NovelToon NovelToon
Los Protegeré

Los Protegeré

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Venganza
Popularitas:364
Nilai: 5
nombre de autor: Leandro Martin Diaz

En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.

NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: Tres Elementos

El castigo de Elia terminó una semana después de haber bañado al maestro de gremio.

Durante esos días limpió el patio, ordenó vendas y ayudó a llevar agua.

También entrenó con Bram, aunque todavía no podía usar la espada durante mucho tiempo. Sus brazos se cansaban rápido y sus piernas no siempre obedecían cuando intentaba moverse con rapidez.

Aun así, Elia no se quejaba tanto como antes.

Había entendido que las tareas también formaban parte del aprendizaje.

Una mañana, Orven la llamó al patio de entrenamiento, sobre una mesa había tres cuencos vacíos, una jarra de agua, varias velas y tres pequeñas placas de metal.

—¿Qué vamos a hacer?

Preguntó Elia.

—Vamos a repasar la base de la magia.

—¿Ya no voy a limpiar?

—Después.

Elia observó la mesa.

—¿Puedo practicar los tres elementos?

—Sí, pero uno por uno.

—¿Por qué no todos juntos?

—Porque todavía estás aprendiendo a controlar cada uno. Si mezclás agua, fuego y rayo sin saber lo que hacés, no solo puedes lastimarte ati misma si no a los que te rodean.

Elia recordó el humo de la vela y la marca que había dejado el rayo en el suelo.

—Entiendo.

—Antes de practicar, quiero explicarte algo. La magia no aparece solo porque una persona tenga energía, primero necesitás mana. Después necesitás imaginar lo que quieres crear porque la imaginación le da una forma a la magia.

—¿Como una bola?

—Como una bola, una pared, una cinta o cualquier otra forma que puedas imaginar con claridad.

—¿Y si no puedo imaginarla bien?

—La magia puede salir mal o tomar una forma distinta.

—¿Como cuando hice la esfera de agua y se volvió grande?

—Exactamente.

Orven señaló la jarra.

—El agua es fácil de mover, pero puede perder su forma si te distraés. El fuego necesita límites, porque puede extenderse. El rayo es rápido y tienes que pensar hacia dónde quieres enviarlo antes de crearlo.

—¿Y los otros elementos?

—Cada uno tiene sus propias dificultades. Más adelante aprenderás otros, si tienes la capacidad y la paciencia necesaria.

Elia miró las placas de metal.

—¿Qué tengo que hacer hoy?

—Crear una forma sencilla con cada elemento, no quiero hechizos grandes o quiero ataques. Solo formas pequeñas que puedas mantener unos segundos y apagar sin ayuda.

—¿Puedo hacer una bola de fuego?

—Sí.

—¿Y una bola de agua?

—También.

—¿Y una bola de rayo?

—Una esfera de rayo sería más difícil. Empieza con una chispa pequeña alrededor de una de las placas.

Elia asintió, le gustaba que Orven explicara las cosas antes de pedirle que las hiciera porque así podía pensar con calma.

—Primero el agua.

Dijo Orven.

Elia se colocó frente a la jarra, respiró y cerró los ojos.

No imaginó solamente agua, imaginó una esfera redonda y transparente del tamaño de una nuez.

La esfera debía salir de la jarra, quedar suspendida sobre el cuenco y caer dentro cuando ella terminara.

La imagen apareció en su mente.

El agua salió de la jarra.

Al principio parecía un hilo, pero después se unió hasta formar una pequeña bola, la esfera flotó sobre el cuenco y giró lentamente.

Elia sonrió.

—No abras los ojos todavía.

Dijo Orven.

—¿Por qué?

—Porque todavía no terminaste.

Elia mantuvo la imagen, la esfera tembló y entonces el agua comenzó a perder su forma por un lado.

—La estoy perdiendo.

Dijo.

—No intentes hacerla más grande. Piensa en la forma que ya tiene.

Elia respiró, volvió a imaginar la esfera redonda y lisa.

El borde dejó de deformarse.

—Ahora que caiga dentro del cuenco.

Indicó Orven.

Elia imaginó que la esfera bajaba despacio.

El agua cayó en el cuenco sin salpicar.

Elia abrió los ojos.

—Lo hice.

—Sí. Pero te falto más concentración al principio y el final fue perfecto.

—La esfera casi se rompe al inicio.

—Pero no se rompió.

—¿Eso quiere decir que estuvo bien?

—Significa que fue un buen comienzo.

Orven llenó otro cuenco con agua.

—Ahora hacé una esfera un poco más grande.

Elia volvió a cerrar los ojos, imaginó una bola del tamaño de una manzana pequeña.

El agua salió del cuenco y tomó la forma que había pensado.

La esfera se elevó unos centímetros, pero comenzó a girar demasiado rápido, Elia perdió la concentración, el agua se deshizo y cayó sobre la mesa.

Elia abrió los ojos.

—Era demasiado grande.

—Para tu control actual, sí.

—Voy a poder hacerla más adelante.

—Si practicás, probablemente.

—Entonces no fallé. Solo lo intenté antes de tiempo.

Orven la miró con seriedad.

—Eso es una forma más justa de entenderlo. Pero también tienes que aceptar que todavía no estás preparada para una esfera grande.

Elia limpió la mesa con un paño.

—Lo acepto.

—¿De verdad?

—Sí. Pero igual voy a intentarlo otra vez algún día.

—Eso espero. Aprender no significa dejar de intentarlo. Significa saber cuándo hacerlo.

Orven retiró la jarra y colocó una vela sobre la mesa.

—Ahora fuego.

Elia miró la llama apagada, el fuego había sido el elemento que más problemas le había causado.

Cuando sentía miedo, aparecía con demasiada fuerza, cuando intentaba hacerlo pequeño a veces desaparecía antes de tiempo.

—¿Qué tengo que imaginar?

Preguntó.

—Una bola pequeña sobre la palma de tu mano. No tiene que tocarte, imaginá también el espacio que la rodea. Si no pensás en sus límites, puede crecer.

Elia extendió una mano.

Cerró los ojos y creó una imagen. Vio una esfera roja y dorada del tamaño de una ciruela, la imaginó flotando sobre su palma, separada de su piel.

Pensó en el calor, pero no dejó que fuera demasiado fuerte.

Una pequeña bola de fuego apareció.

Elia sintió calor en la mano, aunque la llama estaba a unos centímetros de ella.

—Mantenela así.

Dijo Orven.

Elia respiró despacio.

La bola comenzó a aumentar de tamaño.

—Está creciendo.

Dijo.

—No te asustes. Piensa en el tamaño que quieres que tenga.

Elia volvió a imaginar la esfera pequeña y el fuego se redujo, pero la llama tembló.

—No puedo mantenerla mucho tiempo.

—No hace falta que la mantengas durante mucho tiempo. Solo aprendé a darle forma.

—¿Cómo la desago?

—Imaginá que el fuego desaparece.

Elia pensó en la bola perdiendo calor, la esfera se hizo más pequeña hasta convertirse en una chispa y finalmente desapareció.

Elia abrió los ojos.

—Fue más fácil hacer que desapareciera que crearla.

—Eso es algo bueno. Un mago debe saber controlar lo que crea.

—¿Puedo hacer otra?

—Sí, pero primero descansá un momento.

Elia bajó la mano, tenía la palma caliente, aunque no se había quemado.

—El fuego necesita que piense en el tamaño todo el tiempo.

—Necesita límites. Si imaginás fuerza, calor y movimiento, pero olvidás el tamaño, la bola crecerá.

—Entonces tengo que imaginar muchas cosas al mismo tiempo.

—Con el tiempo será más fácil.

—¿Cuánto tiempo?

—No hay una respuesta para eso.

Elia se sentó en un banco.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque muchas cosas necesitan tiempo y depende de uno mismo.

Elia no guardo silencio y después volvió a levantarse.

Orven colocó una placa de metal sobre la mesa.

—Ahora practicaremos el rayo. No vas a lanzar una descarga solo crearás una chispa pequeña sobre la placa.

—¿Puedo hacer una bola?

—Todavía no. El rayo es más complicado que el agua y el fuego. Primero debes aprender a darle un lugar donde quedarse.

Elia observó la placa.

—¿La chispa va a tocarla?

—Sí, ahora imaginá una línea corta que nazca en tu dedo y termine en el metal.

Elia levantó el dedo índice, cerró los ojos e imaginó una línea azul muy fina.

No pensó en una tormenta ni en un relámpago enorme, solo en una pequeña chispa, un camino corto y una placa esperando al final.

El rayo apareció.

La chispa saltó hasta el metal y produjo un sonido seco.

Elia abrió los ojos.

—Fue rápido.

—Por eso no podés dudar después de crearla.

—¿Puedo hacerla más grande?

—No.

—Solo un poco.

—Elia.

Ella bajó el dedo.

—Está bien.

Orven colocó una segunda placa a poca distancia de la primera.

—Ahora imaginá una chispa que vaya de una placa a la otra.

—¿Desde mi mano?

—No. La chispa empezará en la primera placa.

Elia observó los dos metales, no había usado el rayo de esa forma antes.

Imaginó una línea azul que salía de una placa, cruzaba el pequeño espacio y terminaba en la otra.

La chispa apareció entre ellas.

Durante un instante funcionó.

Después desapareció.

—¿Qué pasó?

Preguntó Elia.

—La imagen se volvió borrosa.

—Pensé en la primera placa y olvidé la segunda.

—Por eso el rayo necesita un camino.

Elia lo intentó una segunda vez, la chispa cruzó de una placa a la otra y se desapareció sin dejar marcas.

—Ahora sí.

Dijo Orven.

Elia sonrió, Orven retiró las placas y dejó una pequeña campana sobre la mesa.

—Para terminar, quiero que hagas sonar la campana con una chispa.

—¿Puedo usar agua o fuego?

—Puedes intentarlo, pero el rayo seria perfecto para esta tarea.

Elia imaginó una pequeña línea azul que golpeaba la campana.

La primera chispa fue demasiado y un sonido llenó el patio.

Elia dio un paso atrás.

—Eso fue mucho.

—Sí. Ahora preuna de nuevo y con menos fuerza.

La segunda chispa produjo un sonido corto y claro.

—Bien.

Dijo Orven.

—Ya tienes una forma básica para los tres elementos.

—Una bola de agua, una bola de fuego y una chispa de rayo.

—Por ahora.

—Más adelante haré una bola de rayo.

—Cuando aprendas a controlar los atributos mejor.

Elia miró sus manos.

—¿Los otros aventureros también tienen que imaginar lo que hacen?

—Todos usan la mente para guiar la magia. Algunos imaginan formas sencillas, otros pasan años creando técnicas propias.

—¿Yo puedo inventar técnicas?

—Sí, pero primero tienes que aprender las bases.

—¿Cuántas bases hay?

—No existe una cantidad. Tienes que conocer tu mana, entender tu elemento y aprender a controlar lo que creás.

—¿Y después puedo hacer cosas nuevas?

—Después puedes intentarlo.

—Lo voy a hacer.

—Eso ya me lo imaginaba.

Durante las semanas siguientes, Elia repitió esos ejercicios.

El agua fue el primer elemento que logró controlar durante más tiempo, podía crear una esfera pequeña y mantenerla en el aire unos segundos.

El fuego seguía siendo más difícil, pero aprendió a formar una bola pequeña y apagarla sin ayuda.

Pero el rayo era el que más la cansaba, podía crear una chispa, aunque necesitaba descansar después de varias pruebas.

No intentaba hacer ataques grandes, Orven no se lo permitía y Elia ya había aprendido que la fuerza no era lo más importante.

Por las mañanas practicaba con Bram.

Una mañana llegó temprano a la sala y vio a varios aventureros entrenando con bolsas de arena y brazaletes pesados.

Una mujer caminaba con un cinturón lleno de pequeños sacos, un hombre practicaba con una espada mientras llevaba pesas en los brazos.

Elia se quedó observándolos desde la entrada.

Cuando se quitaban las pesas, sus movimientos eran más rápidos y ligeros.

Bram se acercó a ella.

—¿Qué mirás?

—Las bolsas.

—Son pesas.

—¿Por qué las usan?

—Para que el cuerpo trabaje más. Cuando se acostumbran a ellas, moverse sin peso resulta más fácil.

—¿Puedo usarlas yo?

—Más adelante. Primero tienes que aprender a moverte bien sin ellas.

Elia asintió, pero no olvidó la idea.

Esa noche buscó un trozo de tela vieja en un armario de la Casa de los Puentes.

Hizo dos pequeños saquitos, los llenó con poca arena y los escondió debajo de su almohada.

Al día siguiente se los puso debajo de las mangas.

El peso era pequeño, pero podía sentirlo cada vez que movía los brazos, caminó por la casa, ayudó a llevar platos y después subió las escaleras.

Cuando sus brazos se cansaron, se quitó los saquitos.

No le contó a nadie lo que estaba haciendo.

Después de varios días creó unas tobilleras con la misma tela, las usaba durante ratos cortos y se las quitaba cuando las piernas comenzaban a dolerle.

No aumentó el peso, quería acostumbrarse primero.

Una tarde, mientras ordenaba unos libros en la biblioteca del gremio, escuchó una conversación entre Sira y un aventurero viejo.

—El mana se parece a un pozo.

Decía el hombre.

—Si sacás todo de golpe, el cuerpo queda vacío. Si lo entrenas, puede hacerse más profundo con el tiempo.

—¿Y cómo se entrena?

Preguntó Sira.

—Con descanso, respiración y meditación. No es rápido y no sirve para volverse fuerte en una noche.

—Muchos jóvenes no tienen paciencia.

—Por eso se cansan antes de aprender a controlar lo que tienen.

Elia fingió ordenar los libros, pero siguió escuchando.

—También existe una técnica llamada Las Cinco Llaves.

Continuó el anciano.

—Sirve para abrir el mana por etapas. No crea energía, solo ayuda a usar la que ya tienes sin liberar todo de golpe.

Elia guardó esas palabras en su cabeza.

Esa noche encontró un pequeño libro sobre meditación en un estante de la Casa de los Puentes.

Lo llevó a su habitación y lo leyó despacio.

El libro explicaba que la meditación no daba poder de la noche a la mañana. Servía para conocer mejor el mana, calmar la mente y aprender a usar la energía sin desperdiciarla.

Elia esperó hasta que todos se durmieran, después se sentó junto a la ventana, apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos.

Imaginó un cuenco dentro de su pecho.

No pensó en llenarlo de energía, solo imaginó una gota tibia cayendo en el fondo.

La imagen desapareció después de unos segundos, Elia pensó en la cena, en el entrenamiento y en las pesas escondidas bajo su almohada.

Abrió los ojos y volvió a intentarlo.

Esta vez imaginó el cuenco más pequeño, la gota cayó dentro y produjo una luz suave.

Elia respiró lentamente.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Escuchó un ruido en la habitación de al lado y perdió la concentración, abrió los ojos.

No había sentido nada especial, no podía lanzar más fuego ni crear más agua.

Sin embargo, había mantenido la imagen durante unos minutos.

Para ella, eso era suficiente.

Repitió el ejercicio la noche siguiente y después volvió a hacerlo varios días más.

A veces se quedaba dormida antes de terminar, otras veces le dolía la espalda y tenía que descansar.

No intentó forzarse, el libro decía que la meditación necesitaba calma y paciencia.

Durante ese tiempo, Elia siguió practicando sus tres elementos.

La esfera de agua fue creciendo poco a poco, no se volvió enorme, pero podía mantenerla durante más tiempo.

La bola de fuego dejó de crecer tanto, si la imaginaba pequeña, podía hacerla durar mas.

La chispa de rayo seguía siendo rápida, pero ya podía dirigirla hacia una placa sin problemas.

También siguió usando los saquitos de arena, primero los llevó durante unos minutos.

Después durante media hora, cuando sus brazos y piernas se acostumbraron, agregó un poco más de arena.

No quería que nadie lo supiera todavía.

Elia no sabía cómo explicar por qué prefería mantenerlo en secreto.

Tal vez no quería que todos esperaran demasiado de ella, tal vez temía que Orven decidiera que estaba avanzando muy rápido o quizá simplemente quería tener algo que fuera solo suyo.

Una tarde, después de practicar fuego, Elia se sentó junto a la pared y miró sus manos.

—¿Qué estás pensando?

Preguntó Orven.

—Que la magia no es solo tener fuerza.

—¿Qué más es?

—Es imaginar bien lo que quiero hacer y después mantener la imagen.

—Sí.

—Si imagino una bola de agua, puedo hacer una bola de agua. Si imagino una bola de fuego, puedo hacer una bola de fuego. Pero si la imagen cambia, la magia también cambia.

—Ahora lo entiendes mejor.

—Más adelante voy a crear mis propias formas.

—Eso espero.

—Y quizá mis propias técnicas.

Orven la observó con atención.

—Primero aprendé a crear una esfera de agua sin mojar la mesa.

Elia miró el cuenco que tenía delante, una gota había caído sobre la madera.

—Casi lo logro.

—No significa que lo hayas logrado.

—Pero tampoco significa que no pueda hacerlo.

—Eso es cierto.

Esa noche Elia volvió a meditar.

Imaginó el cuenco dentro de su pecho, pero esta vez pudo mantenerlo durante más tiempo.

No sintió una gran explosión de energía, solo notó que la gota de luz tardaba más en desaparecer.

El mana no creció de repente, el cambio fue pequeño casi imposible de notar.

Pero Elia sabía que estaba comenzando algo.

Todavía no sabía que algún día leería más sobre Las Cinco Llaves y decidiría crear su propia técnica.

Todavía no tenía un nombre para ella, mo sabía cuántas estrellas necesitaría ni qué riesgos tendría abrirlas.

Por ahora solo tenía un cuenco imaginario, una gota de luz y dos pesas escondidas debajo de la almohada.

A la mañana siguiente se colocó los saquitos en los brazos y las piernas.

Después fue al gremio y comenzó su entrenamiento con Bram.

—¿Lista?

Preguntó él.

Elia tomó la espada de madera y colocó los pies como le habían enseñado.

—Sí.

—Entonces empezamos despacio.

Elia respiró y levantó la espada.

Sus brazos temblaron un poco, pero no bajó el arma.

Todavía tenía cinco años y estaba lejos de ser una aventurera fuerte.

Todavía debía aprender mucho sobre su cuerpo, la espada, la magia y los elementos que respondían a su imaginación.

Pero estaba avanzando.

Un poco cada día.

Sin saltarse los pasos.

Y sin que nadie lo supiera, también estaba preparando el mana que algún día la llevaría a crear una más poderosa que la de las Cinco Llaves.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play