Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.
La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.
Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.
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Capítulo 18. La Renata de antes ya murió
Adrián se pasó la mano por la cara con brusquedad. El roce de la palma contra su piel parecía servirle de desahogo para la frustración que le hervía desde hacía rato en la coronilla. Se aflojó la corbata, tratando de buscar oxígeno en aquella habitación que de repente se sentía estrecha y sofocante.
Durante todo este tiempo, Adrián siempre había estado por encima de todos. Era el rey, el amo absoluto cuyas órdenes jamás se cuestionaban. Renata nunca le sostenía la mirada más de cinco segundos. ¿Pero ahora? La mujer estaba de pie frente a él, erguida, desafiante, sin el más mínimo rastro de miedo.
—¡No estoy discutiendo por el monto del dinero, Rena! —le gritó Adrián.
—¿Crees que voy a caer en la pobreza solo porque gastaste miles de dólares en un día? ¡La fortuna de mi familia no se va a acabar por tu berrinche de niña!
En lugar de temblar o de agachar la cabeza para pedir perdón como de costumbre, Renata apoyó el cuerpo con toda tranquilidad contra el borde del tocador. Cruzó los brazos sobre el pecho. Y una sonrisa fina, fría y cargada de burla se dibujó en sus labios rojos.
—¿Ah, sí? Si de verdad no es por el dinero, entonces ¿por qué tuviste que azotar la puerta y perseguirme hasta el cuarto con cara de pánico, como quien tiene la casa en llamas?
Adrián apretó los dos puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Lo que me molesta es tu actitud. Cambiaste. Te volviste grosera, rebelde, arrogante, ¡y hasta te atreves a mirar y a enfrentar a mi madre delante de mis ojos! —Adrián dio un paso adelante—. ¡Eres mi esposa! ¡Tengo todo el derecho de reprenderte y de castigarte si te desvías del camino! —continuó, con la voz cada vez más alta, hasta que las venas del cuello se le marcaron.
Renata, en cambio, soltó una risita.
—¿Esposa? —repitió Renata en voz baja. Entrecerró los ojos y miró a Adrián como si el hombre le acabara de contar el chiste más absurdo del mundo—. Bonita palabra. Pero aclaremos algo: ¿desde cuándo me consideras tu esposa?
Adrián calló un instante. Los labios se le entreabrieron, pero no salió ninguna réplica.
Renata se despegó del tocador. Despacio, se acercó hasta que la distancia entre ellos fue de menos de medio metro.
—¿Seguía siendo tu esposa cuando llevaste a Priscila de paseo por Europa y la llenaste de gastos con este mismo dinero? —siseó Renata justo frente al rostro de su marido.
Adrián tragó saliva con dificultad.
—Eso...
—¿O seguía siendo tu esposa cuando dejabas que tu madre me humillara, me llamara pueblerina y me tratara más bajo que a una sirvienta en esta casa? ¿Dónde estaba mi marido entonces? —lo cortó Renata sin piedad.
—¿Seguía siendo tu esposa cuando decidiste apagar el celular y quedarte con Priscila en su departamento, mientras yo lloraba sangre, luchando sola entre la vida y la muerte en urgencias?
Aquella última frase le golpeó a Adrián en el pecho.
—Renata, basta —gruñó Adrián.
—¡No te atrevas a decir mi nombre cuando ni siquiera eres capaz de responder una sola de mis preguntas! —le replicó Renata.
Renata miró al hombre frente a ella con una decepción que no podía ocultar.
—Durante tres años, ustedes me llenaron sin parar de palabras humillantes. Me decían que era una pueblerina. Una esposa vergonzosa. Una carga para la familia, indigna de acompañar a un hombre tan magnífico como tú.
Renata abrió los brazos, exhibiendo su apariencia perfecta de pies a cabeza.
—Ahora cambié, amor. Uso ropa cara. Me arreglo en salones de primera. Uso la tarjeta de crédito de mi marido para elevar mi posición. ¿No es esto lo que querían? ¿Una señora de la casa que se vea de clase y no dé vergüenza si la llevan a una fiesta?
Renata adelantó el rostro y susurró:
—Entonces, ¿por qué ahora todos ustedes están inquietos y desesperados? ¿Acaso les da miedo que el perro obediente al que antes pateaban y pisoteaban a gusto, al fin se atreva a levantarse y a morderles el cuello?
Adrián abrió mucho la boca, pero ni una sola palabra de defensa logró salir. Por extraño que fuera, detrás del enojo, la vergüenza y el ego malherido, algo distinto se agitaba en el pecho del hombre.
Adrián miró fijamente el rostro de la mujer frente a él. Recién se daba cuenta de que Renata era extraordinariamente hermosa cuando dejaba de agachar la cabeza. Su piel resplandecía y su mirada tenía una profundidad embriagadora.
Por primera vez en tres años de matrimonio, Adrián miró de verdad a su esposa, en lugar de percibir su presencia como un simple adorno de la casa.
—Estás loca —murmuró Adrián con voz ronca, negando despacio con la cabeza—. De verdad no reconozco a la mujer que eres ahora.
Al oír aquella confesión de derrota, Renata rio por lo bajo. Su risa sonó completamente desabrida, como si todas las lágrimas que alguna vez había derramado por el hombre frente a ella se hubieran secado hasta no dejar rastro.
—Eso es porque estabas demasiado ocupado con otra mujer, así que llegaste tarde para conocer cómo era tu esposa —respondió Renata con frialdad.
Le dio la espalda, dispuesta a dejar atrás a Adrián, que se había quedado petrificado.
—La Renata de antes, esa mujer tonta e ingenua que era capaz de sacrificar los restos de su dignidad en la cocina solo para mendigar una pizca de atención de su marido, ya murió, amor.
Entonces, con una sonrisa fina que, no supo por qué, le oprimió el pecho a Adrián hasta dejarlo sin aire, Renata pronunció su última frase.
—Y para que lo sepas: quien la mató no fue aquel accidente. Fue mi propio marido.
* * *
La luz del sol de la mañana se coló por la rendija de las cortinas, iluminando la silueta de Renata, sentada con elegancia frente al espejo. Adrián, que acababa de terminar de anudarse la corbata, de pronto se quedó inmóvil. Sus ojos parecían clavados, incapaces de despegarse del reflejo de su esposa.
Esa mañana, Renata lucía extraordinariamente deslumbrante. Su cuerpo iba envuelto en un vestido color vino de un diseñador famoso que marcaba su figura a la perfección. Su larga cabellera, que normalmente solo se recogía de cualquier manera, ahora caía suelta y hermosa. Ya no parecía la mujer sumisa a la que se podía pisotear.
Una oleada de orgullo y curiosidad se agitó de golpe en el pecho de Adrián. Carraspeó por lo bajo, intentando disimular su admiración.
—¿Con quién fuiste de compras anoche, para gastar tanto? —indagó Adrián. Sus ojos, entrecerrados y afilados, miraban la espalda de Renata.
En lugar de ponerse nerviosa, Renata sonrió de lado. Tomó un labial carísimo de la mesa y se pintó los labios.
—Con un hombre —respondió Renata con demasiada ligereza.
Cuando en realidad Renata había ido de compras acompañada por Vanesa. Mientras que los "hombres" a los que se refería no eran más que el chofer de un taxi por aplicación y un agente inmobiliario que la había acompañado a revisar su casa nueva.
Para Adrián, en cambio, aquellas dos palabras fueron como gasolina arrojada al fuego. La mandíbula del hombre se tensó. La sangre le hirvió al instante y le quemó el rostro hasta enrojecerlo por completo. Su ego masculino se retorcía con violencia.
—¿A qué hombre te refieres? —exclamó Adrián con la respiración agitada—. ¿Quién es el hombre que se atreve a salir con mi esposa, eh?
Renata volteó y miró a su marido de pies a cabeza con una mirada de absoluto desprecio.
Sin dignarse a pronunciar una sola palabra para explicarse, la mujer tomó su bolso nuevo y salió con paso desenvuelto de la habitación, pasando de largo junto a Adrián sin más.
—¡Renata! —gritó Adrián.