Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.
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Capítulo 6
Capítulo 6. Hay que interrumpir el embarazo o perderás la vida
Lucía regresó a la casa vacía. Pensó en los papeles del divorcio que Adrián le había mandado y en la respuesta a su mensaje. Le dolía el corazón como si lo estuvieran cortando con un cuchillo.
No había imaginado que pudiera despreciarla tanto. Que fuera capaz de ordenarle abortar con semejante frialdad.
Tenía miedo. Si Adrián de verdad intentaba obligarla, ¿qué iba a hacer?
Se oyó un ruido en la entrada. Él había vuelto. Alto, impecable, con aquella belleza fría y aquel porte distinguido.
Lucía se sorprendió, pero sintió todavía más inquietud y miedo.
Temía que la obligara a abortar. Sin embargo, Adrián no mencionó el embarazo ni el divorcio. Le recordó que al día siguiente debía acompañarlo a la casa de los Beltrán como su esposa: su madre cumplía cincuenta años.
La alegría la tomó por sorpresa. ¿Significaba que estaba empezando a aceptarla?
Él no tardó en destruir aquella ilusión. La miró con indiferencia y habló con una voz helada: —No te hagas ideas, Lucía. Mi opinión de ti no va a cambiar. Jamás podría enamorarme de una mujer tan rastrera y sin vergüenza como tú.
Cada palabra despiadada le atravesó el pecho como una espada.
De pronto le pareció absurdo. Lo miró y, en su rostro sin maquillaje, apareció una sonrisa desafiante. —Sí, soy rastrera. Me rebajo persiguiendo a un hombre que no me ama. Pero al lado de esa joyita que tanto adora el señor Beltrán, lo mío no es nada.
Adrián se quedó inmóvil a medio quitarse el saco. Volvió la cabeza. Su rostro hermoso y firme se cubrió de una rabia helada. —¿Estás pidiendo otra paliza, Lucía?
—Digo la verdad. ¿Sabes por qué acabaste en la cama conmigo hace tres meses, Adrián?
Lucía se acercó a él con la mirada firme. —¡Fue Valeria! ¡Ella lo planeó todo!
—Quería tenderte una trampa para acostarse contigo. Pero se equivocó y terminó en la cama con un desconocido. Ahora está embarazada. ¡Puede que el hijo que espera ni siquiera sea tuyo!
La expresión de Adrián se volvió oscura, aterradora.
La agarró y la atrajo con violencia. Le rodeó el cuello con sus dedos, tibios contra la piel. Los fue cerrando cada vez más. Lucía empezó a quedarse sin aire.
—¿Crees que voy a creerte? ¿Te crees a la altura de Valeria, descarada?
Después de decirlo con absoluta crueldad, la soltó de un empujón.
Lucía apenas pudo volver a respirar. Antes de recuperar el equilibrio, tropezó y cayó. Se golpeó el vientre justo contra una esquina de la cama.
Un dolor que le cortó el aliento la atravesó. Empezó a sudar frío. Se sujetó el bajo vientre y miró la espalda de Adrián, que ya se alejaba. —Adrián, me duele… —pidió ayuda.
Él se detuvo y la miró con indiferencia, sentada en el suelo. —Cada día actúas mejor. No te pasa nada. Y aunque te pasara algo de verdad, tampoco me importaría.
Nada podría haberla herido más que aquellas palabras.
Poco después perdió el conocimiento. Cuando despertó, ya era el día siguiente.
Recordó lo ocurrido y los ojos se le abrieron de golpe. Se palpó el vientre, desesperada.
Una médica entró a revisarla justo entonces. Al verla así, le dirigió una mirada desdeñosa. —Por ahora, el embarazo sigue adelante.
Lucía se sobresaltó y la miró con miedo. —¿Qué quiere decir «por ahora», doctora?
—Que tienes un tumor maligno en el útero. Hay que interrumpir el embarazo. Si no, puedes morir.
Lucía se quedó inmóvil, atónita. La mente se le puso en blanco.
—Lu. Lu.
No supo cuánto tiempo pasó antes de oír que alguien la llamaba.
Reaccionó de golpe. Frente a ella había un rostro conocido: Natalia Navarro, su única amiga de verdad.
Natalia vio lo pálida que estaba y la miró, preocupada y furiosa. —¡Se supone que somos amigas, Lucía! ¡Te pasa algo tan grave y no me dices nada!
—Nati, ¿qué haces aquí? —preguntó ella, confundida.
—¿Todavía preguntas? Anoche me llamaste. Apenas dijiste dos palabras y te desmayaste. —Natalia le puso una mano en la frente—. ¿No me digas que perdiste la memoria?
Lucía no había perdido la memoria. Recordaba a Adrián apretándole el cuello y empujándola después. El golpe del vientre contra la cama. El dolor que no la dejaba enderezarse. Y cómo él se había marchado sin piedad, después de soltar aquellas palabras tan frías.
Sintió como si volvieran a cortarle el corazón, despacio. El dolor le llegó hasta los huesos.
Natalia se volvió y se sentó en la cama, muy seria. —¿Y Adrián? Es tu marido. Llevas horas en el hospital y ni siquiera se ha asomado.
Lucía apartó la mirada, incómoda. —Tiene mucho trabajo.
—Sí, ocupado con Valeria, su amante —replicó Natalia, sin rodeos—. Te tiene tan embobada que, después de todo lo que te pasó, todavía lo defiendes.
Lucía sonrió con amargura. —Qué le voy a hacer. Lo quiero.
—Pues no creo que te quede mucho tiempo para seguir queriéndolo. —Natalia mantuvo su franqueza—. Oíste lo que dijo la doctora, ¿verdad?
Lucía volvió a quedarse paralizada. A Natalia se le encogió el corazón al verla.
—Podrás tener otros hijos. Tu vida es más importante.
—No habrá otros —respondió Lucía con una sonrisa amarga.
Natalia la miró, confundida. Iba a hablar cuando Lucía le agarró la mano de golpe.
—No le cuentes esto a nadie, Nati. Sobre todo a Adrián.
—¡Te volviste loca! ¿Vas a dejarte morir por este bebé?
Natalia se levantó de un salto. Iba a gritarle para hacerla reaccionar cuando sonó el tono especial del celular de Lucía.
Lucía se quedó mirando el nombre en la pantalla. Tardó unos segundos en contestar. La voz grave y fría de Adrián llegó enseguida: —¿Lo haces a propósito?
El reproche la dejó desconcertada.
—Si no te veo en la casa de mi familia en media hora, no vuelvas a poner un pie aquí en tu vida.
Entonces recordó lo que le había dicho la noche anterior. Era el cumpleaños cincuenta de su madre. Tenía que acompañarlo como su esposa.
Estaba a punto de decir que sí, pero Natalia le quitó el celular. —¿Qué clase de marido eres, Adrián? ¿Tienes idea de que tu esposa está…?
Por miedo a que le contara lo del tumor, Lucía recuperó el teléfono a toda prisa. —¡Voy enseguida! —Colgó sin demorarse ni un segundo.
Natalia estaba desesperada con ella, pero no pudo hacerla cambiar de opinión. Antes de subirla al taxi, le insistió muy seriamente en que cuidara su salud. Lucía le prometió que sí.
Llegó a la residencia de los Beltrán lo más rápido que pudo. La fiesta ya había empezado. En el jardín, mujeres de la alta sociedad, vestidas con lujo, conversaban y reían. Ella venía directamente del hospital, con un conjunto gris de ropa de casa. Desentonaba por completo.
Bajó un poco la cabeza y se dispuso a buscar a Adrián. Pero una mujer que estaba a su lado se volvió de pronto y chocó con ella al pasar. El vino tinto se derramó de su copa.
—¡Mi vestido! —chilló la mujer. La miró con furia—. ¡Fíjate por dónde caminas! ¿Estás ciega? ¿Cómo contratan los Beltrán a una sirvienta tan inútil?