Primer libro. Saga Destino.
Ariana, una joven que, debido a las circunstancias de la vida, sufre una pérdida imborrable.
Esto se convierte en su tormento y decide vengarse de lo ocurrido.
En medio de todo esto, se embarca en una travesía en alta mar, donde tendrá la oportunidad de encontrar el amor, ese sentimiento que puede ayudarla a dejar atrás su pasado.
Sin embargo, ella lucha contra esto y no quiere rendirse hasta lograr su objetivo: vengarse de quienes le han causado tanto daño, aunque eso también la destruya.
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Capítulo VII — Descubrimiento.
Ariana del Cassal.
El Capitán, con un gesto autoritario, dio instrucciones a uno de sus hombres para que se acercara al grupo y asistiera a los demás en la tarea de bajar las cajas.
Por la manera en que manejaban las cajas y la atención que les dedicaban, era evidente que su contenido era frágil y requería un trato cuidadoso.
Una vez que lograron bajar las cajas, las colocaron en frente de un grupo de hombres, formando un total de cinco cajas de tamaño considerable, que destacaban por su peso y la importancia que parecía tener su contenido.
El Capitán dio un paso al frente, adoptando una postura que denotaba confianza y liderazgo, y comenzó a hablar con voz firme y clara.
—Sean bienvenidos —dijo, dedicando una cálida bienvenida a los presentes mientras se acercaba a ellos para estrechar sus manos en señal de respeto y camaradería.
— ¡Capitán Strauss, es un placer volver a verlo por aquí! ¿Qué novedades trae? — preguntó uno de los hombres que estaba presente.
Tenía el cabello negro, era alto, de piel clara y sus ojos también eran oscuros.
El Capitán entonces se acercó y abrió una de las enormes cajas de madera que se encontraban en el suelo.
Mi sorpresa fue notable al ver lo que había dentro: Una gran cantidad de armas de diferentes calibres, tanto de alto como de bajo calibre.
La visión de esas armas generó una oleada de sentimientos encontrados en mí.
¿En qué te has involucrado, Alan?
Mientras intentaba salir del lugar, Simon me vio y rápidamente se interpuso en mi camino, deteniéndome con un gesto firme y decidido.
— Ariana, ¿puedes decirme qué estás haciendo aquí en lugar de estar en el puente de mando? — Me liberé de su agarre y lo empujé ligeramente para poder pasar. — ¿Te das cuenta de lo que haces? Podrían vernos y, si eso sucede, estaríamos en graves problemas.
— ¿Qué estoy haciendo? Es fácil, estoy tratando de bajarme de este maldito barco, porque no voy a quedarme en un lugar así, y mucho menos después de haber visto eso. ¡Por Dios, están traficando armas! No lo puedo creer — grité, con la voz agitada.
Simón me cubrió la boca con su mano, impidiendo que pudiera emitir sonido alguno.
— Baja la voz, Ariana, por favor. Alan dijo que hablaría contigo, ¿verdad? — Preguntó, a lo que asentí con la cabeza. — Bien, entonces espera a que él lo haga. Te explicará todo, te lo aseguro.
Después de pronunciar esas palabras, me soltó, pero no pensaba que eso iba a hacer que bajara la guardia.
Mi intención seguía siendo la misma; quería ir, quería saber qué estaba ocurriendo, y él no iba a detenerme.
— Sé lo que estás pensando — continuó, mirándome fijamente —. Si eso significa que vas a quedarte quieta, está bien, vamos. Pero ni se te ocurra hacer una tontería — me advirtió, con un tono serio.
— No voy a hacer nada, Simon, vamos.
Simon, aún un poco dudoso, asiente con la cabeza y seguimos avanzando para averiguar qué está ocurriendo.
Los hombres están inspeccionando las armas con atención; sus rostros indican que todo está bajo control.
Uno de los guardias se acerca al hombre de cabello oscuro y le susurra algo al oído.
Al escuchar sus palabras, él sonríe y dirige su mirada hacia el Capitán.
— Bueno, Capitán, como siempre, todo está en orden y en perfectas condiciones. De verdad, puedo decir que la inversión que mis socios y yo estamos realizando con usted es realmente excelente — comentó con un aire de satisfacción.
El Capitán esbozó una sonrisa, pero esta no alcanzó a iluminar sus ojos azules, que permanecieron fríos y distantes, como mares en calma.
— Así es, socio, no podríamos estar más contentos con los resultados. Pero permítame preguntarle algo, Capitán: ¿cómo logra que nadie lo descubra? — intervino otro de los hombres que se encontraban en la reunión.
Este también era alto, con piel clara y cabello rubio, y sus ojos claros reflejaban una curiosidad intensa.
La atmósfera entre los tres era de confianza, aunque en el aire flotaba una tensión latente, como si cada palabra pudiera ser decisiva en el rumbo de sus tratos.
— Alguien como yo jamás revela sus secretos, caballeros. Lo lamento — responde con tranquilidad.
— No se preocupe, Capitán. Si yo fuera usted, también diría lo mismo. Hay trucos que nadie debe conocer, para no arruinar nuestros planes — dice nuevamente el hombre de cabello negro.
Señaló a uno de sus hombres, que se acerca con un maletín en la mano.
— Aquí tiene lo acordado, Capitán. Siempre es un placer hacer negocios con usted.
El maletín, lleno de dinero, era el pago por aquellas armas, pero esa noche ocurrió algo inesperado.
Varios vehículos se aproximaban a gran velocidad, no eran más que la ley, con todo y regalos.
El Capitán y esos hombres comenzaron a disparar contra las patrullas policiales, y mi hermano y Juan Pablo los siguieron.
Aydan regresó al barco y, mientras tanto, preparó nuestra fuga de ese lugar, poniendo el barco a toda marcha, esperando únicamente que ellos subieran para marcharnos de allí.
Simón hizo algunas señas a su equipo y, con rapidez, sacó varias armas del compartimento donde las tenían guardadas.
Ellos comenzaron a cargarlas con determinación y, al verles en acción, yo que me encontraba sin hacer nada, tomé la decisión de apoderarme de una de las armas y seguir su ejemplo, comenzando a disparar también.
A medida que pasaba el tiempo, las balas se estaban agotando y la situación se volvía cada vez más crítica, ya que un número creciente de policías se acercaba.
En medio del caos, de repente, vimos cómo uno de los disparos alcanzó a Juan Pablo.
En ese preciso instante, el Capitán, reconociendo el peligro inminente, dio la orden de retirada.
Se apresuraron a subir a bordo de la embarcación, y en cuanto estuvimos listos, él dio la orden de partir.
Con eso, nos pusimos en marcha para alejarnos del lugar, el Capitán se dispone a hablar cuando ya no veíamos el puerto.
— Bien hecho, Aydan, te felicito. ¿Estás bien? — le pregunta con tono amable.
— Sí, estoy bien, Capitán. Además, no tiene por qué hacerlo; era mi deber — responde Aydan con voz firme.
— Estás herido, Juan Pablo. ¿Cómo ocurrió eso? — pregunta Alan, visiblemente preocupado, al ver a Juan Pablo caer al suelo sentado.
Él fue el único que no se había percatado de la situación.
— Tranquilos, no es nada. Solo es un rasguño — murmura débilmente Juan Pablo, tratando de restarle importancia a su herida.
— Te hirieron en el hombro, has perdido mucha sangre y dices que es solo un rasguño — le reproché, sintiendo la urgencia de actuar. — Déjame ayudarte a sacar esa bala antes de que sea peor.
Lo ayudé a levantarse con la ayuda de un marinero, se tambaleaba un poco, mostrando signos de inestabilidad.
— Una vez que termine, necesito hablar con usted. ¿Está claro? — me ordenó con autoridad.
— Sí, Capitán — respondí, enfatizando la última palabra con un toque de desprecio; ese hombre era un verdadero miserable.
Tomé a Juan Pablo y lo conduje a la enfermería para atenderlo.
Tenía una herida en el hombro derecho provocada por un proyectil de nueve milímetros. Con cuidado, le extraje la bala y le administré un calmante para aliviar su dolor.
A los pocos minutos, sucumbió al sueño, agotado por la tensión y el sufrimiento.
Revisé que todo estuviera en orden y, tras asegurarme de que no había ningún problema, decidí marcharme.
Tenía varios temas que tratar con el Capitán; entre ellos, lo que había ocurrido recientemente.
Una corazonada me decía que no me agradarían sus respuestas.