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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:494
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

NovelToon tiene autorización de Diana Fuego Guerra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

El viento de la mañana traía el olor de la tierra húmeda cuando Elisabete despertó.

Ella no abrió los ojos —un gesto que ya no tenía sentido—, pero sí abrió los sentidos. El territorio de Ravaryn sonaba diferente al mundo que había conocido. Allí, el silencio no era amenaza. Era acogimiento.

Ella sintió.

Sintió la presencia de los guardianes en la distancia.

Sintió el fuego de la cocina aún tibio.

Sintió… a Alisson.

Él estaba cerca.

—No dormiste bien —dijo él, sin que ella necesitara preguntar.

Elisabete esbozó una leve sonrisa.

—Soñé.

Alisson alzó la ceja.

—¿Con qué?

—Con cosas que nunca he visto… pero sé que existen.

Él quedó en silencio por un instante.

—¿Quieres caminar conmigo?

—Quiero.

Alisson nunca la jalaba. Nunca la empujaba. Apenas ofrecía el brazo. Y Elisabete, poco a poco, había aprendido a aceptarlo sin el miedo constante de caer.

Los dedos de ella tocaron el antebrazo de él.

Y en ese toque había algo que iba más allá de guía.

Había confianza.

Caminaron en silencio por un tiempo. El sonido de las hojas, de los pájaros, del riachuelo distante. Todo era un mapa vivo para Elisabete.

—Antes, cuando caminaba —dijo ella—, era como si el suelo quisiera derribarme.

Alisson la miró.

—¿Y ahora?

—Ahora… parece que me sustenta.

Él no respondió de inmediato.

—Cuando te encontré a los dieciséis años —comenzó él—, tú también caminabas así. Como si estuvieras lista para caer a cada paso.

Elisabete contuvo la respiración.

—Nunca hablaste de aquel día.

—Porque nunca preguntaste.

Ella sonrió levemente.

—Tenía miedo de la respuesta.

Alisson respiró hondo.

—Sentí tu dolor antes incluso de oírte llorar.

Ella dejó de caminar.

—¿Me oíste?

—No. —Él se giró hacia ella—. Te sentí.

El corazón de Elisabete se aceleró.

—¿Cómo?

—Como si el bosque entero estuviera sangrando por ti.

El silencio se extendió entre los dos.

—No grité aquel día —murmuró ella—. Porque ya había aprendido que nadie vendría.

Elisabete sintió algo apretarse dentro del pecho.

—Pero yo vine.

Ella asintió despacio.

—Viniste… y te quedaste.

Retomaron la caminata.

—Alisson… —lo llamó ella.

—¿Sí?

—Nunca intentaste cambiarme.

Él respondió sin dudar:

—Porque nunca necesitaste ser otra.

El pecho de Alisson dolió.

Pero no era un dolor malo.

Era un dolor de algo que crece demasiado por dentro.

—Hoy… en el anciano… —comenzó ella, vacilante—. Cuando dijo que nunca voy a ver…

Alisson se detuvo nuevamente.

—Te quebraste.

—No —respondió ella con firmeza—. Me cerré.

Él la encaró.

—Eso es más peligroso.

—Lo sé. —Su voz falló—. Pero también es menos doloroso que esperar un milagro que nunca llega.

El viento sopló entre ellos.

—No quiero que esperes por milagros, Elisabete.

—Entonces, ¿qué quieres?

Elisabete llevó la mano hasta el rostro de ella, con cuidado. No como un Alfa. No como un salvador.

Sino como alguien que elige quedarse.

—Quiero que construyas fuerzas que no dependan de la cura.

Ella tragó saliva.

—¿Y si caigo?

—Estaré aquí.

Ella tocó la mano de él.

—¿Y si me pierdo?

—Te encuentro.

—¿Incluso si no veo?

Él sonrió levemente.

—Principalmente por eso.

En aquel instante, Elisabete sintió algo cambiar dentro de ella.

No era amor aún.

No era deseo.

No era promesa.

Pero era presencia.

Y, después de una vida entera siendo rechazada, aquello era la cosa más poderosa que ella ya había sentido.

---

Mientras tanto…

En la manada de Caíque, las cosas se derrumbaban en silencio.

Peleas pequeñas.

Miradas desviadas.

Aullidos que ya no respondían más a su llamado.

—Te están cuestionando —dijo uno de los betas.

Caíque gruñó.

—Tienen miedo.

—No —respondió el otro—. Sienten culpa.

El nombre vino como una lámina tardía:

Elisabete.

La risa que había usado como fuga en los últimos días comenzó a fallar.

—Ella está con Alisson —dijo el beta.

El vaso de Caíque se hizo añicos en el suelo.

—Eso… —respiró pesado—, eso no cambia nada.

Pero cambiaba.

La Luna lo sabía.

La tierra lo sabía.

Y el destino, mucho más que él, ya había escogido un lado.

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