Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?
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CAPÍTULO 6 - Un atributo que no aparece
Luciano descubrió que la magia podía enseñarle un idioma y provocarle migraña al mismo tiempo.
Edran colocó una lámina de cristal contra su garganta, pronunció tres palabras y esperó. Las inscripciones se calentaron. Durante unos segundos, las frases del anciano llegaron como sonidos extraños acompañados por un significado impreciso, insertado detrás de sus propios pensamientos.
—La traducción durará hasta que la lámina se enfríe —dijo Edran.
Luciano se tocó el cuello.
—¿Acaba de instalarme un idioma?
—No. El sello interpreta intención y vocabulario inmediato. No entenderás nombres propios, conceptos desconocidos ni mentiras bien construidas.
—Entonces funciona mejor que muchas reuniones académicas.
Edran no reaccionó. Tenía la atención dividida entre Luciano y el sello oscuro de su antebrazo, cuyas pulsaciones no habían regresado.
—¿Qué dejó de responder? —preguntó Luciano.
—Un lugar al que no puedo llevar una amenaza sin identificar.
La respuesta eliminó cualquier ilusión de hospitalidad.
Edran abrió una puerta interior del refugio. Tras ella descendía una escalera excavada en roca azul. Luciano guardó la libreta y lo siguió, aunque cada músculo pedía varias horas de sueño y una explicación que no dependiera de cristales pegados a su cuerpo.
—¿Dónde estoy?
—En Elyndra.
La palabra atravesó el traductor sin equivalente.
—¿País, continente o planeta?
—Mundo.
Luciano se detuvo en el tercer escalón.
Edran continuó descendiendo.
—Claro —murmuró Luciano—. La hipótesis tres tenía que ganar.
La cámara inferior estaba dividida en seis estaciones. Cada una contenía un pedestal y un material diferente: piedra oscura, agua suspendida en una esfera, una raíz viva, una brasa sin combustible, un aro atravesado por viento y una aguja metálica rodeada de chispas violetas.
—Tierra, Agua, Madera, Fuego, Viento y Rayo —explicó Edran—. Los seis atributos naturales.
—Faltan dos corredores.
Edran lo miró.
Luciano dibujó un octágono en el aire.
—La cámara de Cava Rossa tenía ocho. El objeto respondió en ocho direcciones. Aquí solo hay seis pruebas.
—Las otras no se ofrecen a un desconocido.
Luciano comprendió que había formulado la pregunta correcta y recibido una respuesta diseñada para cerrarla.
Edran colocó sobre el primer pedestal una pieza ovalada, formada por capas de cristal gris.
—Un Nexo permite vincular un atributo con una persona y su Arma Nodal. Este no es real. Imita un núcleo incompleto y mide atracción sin formar un vínculo.
—¿Es seguro?
—No.
—Aprecio la consistencia de este mundo.
La primera estación fue Tierra. Edran le indicó que apoyara la mano sobre la pieza y recordara un momento en que hubiera necesitado seguridad.
Luciano pensó en Paolo esperándolo fuera de la escuela durante una tormenta, años atrás. El cristal aumentó de peso hasta hundirse unos milímetros en el pedestal. Una presión serena le fijó los pies al suelo.
Entonces la sensación cambió. Seguridad se convirtió en necesidad de inmovilizarlo todo: la mesa, la puerta, a Edran. Luciano retiró la mano.
—Eso quiso decidir por mí.
—El atributo amplifica la emoción que le permite entrar. Si no sabes soltarla, termina utilizándote.
Agua respondió a un recuerdo de Elena escuchándolo durante una noche difícil. El líquido atravesó la esfera sin mojarla y cubrió sus dedos. Luciano sintió emociones ajenas mezclarse con las propias hasta no saber si la desconfianza pertenecía a él o a Edran.
Viento convirtió su deseo de escapar en una corriente que lanzó papeles por toda la cámara.
—Libertad —dijo Luciano mientras recogía su libreta—. O una aversión elemental al orden.
Madera reaccionó al pensar en Sofía. Una raíz rodeó su muñeca con una calidez casi afectuosa y después apretó cuando intentó apartarse. Edran tuvo que cortarla con una señal de dos dedos.
Fuego fue peor.
La brasa reconoció su frustración por estar atrapado y encendió una llama sobre el cristal falso. Durante un instante, Luciano quiso continuar solo para demostrar que podía dominarla. El impulso creció tan rápido que no advirtió cómo su manga empezaba a arder.
Edran apagó el fuego antes de que alcanzara la piel.
—Pasión convertida en orgullo —diagnosticó.
—Yo lo habría llamado entusiasmo científico.
—Por eso habría terminado quemándote.
La prueba de Rayo llenó sus brazos de urgencia. Pensó más rápido, habló antes de decidir y quiso tocar el siguiente pedestal mientras todavía temblaba. Edran le inmovilizó la muñeca.
—Ansiedad —dijo Luciano entre dientes.
—Impulso. Anticipación. Si la fuerzas, tu cuerpo intentará seguir una velocidad que no puede soportar.
Seis estaciones. Seis respuestas.
Luciano esperaba que aquello impresionara al anciano. En cambio, la sospecha de Edran se volvió más intensa.
—¿Qué ocurre?
—La compatibilidad múltiple existe, pero rara vez aparece sin entrenamiento previo.
—Nunca había visto magia hasta hoy.
—Eso es lo que afirmas.
Edran recogió el Nexo falso. Una grieta atravesaba sus capas; seis colores palpitaban dentro del cristal, incapaces de mezclarse.
—Otra prueba —dijo.
Abrió un pasaje detrás de la estación de Tierra. El corredor conducía a una cantera subterránea, atravesada por puentes de roca natural. En una plataforma distante brillaba un fragmento mineral color ámbar.
—Un corazón de veta —explicó Edran—. Material raro. Suficiente para fabricar un Nexo de Tierra estable.
Luciano observó los soportes erosionados y las fisuras del techo.
—¿Debo traerlo?
—Si puedes.
No recibió arma ni instrucciones adicionales.
Luciano avanzó usando una vara de medición que encontró junto a la entrada. Probó cada tramo antes de apoyar el peso, estudió la dirección de las grietas y evitó el camino recto. La formación no era natural: alguien había retirado bloques para obligarlo a elegir entre rapidez y seguridad.
A mitad del recorrido escuchó un grito.
Una figura pequeña se aferraba al borde de un nivel inferior. Vestía una túnica de aprendiz y tenía una pierna atrapada bajo una losa. Luciano miró a Edran. El anciano permanecía en la entrada sin moverse.
El corazón de veta estaba a menos de veinte pasos.
El desconocido, a cuatro metros debajo.
Luciano dejó la vara, se tumbó junto al borde y examinó la caída.
—No sé si puedes entenderme, pero procura no convertirte en un problema más pesado.
Bajó.
La pared cedió bajo su bota. Llegó al nivel inferior golpeándose el hombro, apartó piedras menores y utilizó la vara como palanca. La losa no se movió. El corazón de veta pulsó arriba, cercano y completamente inútil.
Luciano encontró una cuña en la base de la roca. No pertenecía a la cantera. La retiró y la figura dejó de forcejear.
Su cuerpo perdió consistencia.
Era una construcción hecha de polvo y resonancia.
—Una prueba falsa —dijo Luciano.
—El peligro no lo era —respondió Edran desde arriba.
La retirada de la cuña estabilizó la losa principal, pero cerró el camino hacia el material ámbar. Luciano había elegido un rescate que no existía y perdido un recurso verdadero.
Edran descendió por una ruta lateral.
—Podías obtener el corazón de veta.
—Podía dejar morir a alguien para conseguir una piedra.
—No era alguien.
—Eso lo sé ahora.
Edran sostuvo su mirada durante varios segundos.
—La magia amplifica lo que ya existe. Quería saber qué amplificaría en ti antes de enseñarte a usarla.
Luciano se limpió el polvo de las manos.
—¿Y ya decidió si soy una amenaza?
—He decidido que todavía no tengo pruebas suficientes.
Regresaron a la cámara de las seis estaciones. Edran tocó una inscripción oculta y una séptima puerta apareció en el muro.
Del otro lado no había lámparas, pedestales ni minerales.
Solo una oscuridad densa que parecía esperar detrás del umbral.
El cristal traductor contra la garganta de Luciano se enfrió de repente.
Edran señaló la cámara.
—Ahora probaremos aquello que no debería responderte.