Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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CAPÍTULO 6: La visitante inesperada
Celina sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban.
Conocía aquella sonrisa.
La había visto demasiadas veces a lo largo de los años.
Siempre significaba problemas.
Siempre.
—No empieces, Inés —dijo con voz firme.
Su hermanastra fingió inocencia.
—¿Empezar qué?
—Lo que sea que estés planeando.
Inés soltó una pequeña carcajada.
—De verdad deberías dejar de pensar tan mal de mí.
Celina estuvo a punto de responder, pero se contuvo.
No tenía sentido.
Jamás había ganado una discusión con Inés.
Porque mientras ella discutía con honestidad, Inés jugaba.
Y era buena jugando.
Muy buena.
—Ya viniste. Ya me felicitaste. Ahora puedes irte.
—Qué poco hospitalaria te has vuelto desde que eres una DoCampo.
—¿Terminaste?
—Todavía no.
La sonrisa de Inés se amplió.
—Ni siquiera he conocido a mi cuñado.
Como si el destino tuviera un extraño sentido del humor, en ese momento Mauricio apareció caminando desde el ala principal de la mansión.
Llevaba una camisa blanca remangada y el cabello ligeramente despeinado.
Parecía haber salido directamente de su despacho.
Al ver a las dos mujeres, disminuyó el paso.
—Veo que tenemos visita.
Inés se giró inmediatamente.
Y durante una fracción de segundo, su sonrisa se congeló.
Porque una cosa era imaginar a Mauricio.
Y otra muy distinta era verlo.
Alto.
Seguro.
Imponente.
Con esa mezcla de elegancia y dureza que lo hacía destacar.
Celina observó la reacción de su hermanastra y sintió una desagradable sensación en el estómago.
Ya era tarde.
Inés había quedado impresionada.
—Mauricio —dijo Celina—, ella es Inés.
—La famosa hermanastra.
Inés sonrió.
—¿Famosa?
—Celina me habló de usted.
Era mentira.
Pero Mauricio parecía haberlo dicho a propósito.
Inés tendió la mano.
—Encantada.
Mauricio la estrechó brevemente.
—Igualmente.
Y luego la soltó de inmediato.
Aquello pareció molestarle.
Solo un poco.
Pero Celina lo notó.
Porque conocía perfectamente la necesidad de atención de Inés.
Los tres se sentaron en una de las terrazas.
Elena sirvió café.
Y la conversación comenzó de manera sorprendentemente civilizada.
Al menos durante los primeros diez minutos.
—La casa es hermosa —comentó Inés.
—Gracias.
—Mucho más bonita de lo que imaginaba.
—Mi abuelo tiene gustos caros.
Inés rio.
—Eso es evidente.
Celina apenas participaba.
Se limitaba a observar.
Y cuanto más observaba, más incómoda se sentía.
Porque Inés estaba coqueteando.
Disimuladamente.
Pero lo estaba haciendo.
Jugaba con su cabello.
Sonreía demasiado.
Buscaba cualquier excusa para llamar la atención de Mauricio.
Y él parecía no darse cuenta.
O fingía no hacerlo.
Lo cual era peor.
—Así que usted dirige gran parte del grupo empresarial —preguntó Inés.
—Sí.
—Debe ser una gran responsabilidad.
—Lo es.
—Aunque supongo que para alguien tan inteligente resulta sencillo.
Celina casi rodó los ojos.
Aquello era tan evidente que resultaba ridículo.
Mauricio simplemente tomó un sorbo de café.
—No es sencillo.
Inés inclinó la cabeza.
—Entonces es admirable.
Por primera vez Mauricio pareció cansarse.
—Señorita Montenegro.
—¿Sí?
—¿Siempre halaga tanto a las personas?
La sonrisa de Inés vaciló.
—Solo cuando lo merecen.
—Entiendo.
Y volvió a mirar su taza.
La conversación murió instantáneamente.
Celina tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.
Una hora después, Inés finalmente se marchó.
O al menos fingió marcharse.
Porque antes de subir al automóvil se acercó a Celina.
Y susurró:
—Ahora entiendo por qué te gusta tanto.
—No me gusta.
—Claro que sí.
—Lo conozco desde ayer.
—Y aun así ya lo defiendes.
Celina se quedó callada.
Inés sonrió.
—Ten cuidado.
—¿Con qué?
—Los hombres como Mauricio nunca pertenecen a una sola mujer.
Celina sintió rabia.
—Vete a casa, Inés.
—Por ahora.
Aquella respuesta sonó demasiado parecida a una promesa.
Cuando el automóvil desapareció por el camino principal, Celina soltó el aire que llevaba reteniendo varios minutos.
—Tu hermana es agotadora.
La voz de Mauricio la hizo sobresaltarse.
Él se había acercado sin que lo notara.
—No es mi hermana.
—Ya lo dijiste antes.
—Porque es verdad.
Mauricio observó el lugar por donde se había marchado Inés.
—Parece muy interesada en todo.
—Especialmente en lo que pertenece a otros.
Aquello llamó su atención.
—¿Tan mala es?
Celina soltó una risa amarga.
—No tienes idea.
El resto de la tarde transcurrió con relativa tranquilidad.
Hasta que llegó una llamada.
Una llamada que cambiaría el tono del día.
Mauricio estaba revisando documentos cuando sonó su teléfono.
La pantalla mostró un nombre.
Hospital Central.
Respondió de inmediato.
—¿Sí?
La voz al otro lado sonaba preocupada.
Muy preocupada.
—Señor DoCampo, necesitamos que venga.
—¿Qué ocurrió?
Hubo un breve silencio.
—Su abuelo insiste en abandonar el hospital.
Mauricio cerró los ojos.
—Por supuesto que sí.
—Y además quiere hablar con usted y con su esposa.
—¿Con ambos?
—Sí.
—¿Dijo para qué?
—No.
Mauricio se puso de pie.
Algo no estaba bien.
Lo sintió inmediatamente.
—Estaremos allí en una hora.
Cuando colgó, encontró a Celina en la biblioteca.
Ella estaba observando los estantes llenos de libros antiguos.
—Tenemos que ir al hospital.
Celina levantó la vista.
—¿Tu abuelo?
—Quiere hablar con nosotros.
—¿A los dos?
—Sí.
Ella frunció el ceño.
—Eso es extraño.
—Muy extraño.
Por primera vez estaban completamente de acuerdo.
Una hora más tarde, ambos entraron juntos a la habitación privada de Don Augusto.
El anciano parecía más recuperado.
Pero algo en su expresión resultaba inquietante.
Como si estuviera corriendo contra el tiempo.
—Llegaron.
Mauricio tomó asiento.
—¿Qué ocurre?
Don Augusto observó primero a su nieto.
Luego a Celina.
Y finalmente dijo:
—Necesito que me prometan algo.
—Depende de qué sea —respondió Mauricio.
El anciano ignoró el comentario.
—Prométanme que pase lo que pase, no se separarán.
El silencio fue inmediato.
Celina y Mauricio intercambiaron una mirada.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Lo que escucharon.
Mauricio se inclinó hacia adelante.
—Abuelo, ¿de qué estás hablando?
Pero Don Augusto no respondió.
Porque en ese mismo instante la puerta de la habitación se abrió.
Y una enfermera entró apresuradamente.
—Señor DoCampo...
Todos se giraron.
La mujer estaba pálida.
Completamente pálida.
—Hay alguien en recepción preguntando por la señora Celina.
—¿Quién? —preguntó Mauricio.
La enfermera tragó saliva.
—Una mujer.
—¿Y qué tiene eso de extraño?
La enfermera miró directamente a Celina.
Y respondió:
—Dice ser su madre.