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Me Casé Con El Príncipe Maldito Para Escapar Del Heredero

Me Casé Con El Príncipe Maldito Para Escapar Del Heredero

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor en la guerra / Bestia / Romance
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Darcalie

Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.

Esa misma noche, mi padre apareció muerto.

Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.

Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.

Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.

Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.

—Bienvenido a casa, mi rey.

Entonces se arrodillaron ante mí.

—Bienvenida, mi reina.

NovelToon tiene autorización de Darcalie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: No toques a mi esposa.

A la mañana siguiente, Killian actuó como si nada hubiera ocurrido.

Yo, en cambio, llevaba varias horas intentando decidir si mi esposo estaba poseído por una criatura demoníaca.

No era exactamente el tipo de problema matrimonial que había esperado tener.

Cuando llegué al comedor, Killian estaba sentado frente a una mesa cubierta de documentos, completamente vestido y con el cabello todavía húmedo. La luz de la mañana atravesaba los ventanales y, para mi profunda irritación, no había ninguna marca negra visible sobre su cuello.

Parecía perfectamente normal.

Todo lo normal que podía parecer un hombre acusado de una masacre.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

Me senté frente a él.

Esperé.

Killian continuó leyendo.

—¿Durmió bien?

—Sí.

—Qué maravilla.

Pasó una página.

—¿Y usted?

—Estupendamente. Especialmente después de ver cómo los ojos de mi esposo se volvían negros mientras algo gruñía debajo de la fortaleza.

Killian dejó el documento.

—Creí que hablaríamos de esto más tarde.

—Es más tarde.

—Han pasado siete horas.

—Me parecen suficientes.

Greta entró acompañada por dos sirvientes y comenzó a colocar el desayuno sobre la mesa. Esperé hasta que se retiraron.

—¿Qué es Morvath?

Killian permaneció inmóvil.

Había acertado.

—Ayer dijo que el lobo del tapiz se llamaba así. Después vi esas marcas y escuché algo que definitivamente no era una rata particularmente grande.

—No deberías acercarte a él.

—¿Osea que es un ser viviente real y no mitológico?

—No con exactitud...

—Eso no responde mi pregunta.

—Es la única respuesta que tendrás por ahora.

Me recliné en la silla.

—Este matrimonio se está convirtiendo rápidamente en una decepción.

—Llevamos menos de un día.

—Precisamente. Imagine cómo estaremos en un mes.

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.

Antes de que pudiera continuar interrogándolo, las puertas se abrieron.

Ronan entró.

Su expresión bastó para que Killian abandonara cualquier rastro de humor.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

Ronan me miró.

—La mansión Aster.

Me puse de pie.

—¿Qué ocurrió?

—Hombres del Consejo Imperial llegaron esta mañana. Pretenden realizar un inventario completo de las propiedades del ducado mientras se resuelve la sucesión.

—La sucesión ya está resuelta. Soy la única heredera.

—Lo sabemos.

Miré a Killian.

—Cassiel...

—Probablemente.

Sentí cómo la rabia desplazaba cualquier intención de seguir preguntando por Morvath.

—Voy a la mansión.

Killian se levantó.

—Voy contigo.

—No necesito...

—No era una pregunta.

Entrecerré los ojos.

—Ayer parecía muy interesado en que pudiera decidir por mí misma.

—Y puedes decidir perfectamente si quieres ir. Yo he decidido acompañarte.

Odiaba que aquello tuviera sentido.

⬩➤

Las puertas de la mansión Aster estaban abiertas cuando llegamos.

Había carruajes oficiales ocupando la entrada y soldados imperiales distribuidos por los jardines.

Mi hogar parecía haber sido ocupado.

Descendí del caballo antes de que Killian pudiera ayudarme.

—Alamea...

—Estoy bien.

—No dije nada.

—Lo estaba pensando.

Ronan soltó una risa detrás de nosotros.

Killian giró lentamente la cabeza hacia él.

La expresión de Ronan cambió al instante. Enderezó la espalda y recuperó una seriedad tan exagerada que tuve que contener una sonrisa.

No dije nada. Simplemente entré en la habitación.

El despacho de mi padre ya no parecía el mismo.

Varios hombres se encontraban dentro, revisando cajas, abriendo cajones y examinando documentos. Uno de ellos retiraba libros de los estantes y los colocaba sobre una mesa, mientras otro revisaba los cuadros y objetos que habían permanecido allí durante años.

Sentí que la rabia me subía lentamente desde el estómago hasta la garganta.

Aquel había sido el despacho de mi padre.

El lugar donde había trabajado durante años. Donde había tomado decisiones que afectaban a nuestra familia y donde, hasta hacía apenas unos días, yo todavía podía encontrarlo.

—¿Qué están haciendo?

Mi voz atravesó la habitación.

Todos se detuvieron.

El hombre que sostenía varios documentos se quedó inmóvil antes de volverlos a dejar sobre la mesa. Entonces un hombre de cabello gris se giró hacia mí.

Lo reconocí de inmediato.

Lord Bertram, secretario del Consejo.

Su expresión apenas cambió al encontrarme allí.

—Lady Alamea.

—Duquesa Aster —lo corregí.

Su sonrisa se tensó.

—Por supuesto. Mis condolencias.

—Puede ofrecérmelas mientras devuelve las cosas de mi padre a su lugar.

—Actuamos por orden imperial.

—Esta propiedad pertenece a la Casa Aster.

—Existen ciertas dudas legales después de su inesperado matrimonio.

—Mi matrimonio no modifica mi derecho de nacimiento.

—Eso deberá determinarlo el Consejo.

Killian entró detrás de mí.

El efecto fue inmediato. Los soldados dejaron de moverse y Lord Bertram perdió parte del color del rostro antes de inclinarse.

—Su Alteza.

—Continúa —dijo Killian con una calma que resultaba mucho más intimidante que un grito—. Estaba disfrutando mucho de la explicación.

Bertram tragó saliva.

—Cumplimos órdenes, Su Alteza.

—Entonces enséñamelas.

Uno de los funcionarios se apresuró a entregarle un documento. Killian lo examinó durante unos segundos antes de levantar la mirada.

—No está firmado por el emperador.

—Fue autorizado por el Príncipe Cassiel.

—Cassiel no es emperador.

Bertram vaciló.

—Es el heredero.

Killian le devolvió una mirada fría.

—Entonces quizá debería esperar a heredar antes de empezar a comportarse como si la Corona ya fuera suya.

Extendió el documento hacia mí.

—La casa es tuya. Decide.

Tomé el papel, aunque apenas le presté atención. Miré a los hombres que habían estado registrando las pertenencias de mi padre y sentí que la rabia volvía a instalarse en mi pecho.

—Fuera.

Bertram abrió la boca.

—Duquesa...

—He dicho fuera.

Nadie discutió.

Los hombres comenzaron a recoger apresuradamente sus documentos y pertenencias antes de abandonar el despacho. Bertram fue el último en marcharse, lanzándome una mirada que no me gustó nada.

Esperé hasta que desapareció por la puerta.

Entonces escuché un ruido en el piso superior.

Un golpe seco.

Después, el sonido inconfundible de algo rompiéndose.

Me giré hacia las escaleras.

—¿Quién está arriba?

Nadie respondió.

No esperé a que lo hicieran.

Subí los primeros escalones con el corazón acelerado.

—Alamea.

Killian venía detrás de mí, pero continué avanzando. Llegué al corredor de las habitaciones familiares y me detuve al encontrar abierta la puerta del dormitorio de mi padre.

La misma habitación en la que había estado tantas veces.

La misma habitación que, hasta hacía poco, todavía había pertenecido a él.

Ahora había un desconocido dentro.

Se encontraba frente al armario, con varios cajones abiertos y documentos esparcidos sobre el suelo. Al escucharme, se volvió lentamente.

No reconocí su rostro.

Y eso fue suficiente.

—¿Quién eres?

El hombre no respondió.

Durante un segundo permanecimos mirándonos.

Entonces corrió hacia la ventana.

—¡Detente!

Lo perseguí.

Fue una estupidez. Comprendí exactamente cuánto había sido cuando el hombre se volvió y vi el destello de una daga en su mano.

No tuve tiempo de retroceder.

Me sujetó del brazo y me arrastró contra su cuerpo. El metal quedó apoyado junto a mi garganta y todo mi cuerpo se tensó de inmediato. Sentí la respiración del hombre contra mi oído mientras intentaba mantenerme inmóvil.

Entonces Killian apareció en la puerta.

Se detuvo.

El hombre apretó la daga contra mi piel.

—No se acerque.

Killian no respondió.

Nunca había visto una expresión tan vacía.

No había ira en su rostro. Ni miedo. Ni siquiera preocupación.

Solo una calma aterradora.

—Déjeme salir —continuó el hombre— o la mato.

La hoja rozó mi garganta y contuve el aliento.

Killian inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Quién te envió?

—No importa.

—Para ti debería.

El hombre comenzó a retroceder, arrastrándome con él hacia la ventana.

—¡He dicho que no se acerque!

Killian dio un paso.

—Killian.

No sabía qué había en mi voz. Tal vez era una advertencia. Tal vez una súplica.

Sus ojos encontraron los míos.

Durante un instante, todo pareció detenerse.

—Cierra los ojos, Alamea.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Confía en mí y cierra los ojos.

El hombre movió la daga.

—¡No dé otro paso!

Cerré los ojos.

Escuché algo.

Primero fue un sonido bajo, casi imperceptible. Después se transformó en un gruñido profundo que pareció atravesar la habitación.

No era humano.

Sentí cómo el hombre que me sujetaba se quedaba rígido.

Hubo un movimiento brusco.

Un golpe.

La presión desapareció de mi garganta.

Abrí los ojos por curiosidad.

Killian estaba frente a mí.

No había visto cómo había cruzado la habitación.

El hombre yacía en el suelo, con el rostro contra las tablas, mientras Killian sostenía su muñeca en un ángulo que ninguna muñeca debería alcanzar.

Las marcas negras habían vuelto a aparecer sobre su cuello.

Esta vez eran mucho más visibles.

Se extendían desde la clavícula hasta la mandíbula, ramificándose bajo su piel como venas de tinta.

Killian bajó la mirada hacia el hombre.

—¿Quién te envió?

El hombre gritó cuando Killian aumentó la presión.

—¡No lo sé!

—Respuesta incorrecta.

Un crujido seco resonó en la habitación.

Aparté la mirada por instinto.

—¡Un hombre del palacio! —gritó el intruso—. ¡No sé su nombre! Solo me dijeron que encontrara los documentos del difunto duque.

Killian se inclinó hacia él.

—¿Y matarla?

—No.

—Tenías una daga en su garganta.

—Entró de repente. Yo solo...

Killian lo levantó del suelo sujetándolo por el cuello.

El hombre comenzó a forcejear, pero apenas consiguió moverlo.

—Killian.

No reaccionó.

Lo observé con el corazón golpeándome las costillas.

Había algo diferente en él.

Las marcas negras continuaban extendiéndose y habían alcanzado parte de su rostro. Su respiración era lenta, demasiado lenta, mientras sus dedos se cerraban alrededor del cuello del hombre.

Entonces sus ojos cambiaron.

El gris comenzó a desaparecer alrededor de sus pupilas.

Negro.

Un negro absoluto que se extendió lentamente por sus iris.

—Killian.

Esta vez pronuncié su nombre con más fuerza.

Sus dedos no se movieron.

—Killian, mírame.

Sus ojos se clavaron en los míos.

Y por primera vez desde que lo conocía, tuve la certeza de que no sabía si estaba mirando a mi esposo... o a aquello que vivía dentro de él.

Esta vez no pensé.

Simplemente extendí la mano y la apoyé sobre su brazo.

La reacción fue inmediata.

Las marcas negras dejaron de avanzar.

Sentí aquella misma corriente helada que había recorrido mi cuerpo durante nuestros votos, deslizándose desde mi palma hasta el resto del brazo. Era una sensación extraña, casi eléctrica, pero mucho más fría, como si algo invisible hubiera reconocido mi contacto.

Killian bajó lentamente la mirada hacia mi mano.

Yo también.

Durante varios segundos ninguno de los dos dijo una palabra.

Entonces el negro que había invadido sus ojos comenzó a retroceder. Poco a poco, el gris volvió a ocupar sus iris hasta que finalmente no quedó rastro de aquella transformación.

Killian soltó al hombre.

El intruso cayó al suelo justo cuando Ronan apareció en la puerta acompañado por varios soldados.

—Llévatelo.

Dos norteños entraron de inmediato, levantaron al hombre y comenzaron a arrastrarlo fuera de la habitación.

Killian se volvió hacia mí.

Su mirada descendió hasta mi cuello.

—Estás sangrando.

Me llevé los dedos a la pequeña herida.

—Es un rasguño.

Su mandíbula se tensó.

—Ronan.

El hombre se detuvo en la puerta.

—Quiero saber quién lo contrató.

—Lo sabremos.

—Y quiero vivo al responsable.

Ronan levantó una ceja.

—¿Vivo?

Killian lo miró.

—Hasta que yo llegue.

Ronan pareció comprender perfectamente lo que eso significaba.

—Entendido.

Se marchó con los soldados y cerró la puerta detrás de él.

Cuando quedamos solos, volví la mirada hacia Killian.

—¿Qué ocurrió?

—Te atacaron.

—No me refiero a eso.

Su expresión se endureció.

—Entonces, ¿a qué?

—A ti.

Sus ojos se desviaron hacia la ventana.

—Las marcas. Tus ojos. Lo que ocurrió cuando lo tocaste...

Hice una pausa.

—Las marcas se detuvieron cuando te toqué.

El silencio que siguió fue diferente al anterior.

Killian no respondió de inmediato.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

Lo dijo sin evasivas, sin esa frialdad que había utilizado cada vez que intentaba ocultarme algo.

Por primera vez parecía realmente no tener una respuesta.

Antes de que pudiera preguntarle nada más, escuchamos voces en el corredor.

La puerta se abrió y Lord Bertram apareció acompañado por dos guardias imperiales. Su mirada recorrió la habitación destruida hasta detenerse en la sangre que aún manchaba mi cuello.

—¿Qué sucedió?

Killian se interpuso entre nosotros.

—Uno de tus hombres atacó a mi esposa.

Bertram palideció.

—¡No era uno de los nuestros!

—Entró mientras ustedes ocupaban esta casa.

—Su Alteza, yo...

Killian avanzó un paso.

Bertram retrocedió instintivamente.

—Regresa al palacio y entrega un mensaje.

El secretario tragó saliva.

—¿A quién?

La expresión de Killian se volvió completamente fría.

—A todos.

Señaló la pequeña herida de mi cuello.

—Alamea Aster está bajo mi protección y la del Norte. Su casa, sus tierras y sus derechos no serán tocados mientras se investigue la muerte del duque.

Bertram intentó recuperar la compostura.

—El Consejo no reconocerá...

—No necesito que el Consejo reconozca nada.

El hombre guardó silencio.

Killian se acercó un poco más.

—Y asegúrate de que Cassiel escuche esta parte...

Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo tranquilo.

—Quien vuelva a poner una mano sobre mi esposa no tendrá una segunda oportunidad para retirarla.

Bertram no respondió.

Se limitó a inclinar la cabeza antes de marcharse con los guardias.

Esperé hasta que sus pasos desaparecieron por el corredor.

Después volví a mirar a Killian.

Aquella mañana había pensado que quizá el hombre con quien me había casado escondía un monstruo.

Ahora comenzaba a comprender algo bastante más inquietante.

El monstruo no estaba escondido.

Killian simplemente había aprendido a mantenerlo bajo control.

Y, por alguna razón que ninguno de los dos comprendía todavía, cuando yo lo tocaba... obedecía.

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Maria Arias
hay que bueno jajajsj 🤭
Maria Arias
hay me morí con estos par de locos
Maria Arias
hay Dios esto está es bueno. tiene mucho suspenso
Maria Arias
que desgraciado
Flæka Caviedez
Mucha demora para un capítulo. así no aguanta leer
Mayelin Cepero Valdes
x favor actualizar rápido
inuyasha/ Tomoe🦊
más capítulos plis no dejes de escribir lo espero con ansias 🫠
Maria Liendo
más capitulos por favor 😁 está muy buena la novela sigue así
Arely Castañeda
maldito Cassiel como que apropiación ilegal si ella es la heredera
Darcalie: LO ODIO CON TODO MI CORAZÓN 😭
total 1 replies
Iliana Curiel
oh dios mío autora me encanta tu novela no puedo esperar a leer más capítulos soy tu fan ❤️❤️❤️❤️
Iliana Curiel
autora estoy fascinada con tu novela me encanta, no tengo palabras estoy ansiosa por más capítulos
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰
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Nooo, que feooo /Sob/
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