«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
NovelToon tiene autorización de Lumina Bazan Enamorado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que duerme bajo la piedra
Época moderna — Ciudad de Vespera
Tres golpes.
Eso había sido todo.
Ningún grito.
Ninguna voz pidiendo ayuda.
Solo tres golpes provenientes de algún lugar bajo el suelo de la Capilla de Santa Vespera.
Seraphine Veyrath permanecía frente a la estatua de la mujer coronada.
A su lado, Eveline Ashford sujetaba con tanta fuerza la linterna de su teléfono que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Dime que has escuchado lo mismo que yo —susurró Eveline.
—Depende.
—¿De qué?
—De si prefieres que te mienta.
Eveline cerró los ojos.
—Odio cuando responde así.
Seraphine apartó un mechón oscuro que había caído sobre su rostro y examinó las perdidas.
El sonido había provenido de algún punto cercano al altar.
Estaba casi segura.
Pero había algo más inquietante que los golpes.
La sensación de que quien los había producido sabía que ellas estaban allí.
— Deberíamos marcharnos —insistió Eveline.
—Probablemente.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
Seraphine no se mueve.
Su amiga suspiró.
—No estamos de acuerdo, ¿verdad?
—Todavía no sabemos qué ha provocado el ruido.
— Podría ser una tubería.
—Tres golpes perfectamente espaciados.
—Una tubería muy educada.
Seraphine estuvo a punto de sonreír.
Pero entonces recordé las palabras que había visto sobre la estatua.
La reina no murió. Fue dividido.
¿De qué reina hablaban?
¿De la mujer del retrato?
¿De aquella figura que acababa de contemplar?
¿O de alguien cuyo nombre había sido borrado incluso de los recuerdos de los inmortales?
Se acercó al altar.
Eveline la siguió de mala gana.
—Seraphine, no tenemos autorización para mover nada.
—No pienso mover nada.
—Dijiste exactamente lo mismo antes de quitarle la tela a la estatua.
—Aquello era diferente.
—Claro. Porque la estatua no había empezado a comportarse como si estuviera embrujada.
Seraphine se volvió.
—¿Viste algo extraño?
Eveline dudó.
—Vi una estatua cubierta, luego descubriste que se parecía a ti y después comenzó a sonar las campanas. Diría que eso es bastante extraño.
Seraphine sintió una punzada de inquietud.
—¿Y su rostro?
—¿Qué pasa con él?
— ¿Cambió en algún momento?
Eveline frunció el ceño.
-No.
Aquella respuesta confirmó sus sospechas.
La transformación de la estatua había ocurrido únicamente ante sus ojos.
Pero los golpes...
Los golpes habían sido reales.
Ambas los habían escuchado.
Seraphine se arrodilló junto a una losa ligeramente más oscura que los demás.
Había una inscripción desgastada en uno de sus bordes.
No parecía latino.
Tampoco reconoce las letras.
Sin embargo, cuando deslizó los dedos sobre la piedra, sintió un calor inesperado.
Los trazos parecieron ordenarse ante ella hasta formar una frase.
«Lo que fue separado no debe recuperar sin memoria».
Retiró la mano.
—Eveline...
—¿Qué?
—Sabes qué idioma es este?
Su amiga se inclinó a examinar la inscripción.
—No veo ninguna palabra.
Seraphine levantó la mirada.
—¿Cómo que no?
—Solo hay marcas en la piedra. Está muy desgastada.
Seraphine volvió a mirar.
Las letras continuaban allí.
Brillaban débilmente bajo sus dedos.
Y entonces comprendió algo que la inquietó más que cualquier aparición.
No estaba aprendiendo a leer aquella lengua.
La estaba recordando.
Reino Infernal — Palacio de Nocthar
Kaelith Nocthar atravesó las puertas de los archivos occidentales.
Dos guardianes vestidos con armaduras de obsidiana inclinaron la cabeza a su paso.
Ninguno se atrevió a preguntarle qué buscaba.
Las galerías se extendían bajo el palacio como las raíces de un árbol enterrado.
Millas de documentos descansaban detrás de vitrinas protegidas por antiguos encantos.
Algunos habían sido escritos antes de la fundación de Nocthar.
Otros pertenecían a reinos que ya no existían.
Kaelith pasó junto a una hilera de columnas y se detuvo frente a una puerta de hierro.
Sobre ella había una inscripción.
ARCHIVO DE LOS NOMBRES CONDENADOS.
Durante siglos había evitado aquel lugar.
No por temor a lo que pudiera encontrar.
Sino porque conocía demasiado bien lo que había perdido allí.
Apoyó la mano sobre la cerradura.
La puerta reconoció su sangre y se abrió.
En el interior, una única lámpara ardía con fuego azul.
Kaelith avanzó hasta una mesa cubierta de pergaminos.
Buscó los registros de la última noche.
Los testimonios de la primera guerra.
Las listas de los condenados.
Pero pronto encontré algo que no esperaba.
Un documento sin fecha.
Sin firma.
Sin sello de procedencia.
Solo una frase escrita en tinta plateada:
«Cuando la corona cambió de dueña, el primer nombre fue condenado al silencio».
Kaelith leyó aquellas palabras varias veces.
La corona.
Seraphine.
La sombra detrás de ella.
Una sospecha comenzó a tomar forma.
Quizás la corona que había visto aquella noche no había sido creada para Seraphine.
Quizá había pertenecido a alguien más.
Alguien cuya existencia había sido eliminada de la historia.
—No deberías estar aquí solo.
La voz surgió desde la entrada.
Kaelith no levantó la mirada.
—Y tú deberías aprender a anunciarte.
Vael Draven entró con las manos en los bolsillos.
Su cabello blanco contrastaba con las sombras del archivo, mientras sus ojos violetas recorrían los documentos con una curiosidad que intentaba disimular.
—Qué recibo tan afectuoso. Empiezo a pensar que no aprecias mis visitas.
—¿Qué quieres?
—Evitar que cometas una estupidez.
Kaelith cerró el pergamino.
—Llegas varios siglos tarde.
Vael sonrió.
—Es reconfortante saber que conserva el sentido del humor.
Se acercó a la mesa.
Cuando vio la inscripción, su expresión cambió.
—¿Dónde encontraste eso?
Kaelith lo miró.
—¿Lo reconoces?
Vael tardó demasiado en responder.
—Reconozco una advertencia cuando la veo.
—Entonces explícala.
—No puedo.
Kaelith se irguió frente a él.
Por un instante, la temperatura de la habitación descendió.
—Empiezo a cansarme de esa respuesta.
El demonio de cabello blanco no retrocedió.
—Y yo empiezo a cansarme de que todos crean que revelar un secreto equivale a resolverlo.
Kaelith entrecerró los ojos.
—¿Qué significa eso?
Vael indicó el documento.
—Que quizás estés buscando el nombre equivocado.
Ciudad de Vespera — Capilla de Santa Vespera
—Tenemos que llamar al encargado —dijo Eveline.
Seraphine seguía examinando la inscripción.
—Crees que sabrá qué hay debajo?
—Creo que es mejor preguntárselo que intentar averiguarlo nosotras.
Aquello era razonable.
Seraphine lo sabía.
Y, aunque una parte de ella deseaba levantar la losa y descubrir qué había bajo sus pies, recordó lo sucedido con la rosa de fuego negro.
Su curiosidad ya la había llevado a un recuerdo que no estaba preparado para soportar.
No es necesario repetir la experiencia.
—Está bien —aceptó.
Eveline la miró con sorpresa.
—¿En serio?
—No pongas esa cara.
—Es que esperaba una discusión.
—Puedo empezar una si te hace sentir mejor.
—No, gracias.
Eveline buscó el número del encargado en su teléfono.
Mientras esperaba respuesta, Seraphine volvió a acercarse a la estatua.
Su rostro había recuperado la apariencia original.
El mismo que aparecía en la pintura.
El mismo que veía cada mañana en el espejo.
Sin embargo, algo la inquietaba.
La corona.
Había observado aquel objeto tantas veces que nunca se había detenido para examinar sus detalles.
No era una corona delicada.
Sus puntas se entrelazaban como ramas de espino.
Y, en el centro, había un espacio vacío.
Como si alguna vez hubiera sostenido una piedra preciosa.
O un símbolo.
Seraphine extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla.
— ¿Qué te hicieron? —murmuró.
No esperaba respuesta.
Sin embargo, una voz surgió detrás de ella.
—La pregunta correcta sería quién se atrevió a hacerlo.
Seraphine se volvió bruscamente.
Un hombre se encontraba junto a la entrada lateral.
Vestía un abrigo oscuro y sostenía una carpeta de cuero contra el pecho.
Su cabello, ligeramente entrecano en las siete, le otorgaba una apariencia distinguida.
No parecía sorprendido de encontrarla allí.
Eveline terminó la llamada y levantó la mirada.
—¡Profesor Ardent!
Seraphine hizo.
—¿Lo conoces?
—Me ayudó a localizar algunos documentos para una investigación de la universidad —explicó Eveline—. Fue uno de los primeros en hablarme de los archivos antiguos de la capilla.
El hombre inclinó cortésmente la cabeza.
—Lucien Ardiente. Historiador.
Después miró la estatua.
—Y, aparentemente, alguien que ha llegado demasiado tarde para impedir que encuentren lo que no debían.
Reino Celestial — Tribunal de los Juramentos
Aurelian Soltheris contemplaba siete pequeñas llamas suspendidas sobre un pedestal.
Cada una representaba uno de los amaneceres concedidos en su ultimátum.
Todavía ardían, aunque ninguna parecía completamente estable.
—La humana ha encontrado la capilla —informó un custodio.
Aureliano cerró lentamente los ojos.
—¿Cómo?
—No lo sabemos. Los registros de vigilancia muestran que entró acompañada de otra mujer.
—¿Y Kaelith?
—Permanencia en Nocthar.
El juez abrió los ojos.
Aquello era inesperado.
Había supuesto que el soberano infernal intentaría mantenerla cerca.
Protégela.
Ocultarla.
Pero Seraphine estaba actuando por cuenta propia.
Y eso la convertía en una amenaza todavía más impredecible.
—¿Ha abierto la cámara?
-No.
Aureliano reflexionó unos instantes.
Después volvió la mirada hacia las llamas.
—Entonces aún podemos intervenir.
— ¿Enviamos a los ejecutores?
-No.
El custodio inclinó la cabeza.
—¿Qué ordenáis?
Aurelian respondió sin vacilar.
—Encontrad al historiador.
Capilla de Santa Vespera
Lucien Ardent avanzó lentamente hacia la estatua.
Séraphine lo siguió con la mirada.
—¿Qué quiso decir con que encontramos algo que no debíamos?
El historiador se detuvo.
—Eso depende de lo que hayan visto.
Eveline intervino.
—Profesor, estábamos revisando los registros de la pintura. Mi familia obtuvo autorización para consultar el archivo.
-Perder. El encargado me avisó de su visita.
Seraphine cruzó los brazos.
—Entonces sabía que estaríamos aquí.
—Sabía que vendrían dos estudiantes a consultar documentos históricos. No esperaba que una de ellas se pareciera tanto a la mujer de la estatua.
Su respuesta fue demasiado cuidadosa.
Seraphine lo notó.
—¿Quién es?
Lucien contempló la figura.
—En los registros de la capilla aparece como la Señora sin Reino.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces también sabrán que su nombre fue eliminado.
—Queremos saber por qué.
El historiador vaciló.
Eveline dio un paso adelante.
—Profesor, encontramos documentos contradictorios. Algunas la llaman reina, otras prisionera. Incluso aparece descrita como una traidora.
Lucien soltó una risa sin humor.
—La historia suele ser escrita por quienes sobreviven para contarla.
Seraphine sostiene su mirada.
— ¿Y usted cree que todas esas versiones son falsas?
—Creo que ninguna está completa.
Aquella respuesta despertó su interés.
— ¿Qué hay debajo de la capilla?
El historiador quedó inmóvil.
Eveline lo advirtió.
—Escuchamos golpes —explicó—. Tres golpes bajo el suelo.
Lucien presionó la carpeta contra su pecho.
—¿Cuándo?
—Hace unos minutos —respondió Seraphine.
El hombre miró hacia el altar.
Después hacia las ventanas.
Como si temiera que alguien pudiera escucharlos.
—Necesito que me acompañen al archivo.
Seraphine no se mueve.
—Primero responde.
Lucien la estudió durante varios segundos.
Finalmente habló.
—Debajo de esta capilla existe una cámara sellada desde hace siglos.
Eveline palideció.
—¿Una cripta?
—No exactamente.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Seraphine.
El historiador bajó la voz.
—Eso es lo que nadie ha conseguido determinar.
Seraphine entrecerró los ojos.
—¿Y los golpes?
Lucien dirigió nuevamente la mirada al suelo.
—La cámara no tiene ninguna entrada visible desde que fue sellada.
—Eso no responde mi pregunta.
El historiador respiró profundamente.
—Porque nadie debería poder golpear desde el otro lado.
Reino Infernal — Palacio de Nocthar
Kaelith sostenía el pergamino frente a Vael.
— ¿Qué nombre debería buscar?
El demonio de ojos violetas contempló la inscripción.
—Uno que fue eliminado antes de que comenzaran a escribir las historias que conoces.
—¿El de la sombra?
Vael no respondió.
Kaelith dio un paso hacia él.
—Si sabes quién estaba detrás de Seraphine aquella noche, dímelo.
—No estoy seguro de que lo que ella vio fuera una persona.
El silencio se volvió absoluto.
Kaelith sintió que algo antiguo despertaba en su memoria.
Una puerta.
Una corona.
Una voz femenina.
No logré distinguir las palabras.
Pero recordó una sensación.
La certeza de que había algo detrás de Seraphine.
Algo que no debía cruzar.
Se llevó una mano a la frente.
Vael lo observó con alarma.
—Kaelith.
El soberano apretó los dientes.
Por un instante, una línea carmesí brilló bajo la piel de su cuello.
Una manifestación fugaz de su poder infernal.
Después desapareció.
— ¿Qué me ocultaron? —murmuró.
Vael bajó la mirada.
—No lo sé todo.
—Pero sabes más que yo.
—Eso no significa que pueda explicártelo sin consecuencias.
Kaelith dejó el pergamino sobre la mesa.
—Entonces encontraré las respuestas por mi cuenta.
Vael suspiró.
—Por supuesto que lo harás. Nunca supo escuchar una advertencia.
El soberano lo miró.
—¿Y tú nunca has sabido dar una respuesta clara?
—Cada uno tiene sus defectos.
Pero cuando Kaelith abandonó el archivo, Vael dejó de sonreír.
Se acercó al pergamino.
Contempló la inscripción plateada.
Y murmuró:
—No era tu corona, Séraphine.
Sus ojos violetas se oscurecieron.
—Nunca lo fue.
Ciudad de Vespera — Archivo de la Capilla
Lucien Ardent subió una lámpara sobre una mesa de madera.
El archivo era pequeño, pero estaba cuidadosamente organizado.
Había documentos encuadernados, cajas numeradas y estantes repletos de libros antiguos.
Eveline comenzó a examinar las etiquetas.
Seraphine permaneció junto a la puerta.
—¿Por qué nos trajo aquí?
Lucien abrió su carpeta.
—Porque hay algo que necesito mostrarles.
Extrajo una fotografía antigua.
En ella apareció la capilla tal como había sido décadas atrás.
Pero faltaba algo.
La estatua no estaba en su lugar actual.
Se encontraba junto al altar.
Y detrás de ella había una pequeña puerta de piedra.
Seraphine se acercó.
— ¿Dónde está esa puerta ahora?
—Fue cubierta durante una restauración.
—¿Por qué?
Lucien sacó otro documento.
—Según los registros oficiales, la estructura era inestable.
—Y según los no oficiales?
El historiador levantó la mirada.
—Algunos trabajadores afirmaron haber escuchado voces detrás de ella.
Eveline dejó de revisar los libros.
—¿Voces?
—También golpes. Siempre tres.
Seraphine sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué ocurrió con esos trabajadores?
Lucien tardó en responder.
—Uno abandonó la ciudad. Otro se negó a volver a hablar del asunto.
—¿Y el tercero?
El historiador presionó los labios.
Seraphine lo miró fijamente.
—Había un tercero, ¿verdad?
Lucien bajó lentamente la fotografía.
—Desapareció.
Eveline se llevó una mano a la boca.
— ¿Desapareció dentro de la capilla?
—Nadie pudo demostrarlo.
Seraphine volvió a mirar la imagen.
La puerta de piedra estaba decorada con un símbolo.
Una corona atravesada por una espada.
—Ese símbolo... —murmuró.
Lucien la Resurrección.
—¿Lo reconoces?
Seraphine dudó.
Podía contarle lo del reloj.
La voz.
Las palabras sobre el cristal.
Pero apenas conocía a aquel hombre.
Y ya había aprendido que las personas que sabían demasiado sobre su pasado no siempre estaban dispuestas a decirle la verdad.
—Lo he visto en algunos documentos —respondió.
Lucien no parecía convencido.
Sin embargo, no insosten.
—Hay una razón por la que esta capilla conserva el nombre de Santa Vespera.
Eveline levantó la mirada.
—¿No era el nombre de una santa?
—Eso dicen los registros modernos.
—¿Y los antiguos? —preguntó Seraphine.
Lucien abrió un libro de cubierta desgastada.
Sus páginas estaban escritas en una lengua desconocida.
En la primera aparición el dibujo de una mujer sosteniendo una corona quebrada.
Debajo había una inscripción.
Seraphine se acercó.
Los caracteres comenzaron a adquirir sentido ante sus ojos.
No porque alguien los tradujera.
Sino porque su mente parecía reconocerlos.
«Aquí fue ocultada la llave de la primera separación».
Seraphine sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—La primera separación... —murmuró.
Lucien levantó la cabeza.
—¿Qué has dicho?
Ella miró el libro.
Después al historiador.
—¿Puede leer esto?
El hombre negó lentamente.
—Llevo años intentando descifrarlo.
Eveline se acercó.
—¿Tú puedes?
Seraphine contempló las letras.
Por un instante, estuvo a punto de responder que sí.
Pero recordó la voz que había escuchado frente a la estatua.
Aquel nombre susurrado desde un lugar imposible.
Nyxara.
Todavía no sabía qué significaba.
Y menos aún si debía compartirlo con un desconocido.
—Solo reconozco algunas formas —mintió.
Lucien cerró lentamente el libro.
—Entonces quizás sea mejor que no continuemos hoy.
Seraphine frunció el fruncido.
—¿Por qué?
El historiador miró hacia la puerta.
—Porque alguien nos está observando.
Reino Celestial — Tribunal de los Juramentos
Aureliano contempló el reflejo de la capilla en una esfera de agua.
La imagen muestra tres figuras dentro del archivo.
Seraphine.
Eveline.
Lucien Ardent.
El juez frunció el fondo.
—Así que finalmente ha vuelto a involucrarte —murmuró.
Uno de los custodios se acercó.
—¿Conoce al historiador?
Aureliano no respondió de inmediato.
Sus ojos permanecieron fijos en Lucien.
—Su familia ha custodiado ciertos registros durante generaciones.
—¿Es peligroso?
El juez vio a Seraphine inclinarse sobre el libro.
—Todavía no.
— ¿Y si consigue descifrarlo?
Aureliano cerró la mano.
La imagen de la esfera tembló.
—Entonces tendremos que actuar antes de que encuentre aquello que busca.
Ciudad de Vespera — Archivo de la Capilla
Lucien apagó la lámpara.
Eveline dio un respingo.
—¡Profesor!
—Silencio.
El historiador se acercó a la ventana.
Apartó apenas la cortina.
Seraphine advirtió la tensión en su rostro.
—¿Qué ocurre?
Lucien no respondió.
Sobre el cristal apareció una pequeña marca luminosa.
Un círculo atravesado por tres líneas.
El historiador retrocedió inmediatamente.
—Tenemos que salir.
Eveline recogió su bolso.
—¿Quién está afuera?
—Nadie que debamos esperar a conocer.
Seraphine se acercó al libro que había quedado sobre la mesa.
La página seguía abierta.
Y, por primera vez, las letras comenzaron a cambiar ante sus ojos.
La inscripción original desapareció.
En su lugar apareció una frase.
«La llave no está bajo la piedra».
Seraphine contuvo el aliento.
Las palabras continuaron transformándose.
«La llave recuerda».
Sintió un dolor arrepentido detrás de los ojos.
Una imagen cruzó su mente.
Una mujer coronada.
Una puerta suspendida sobre un abismo.
Y dos manos que se separaban en medio de una luz blanca.
Seraphine se sujetó del borde de la mesa.
-No...
Eveline corrió hacia ella.
—¿Qué sucede?
La visión desapareció.
Seraphine levantó lentamente la mirada.
El libro había recuperado sus caracteres indescifrables.
Lucien la contemplaba desde la puerta.
Y, por primera vez, su expresión no parecía la de un historiador intrigado.
Parecía la de un hombre que acababa de confirmar una sospecha que llevaba años intentando descartar.
—No puede ser —susurró.
Seraphine respiró con dificultad.
—¿Qué?
Lucien miró el libro.
Después a ella.
—Durante siglos, mi familia creyó que la llave estaba escondida en esta capilla.
Eveline frunció el ceño.
—¿Y no es así?
El historiador negoció lentamente.
—Empiezo a temer que hemos buscado en el lugar equivocado.
Seraphine sintió que la inquietud se transformaba en irritación.
—Va a explicarnos qué significa eso o también tendremos que adivinarlo?
Lucien abrió la boca.
Pero no llegó a responder.
Desde algún lugar bajo el suelo de la capilla llegó un golpe.
Solo uno.
Seco.
Profundo.
Como si algo hubiera escuchado aquellas palabras.
Como si llevara siglos esperando que alguien comenzara a comprenderlas.
.