Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.
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Confrontación
Ren había aprendido a escuchar la mansión.
No era una habilidad que hubiera buscado conscientemente. Era simplemente lo que ocurría cuando llevas suficiente tiempo en un espacio cerrado prestando atención: el edificio empezaba a hablar. Los pasos en el corredor tenían ritmos distintos según quién los diera. Los sirvientes de mañana eran más lentos que los de tarde. El mayordomo siempre hacía crujir el mismo escalón en la planta baja a las nueve exactas.
Y los pasos del Duque eran inconfundibles.
Regulares. Directos. Sin la cadencia de alguien que pasea o que duda sobre su destino. Pasos de alguien que va exactamente adonde ha decidido ir y no considera necesario anunciarlo con anticipación.
Ren los escuchó acercarse por el corredor y tuvo exactamente el tiempo justo para dejar el libro que estaba leyendo sobre la mesa de la sala y acomodarse en el sillón con una postura que era cómoda pero no descuidada.
Sophia levantó los ojos desde su labor al otro lado de la habitación.
Las miradas de las dos se encontraron.
Sophia recogió su bordado en silencio y se desplazó hacia el lateral de la sala, asumiendo la posición que Ren le había explicado en sus primeros días: presente pero fuera del eje central de la conversación. Visible si se necesitaba. Discreta si no.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Tres golpes. Precisos. No era una pregunta sino una notificación.
—Adelante —dijo Ren.
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El Duque Kael Prevail llenaba los marcos de las puertas de una manera que Ren sospechaba que era completamente inconsciente de su parte. No era solo la altura, aunque era considerable. Era algo en la forma en que entraba a los espacios, con esa autoridad de quien ha pasado tanto tiempo siendo la persona más importante en cada habitación que ya no necesita hacer ningún esfuerzo para serlo.
Entró. Miró la sala. La miró a ella.
Sus ojos azules recorrieron la habitación con la eficiencia de alguien haciendo un inventario rápido. El libro sobre la mesa. La taza de té a medio tomar. Sophia en el lateral. Y Ren en el sillón, con el cabello todavía levemente húmedo de la ducha de esa mañana, en un vestido simple de color vino que había encontrado en el baúl junto al blanco.
Algo cruzó su expresión. Demasiado rápido para nombrarlo.
—Duque. —Ren no se levantó—. Qué inesperado.
Una pausa brevísima. El tipo que ocurre cuando alguien esperaba otra cosa y debe reasignar su respuesta.
—¿Qué te trae por aquí? —continuó Ren, con el mismo tono que usaría para preguntar si había llovido.
El Duque entró completamente y cerró la puerta detrás de él. Sophia se acercó con una segunda taza que ya estaba preparada — Ren le había explicado que era conveniente anticipar estas cosas — y la colocó sobre la mesa sin que nadie se lo pidiera, y luego se retiró de nuevo al lateral.
El Duque miró la taza.
Miró a Ren.
Algo en su mandíbula se ajustó levemente, que era lo más parecido a una expresión que ese rostro solía mostrar.
Se sentó en el sillón frente a ella.
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El silencio que siguió fue de una variedad específica. No el silencio incómodo de quien no sabe qué decir, sino el silencio deliberado de dos personas que están decidiendo cuál de las dos va a hablar primero y en qué términos.
Ren esperó.
El Duque tomó la taza. Bebió.
Y dijo, con esa voz controlada que Ren había archivado desde el primer desayuno como herramienta principal de intimidación:
—El médico me informó hace dos semanas que estabas embarazada.
—Sí.
—No viniste a decírmelo.
—No.
—Me preguntaba por qué.
Ren lo miró con calma.
—El médico me dijo que estaba embarazada —dijo— y supuse que te lo harían saber ese mismo día. Así que no quería molestarte con mi presencia si ya tenías la información.
El Duque la observó durante un momento.
No lo está creyendo del todo, registró Ren. Bien. No pretendía que lo creyera del todo.
—Podrías haber venido de todas formas —dijo el Duque.
Y fue en ese momento, en esa frase dicha con esa indiferencia específica, que los recuerdos de Adalyn llegaron.
No como maremoto esta vez. Como una imagen sola, precisa y brutal.
Adalyn en el corredor frente al estudio del Duque. La mano levantada para tocar la puerta. El sonido de voces adentro. La decisión de esperar. Las voces callando. Los pasos acercándose. La puerta abriéndose y el Duque saliendo sin mirarla, pasando junto a ella como si fuera parte del mobiliario del corredor, y continuando su camino sin detenerse.
Adalyn bajando la mano.
Volviéndose a su habitación.
No era la primera vez que había ocurrido. Era la decimocuarta.
Ren sintió algo moverse en su pecho con una temperatura que no era la suya. Era la de Adalyn, esa furia antigua y apagada de quien ha llorado tanto por algo que ya no le quedan lágrimas y solo le queda el residuo frío de lo que fue el dolor.
Por un instante, solo un instante, esa temperatura llegó a su rostro.
El Duque lo vio.
Ren lo vio verlo.
Y antes de que pudiera nombrar lo que acababa de pasar, el Duque dijo — con esa crueldad específica de quien sabe exactamente qué palabras van a donde duele —:
—Ah. Así que ya por fin te diste cuenta de que no quería verte.
Lo dijo sin cambiar el tono. Sin dramatismo. Con la indiferencia deliberada de quien entrega un hecho y no una herida, aunque ambas cosas sean lo mismo.
Ren lo miró.
Un segundo. Dos.
Y luego dijo:
—Sí. Tardé más de lo que debería. —Una pausa—. Pero aprender de los errores, aunque tarde, sigue siendo aprender.
Silencio.
El Duque no había esperado esa respuesta. Ren lo supo no por ningún cambio obvio en su expresión — ese rostro era extraordinariamente difícil de leer — sino por algo más pequeño. La forma en que sus dedos se detuvieron sobre la taza un instante antes de continuar.
Esperaba que me doliera, pensó Ren. O que me defendiera. O que llorara. Cualquiera de las tres habría confirmado algo que quería confirmar sobre mí.
No le voy a dar ninguna de las tres.
—Tengo una petición —dijo Ren.
La transición fue tan limpia y tan deliberada que el Duque tardó un momento en seguirla.
—Otra —dijo.
—Otra. —Ren lo miró sin apartar los ojos—. A partir de hoy quiero hacerme cargo de mis deberes como Duquesa. También quiero administrar los bienes que me corresponden por mi posición.
El Duque la estudió.
—¿Desde cuándo te interesan tus deberes?
—Desde que entendí que no tenerlos bajo control es un problema. —Una pausa—. Para los dos.
Eso era deliberado. La implicación de que su incapacidad como Duquesa podía afectarlo a él también. Era el tipo de argumento que un hombre como el Duque evaluaría en términos prácticos antes que en términos personales.
Lo vio calcularlo.
—¿Qué más? —dijo el Duque. Porque evidentemente ya había decidido que había más.
Ren no sonrió.
—El dinero que se le da a mi familia como parte del acuerdo matrimonial. Quiero que se reduzca a la mitad. —Una pausa—. La otra mitad se me entrega a mí como parte de mi manutención como Duquesa.
El Duque la miró con una expresión que Ren habría necesitado más tiempo para descifrar completamente. No era sorpresa. Era algo más parecido a la recalibración de alguien que lleva semanas actualizando su evaluación de una persona y todavía no ha llegado a una conclusión estable.
—Eso significaría quitarle dinero a tu familia.
—Mi familia me vendió a los quince años —dijo Ren con una calma que no tenía ningún borde—. Considero que estamos en paz.
Silencio.
El Duque dejó la taza sobre la mesa. Se puso de pie con ese movimiento suyo de siempre, ese que no pedía permiso ni espacio porque asumía que ambas cosas le pertenecían.
Ren no se movió.
Él era más alto de lo que parecía cuando estaba sentado. Era uno de esos cuerpos que la verticalidad transformaba, que de pie ocupaban el espacio de forma diferente a como lo hacían sentados. Ren tuvo que resistir el impulso de ajustar su postura, no porque sintiera miedo sino porque el cuerpo de Adalyn tenía memorias musculares propias y diecisiete años de encogerse ante este hombre eran difíciles de ignorar completamente.
Los resistió.
Permaneció sentada. Con la espalda recta. Mirándolo hacia arriba sin ninguna disculpa en la expresión.
El Duque la miró desde esa altura durante un momento.
—De acuerdo —dijo finalmente.
Ren no mostró el alivio que no sintió, porque no había alivio sino confirmación de algo que ya había calculado.
—Pero te advierto algo. —Su voz bajó apenas medio tono, lo suficiente para cambiar la temperatura de la frase—. Si en algún momento fallas en tus responsabilidades, si hay errores que me cuesten a mí o al ducado, todo lo que estoy acordando hoy desaparece. Sin excepciones.
Lo dijo mirándola directamente. Sin apartar los ojos. Con esa claridad de quien quiere asegurarse de que no haya margen para malentendidos.
Ren le sostuvo la mirada.
—Entendido.
Algo cruzó el rostro del Duque.
No fue una expresión completa. Fue solo el comienzo de una — algo entre la curiosidad y algo más difícil de nombrar — que desapareció antes de poder formarse del todo, como una llama que se apaga antes de prender bien.
Se giró hacia la puerta.
—Mi secretario se encargará de los documentos. —Su mano en el picaporte—. Tendrás todo en orden antes del final de la semana.
—Gracias.
No dijo nada más.
Abrió la puerta.
Y antes de salir, con la misma naturalidad con que podría haber comentado el clima, dijo sin girarse:
—El vestido vino te favorece más que el gris.
La puerta se cerró.
......................
El silencio que quedó fue de una variedad completamente diferente a todos los anteriores.
Ren permaneció exactamente donde estaba durante un momento que fue más largo de lo que habría querido. Mirando la puerta cerrada. Procesando el inventario completo de lo que acababa de ocurrir.
Okay, pensó finalmente. Eso no lo calculé.
Tomó su taza de té. Bebió. Puso la taza de vuelta con un cuidado innecesariamente preciso.
—Señorita. —La voz de Sophia desde el lateral, con un control admirable que solo se quebraba levemente en los bordes—. ¿Se encuentra bien?
—Perfectamente —dijo Ren.
—¿Segura?
—Completamente.
Sophia se acercó a recoger la taza del Duque de la mesa. Y mientras lo hacía, en voz muy baja, con esa forma suya de decir las cosas importantes como si fueran comentarios sin importancia:
—Su esposo. Con su hijo en el vientre. Llegó a su habitación sin avisar, la hizo salir prácticamente del baño, y encima se fue sin siquiera dejar que se vistiera correctamente.
Una pausa.
—Ese desgraciado.
Ren la miró.
Y por primera vez en lo que llevaba en ese mundo, se rió de verdad. No la risa extraña y rota del primer día. No la risa controlada de quien calcula el efecto que produce. Una risa genuina, breve, que le salió sin permiso.
—Sí —dijo—. Básicamente.
Sophia recogió el servicio de té con la dignidad intacta de alguien que ha dicho lo que tenía que decir y no necesita más.
Ren volvió a mirar la puerta cerrada.
El vestido vino te favorece más que el gris.
Lo había dicho de pasada. Como una observación. Sin ninguna entonación particular que lo convirtiera en algo más de lo que era.
Pero lo había dicho.
Y la Ren que había vivido veinticinco años en otro mundo, que había aprendido a no leer demasiado en las cosas pequeñas porque las cosas pequeñas casi nunca significaban nada, archivó ese dato en una carpeta que por ahora etiquetó simplemente como pendiente de análisis.
No todavía, se dijo. Todavía no.
Tomó el libro de la mesa y volvió a abrirlo en la página donde lo había dejado.
......................
Tres pisos más arriba, en su estudio, el Duque Kael Prevail estaba de pie frente a la ventana que daba al jardín con los brazos cruzados y una expresión que Devan — de pie a su espalda con los documentos de la tarde en la mano — había aprendido a no interrumpir.
Era la expresión de alguien que está revisando una conclusión que ya había tomado como definitiva.
—Devan.
—Señor.
—¿Qué sabes de la familia de la Duquesa? De los Prevail originales. Sus padres.
Devan parpadeó levemente.
—Familia noble menor en bancarrota. El padre tomó malas decisiones de inversión durante varios años. La madre falleció cuando la señora Adalyn tenía doce años. El padre y los dos hermanos mayores actualmente viven de la manutención del matrimonio. —Una pausa—. ¿Desea que investigue más, señor?
—No. —El Duque no se giró—. Ejecuta los cambios que pedí esta mañana al escritorio. Y reduce la manutención a la familia de la Duquesa a la mitad. La otra mitad se le entrega a ella directamente.
Devan anotó sin comentar.
—¿Algo más, señor?
Silencio breve.
—No.
Devan dio una reverencia y se retiró.
El Duque permaneció frente a la ventana.
En algún lugar de su mente, con la persistencia de las cosas pequeñas que no tienen ninguna razón lógica para persistir, resonaba una sola frase.
Tardé más de lo que debería. Pero aprender de los errores, aunque tarde, sigue siendo aprender.
No había sido una justificación. No había sido una disculpa. No había sido el tipo de respuesta que alguien da cuando quiere ganarse algo o protegerse de algo.
Era simplemente la verdad dicha con la ligereza tranquila de quien no necesita que le crean para saber que es verdad.
El Duque llevaba años rodeado de personas que usaban la verdad como herramienta. Como arma. Como performance.
No recordaba la última vez que alguien se la había dicho así.
Se apartó de la ventana.
Tomó los documentos de la tarde.
Irrelevante, se dijo. Completamente irrelevante.
Y lo creyó completamente.
Por ahora.
buenisima historia
me encanta la protagonista..
más capítulos xfavor