en su corazón. Lo que había dicho Daysi seguía resonando en su mente. Sin embargo, no era posible, se repetía a sí misma. Aiden era su novio, el amor de su vida, y jamás sería capaz de hacerle algo así. Con ese pensamiento, se dirigió a su habitación, empujó a Daysi para hacerse un espacio en la cama y luego se adentró en ella hasta quedarse dormida.
La mañana no perdonó la noche y trajo consigo los rayos del sol que traspasaban la ventana y alumbraban la cama. El sonido de la alarma sonó, pero despertó a Daysi y no a Emma, quien siempre era inmune al sonido. Daysi, cansada de escuchar la alarma, le dio una patada a Emma, que la hizo caer de la cama.
Ya en el suelo y adolorida, Emma se levantó y apagó la alarma, queriendo volver a la cama. Sin embargo, Daysi ya se había adueñado de ella, por lo que tomó la toalla guindada en una de las sillas y se dirigió al baño a tomar una ducha de agua fría que la despertaría por completo.
Cuando salió del baño, se fue a su armario y sacó una camisa de rayas verdes y un pantalón naranja. Justo cuando estaba a punto de ponérselos, Daysi le dio otra patada, quitándole la ropa de las manos.
—¿Es que estás loca? ¿Cómo te vas a poner eso? No por nada fuimos a comprar ropa ayer, Emma. Dios mío, es tan temprano y ya me estás sacando canas verdes, como esta camisa tan horrible. Te prometo que un día le prenderé fuego a tu guardarropa.
—Se me había olvidado. Es que, algunas veces, entro en modo automático, inconscientemente.
—Ven, siéntate, te voy a maquillar —dijo Daysi, tomando una silla para que Emma se acomodara. Cuando abrió la gaveta de la cómoda de Emma, literalmente solo había un bálsamo de labios—. Emma, ¿soy adoptada, verdad?
—¿Por qué lo dices?
—No entiendo por qué tú y yo somos tan distintas. Solo mira, no tienes nada. Te robaré la tarjeta de crédito para comprarte maquillaje. Tienes que empezar a maquillarte. La presentación está en todo lo que usas y utilizas.
Daysi seguía dándole lecciones a Emma, quien no entendía nada, y parecía que tampoco le interesaba. Daysi empezó a maquillarla, decidida a dejarla radiante para el día de hoy, y vaya que lo logró. Cuando terminó, ordenó a Emma que se mirara en el espejo, y ella apenas pudo reconocerse. Lucía totalmente diferente. Luego, Daysi le pasó el vestido color vino que había comprado el día anterior, y cuando se lo puso, Emma se veía realmente radiante. Sabiendo que su hermana no sabía nada de moda, Daysi ya había previsto traer unos tacones que combinaran con su look.
—Toma, ponte estos tacones —le dijo Daysi, pasándole unos zapatos negros cerrados en la parte delantera y abiertos en la trasera, con una altura de diez centímetros. Eran espectaculares y encajaban perfectamente con el vestido.
Para Emma, sin embargo, los tacones eran su peor enemigo, algo tedioso y difícil de soportar. Pero sabía que, si su hermana lo decía, probablemente tendría razón, así que optó por ponérselos. Daysi le pasó unas joyas acordes con su atuendo: un collar color champán y unos aretes a juego. Finalmente, le dio un accesorio indispensable: un bolso de marca que resaltaba el negro de los tacones y el color champán de las joyas.
Cuando ya estaba lista, Emma le agradeció a Daysi, reconociendo el gran trabajo que había hecho.
—Gracias, Daysi, por siempre ser tan especial conmigo.
—Ni lo digas, Emma. Pero creo que ya deberías irte, ya se te hace tarde.
—Gracias. Salúdame a mamá y a papá, diles que llegaré el fin de semana a la casa.
—Claro. ¡Ve y sorpréndelos!
Emma salió apresurada, tomó el ascensor del edificio y bajó. Al estar fuera, notó que varias personas la miraban con deseo, algo que nunca había experimentado antes. Tomó un taxi, ya que no quería sudar caminando, y le pidió al conductor que la llevara a la empresa, que quedaba a unas cuatro cuadras. En un par de minutos llegó. Emma bajó y vio cómo robaba miradas de sus colegas, quienes parecían no reconocerla.
Se fue adentrando en el edificio mientras escuchaba los murmullos de todos a su alrededor. Se sentía abrumada al ser el centro de atención. A lo lejos, vio a Nicole y corrió hacia ella, tocándole el hombro.
—Nicole, qué bueno que te encuentro.
Nicole se volteó y se quedó mirando a Emma durante un par de minutos, sin saber quién era. Sin embargo, no pudo evitar notar la belleza de la mujer que tenía enfrente.
—Disculpe, señorita, creo que se confundió —dijo Nicole, un poco extrañada, aunque dentro de ella sentía una espina, como si ya conociera a la persona que tenía delante.
—Vamos, Nicole, no estoy para chistes. Espero no estar llegando tarde —dijo Emma, mirando su reloj.
—Esa horrible voz yo la conozco —dijo Nicole, comenzando a reconocerla—. ¿Emma? ¿Eres tú?
—Vaya, no sabía que mi voz era horrible. Sí, soy yo. ¿Me veo rara, verdad?
—¡Qué te hiciste! ¡Estás hermosa! —exclamó Nicole, tomando a Emma del brazo—. No me digas que te metiste con un viejito millonario.
—Ay, quita. Jamás sería capaz.
—Pero ya en serio, ¿por qué estás así? No digo que se te vea mal, estás hermosa.
—No puedo decírtelo ahora, pero ya te lo diré. No te preocupes. — Dijo sabiendo lo chismosa que podía llegar a ser Nicole.