Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 4: ¡Tía, usted me gusta!
Kaleth Giraldo — Cali, Colombia
Kaleth
Parce, ese sábado me había ido de rumba con Santiago y los otros muchachos. Mi mamá estaba de viaje de negocios y en la casa solamente se había quedado Estefanía, así que yo tenía prácticamente toda la noche libre.
Bueno, eso era lo que yo pensaba.
Salimos por la tarde y terminamos tomando licor. Yo llevaba días con la cabeza hecha un ocho, pensando en Estefanía, en lo que sentía por ella y en lo difícil que era vivir bajo el mismo techo sin poder decirle nada.
—¡Kaleth, mi hermano, dejá de pensar tanto y disfrutá la noche! —me gritó Santiago mientras estábamos con los otros parceros.
—¡Eso hago, ome! ¡Dejá la preguntadera, pues! —le respondí, levantando el vaso.
—Vos estás muy raro últimamente, gonorrea. ¿Qué te pasa?
—¡Que no me pasa nada, hijuepuerca! ¡Estoy feliz, vea!
Mis amigos soltaron la carcajada.
La verdad era que yo no estaba feliz. Estaba intentando olvidar a una mujer que, por más que quisiera, no podía sacarme de la cabeza.
A las cuatro de la mañana decidí regresar a la casa. Estaba bastante borracho, caminaba tambaleándome y llevaba encima un olor horrible a licor y cigarrillo. Para completar, venía cantando por toda la calle como si estuviera dando un concierto.
—¡Cali pachanguerooo, Cali luz de un nuevo cielo...! —cantaba desafinado mientras buscaba las llaves en el bolsillo—. ¡Uy, juepucha, ¿dónde las metí?!
Después de revolverme los bolsillos durante un buen rato, por fin las encontré.
Abrí la puerta con cuidado, aunque de cuidado no tenía nada porque casi me voy de jeta contra la pared.
—¡Ay, gonorrea! —murmuré—. ¡Esta puerta se mueve sola o qué hijuepuercas!
—¡Kaleth Giraldo!
¡Ave María, pues!
Esa voz la reconocería hasta en el mismísimo infierno.
Era Estefanía.
Estefanía
Yo estaba en la sala, esperando que Kaleth llegara. Karol me había llamado antes de su viaje para pedirme que estuviera pendiente de él, porque últimamente andaba bastante rebelde.
Cuando escuché la puerta y después una voz cantando a todo pulmón, supe inmediatamente quién era.
—¿Kaleth? ¿Sos vos?
El muchacho apareció en la entrada tambaleándose, con el cabello desordenado y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Tíaaa! ¡Mi tía bonita! ¡Vea, llegó su sobrino favorito!
Me llevé una mano a la frente.
—¡Dios mío, Kaleth! ¿Vos estás borracho?
Él se quedó mirándome y soltó una risita.
—¿Yo? Nooo, tía. ¡Qué va! Yo estoy... estoy perfectamente bien.
Intentó caminar hacia mí, pero se desvió y terminó agarrándose del sofá.
—¡Uy, juepucha! ¿Y este sofá por qué se me atraviesa?
—¡Sentate inmediatamente!
—Bueno, pues, no me regañés, Estefi.
Se dejó caer en el sofá y comenzó a reírse solo.
Me acerqué para comprobar que estuviera bien y el olor a licor y cigarrillo me golpeó de inmediato.
—Kaleth, ¿vos qué hiciste? Tu mamá confía en vos y mirá cómo llegás a la casa.
Él levantó la cabeza lentamente y me miró con una expresión que me dejó desconcertada.
—Tía...
—¿Qué pasó?
—Es que yo te tengo que decir una cosita.
—Hablá, pues.
Kaleth se pasó la mano por la cara, intentando concentrarse.
—Pero no te vayás a enojar conmigo, ¿sí?
—Depende de lo que me vayás a decir.
Él soltó una risita nerviosa.
—Es que vos sos muy bonita, ¿sabés? ¡Pero muy bonita, juepucha!
—Kaleth, estás borracho. Mejor vamos a llevarte a tu habitación.
—¡Nooo, esperá, esperá! ¡Dejame hablar, tía!
Se levantó como pudo y quedó frente a mí, balanceándose ligeramente.
—¿Sabés qué me pasa? ¿Ah? ¿Vos sabés qué me pasa a mí?
—No, mi niño. ¿Qué te pasa?
Me miró fijamente.
—¡Que usted me gusta, tía! ¡Me gusta un montón!
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué acabás de decir, Kaleth?
—¡Que me gustás, Estefanía! —repitió, arrastrando las palabras—. ¡Me gustás desde hace rato, pero yo no te digo nada porque vos me decís mi niño y yo ya no soy ningún niño, ve!
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Él continuó hablando, como si llevara meses esperando aquel momento.
—Y por eso me voy con los muchachos, y tomo, y hago puras cagadas... porque quiero olvidarme de vos, pero no puedo, tía. ¡No puedo, hijuepuerca!
Se le quebró un poquito la voz.
—Yo sé que vos sos la mejor amiga de mi mamá y que me cuidás desde chiquito, pero yo no sé qué hacer con esto que siento.
Me quedé sin palabras.
Kaleth intentó acercarse un poco más, pero lo sujeté suavemente por los hombros para que no perdiera el equilibrio.
—Bueno, mi niño, ya. Estás muy borracho y necesitás descansar. Mañana, cuando estés sobrio, vamos a hablar de todo esto, ¿bueno?
—¿Pero no estás brava conmigo?
—Estoy preocupada por vos. Ahora vamos a tu habitación.
—¿Y todavía me querés?
Suspiré y le acomodé el brazo sobre mis hombros para ayudarlo a caminar.
—Claro que te quiero, Kaleth. Pero ahora necesitás dormir.
Lo acompañé hasta su habitación, le ayudé a sentarse y me aseguré de que estuviera a salvo. Después me quedé unos instantes junto a la puerta, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
Kaleth estaba enamorado de mí.
Y yo, que llevaba días intentando entender mis propios sentimientos, acababa de escuchar de sus labios aquello que jamás imaginé que me confesaría.
Pero había una cosa que tenía clara: no íbamos a tomar ninguna decisión mientras él estuviera borracho.
A la mañana siguiente tendríamos que hablar, y esa conversación podía cambiar nuestra relación para siempre.