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Bajo La Piel Del Látigo

Bajo La Piel Del Látigo

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.

​La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?

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capitulo 6

​El amanecer en "La Esperanza" no tuvo la piedad de los días anteriores. Una gripe repentina y febril había dejado a doña Elena postrada en la cama, con los ojos vidriosos y la voz convertida en un hilo de lija. Máximo, que apenas empezaba a acostumbrarse al rigor del horario, entró en la cocina buscando el café que siempre estaba listo. En su lugar, encontró a su tía sosteniéndose de la mesa con manos temblorosas.

​—Máximo… —toseó ella, señalando con un gesto débil hacia el patio—. La leche ya está en las cántaras. El camión tiene que estar en el mercado antes de las siete. Si no llegamos, el distribuidor no nos espera y perderemos la producción de tres días.

​—Tía, descansa. Llamaré a alguien —dijo él, pero al instante recordó la plaza desierta del día anterior. Nadie se atrevería a ayudarlo por miedo a Catrina—. Está bien. Yo lo haré. ¿Qué tan difícil puede ser conducir un camión y entregar unos botes de leche?

​Elena lo miró con una mezcla de lástima y necesidad. —El camión tiene sus mañas, igual que la gente del mercado. No dejes que te vean la cara de citadino, o te pagarán con centavos.

​Máximo salió al patio, enfrentándose a su primer gran obstáculo: "La Bestia". Así llamaban al camión Ford de los años setenta que parecía mantenerse unido solo por la fe y varias capas de óxido. El olor a gasoil y grasa vieja le dio la bienvenida. Máximo, vestido con una camiseta blanca que no tardaría en ser un recuerdo, se subió a la cabina. El asiento olía a cuero podrido y el volante tenía el diámetro de una pizza familiar.

​Al intentar encenderlo, el motor soltó un quejido agónico. Máximo forcejeó con la palanca de cambios, que se sentía como si estuviera enterrada en cemento fresco. Tras cuatro intentos y una serie de insultos que aprendió en los clubes de la capital, el motor rugió, soltando una bocanada de humo negro que lo envolvió por completo.

​El trayecto hacia el pueblo fue un ejercicio de supervivencia. Sin dirección asistida, cada curva era una lucha libre entre Máximo y la máquina. Sus manos, antes suaves y cuidadas con cremas costosas, empezaron a llenarse de ampollas rojas por la fricción del volante. El camión saltaba en cada bache, haciendo que las cántaras de leche en la parte trasera chocaran entre sí con un estruendo metálico que le taladraba los oídos.

​Cuando finalmente llegó al mercado, el caos lo recibió. Gritos de vendedores, mulas cargadas y el olor penetrante de frutas maduras y ganado. Máximo intentó estacionar "La Bestia", pero terminó bloqueando la entrada principal, provocando una sinfonía de bocinazos y maldiciones por parte de los camioneros locales.

​—¡Muévete, muñequito de pastel! —le gritó un hombre desde una carreta.

​Máximo bajó de la cabina, sudando a mares, con el cabello desordenado y una mancha de grasa cruzándole la mejilla. Al intentar bajar la primera cántara de leche, el peso lo tomó por sorpresa. Sus músculos, esculpidos en gimnasios de aire acondicionado para la estética y no para la carga, gritaron de dolor. La cántara resbaló y un chorro de leche blanca salpicó sus botas de marca.

​—¡Maldita sea! —gruñó, apretando los dientes. Sus gestos eran erráticos, llenos de una frustración que lo hacía parecer al borde del colapso.

​Se acercó al puesto de Don Roque, el principal comprador de lácteos. El viejo, un hombre con la cara surcada por arrugas que parecían mapas, lo miró con una sonrisa socarrona mientras masticaba un trozo de tabaco.

​—¿Así que tú eres el sobrino de Elena? —Roque escupió al suelo—. Te daré la mitad del precio habitual. Esa leche ya debe estar batida de tanto salto que diste en el camino.

​—¿La mitad? ¡Eso es un robo! —replicó Máximo, intentando imponer una autoridad que su aspecto desastroso no respaldaba—. Mi tía dijo que el precio es fijo.

​—Tu tía no está aquí. Y tú pareces alguien que no sabe distinguir una vaca de un venado —el comerciante se encogió de hombros, dándose la vuelta—. Lo tomas o te llevas tu leche a que se agrie al sol.

​Desde la terraza de la cafetería de la esquina, a la sombra de un toldo descolorido, Catrina observaba la escena. Tenía un café negro en la mano y su mirada estaba fija en el desastre que ocurría a pocos metros. Había visto a Máximo llegar peleando con el volante y lo había visto ahora, rojo de furia y vergüenza, intentando negociar con el hombre más duro del mercado.

​—Es un inútil —susurró para sí misma, con una nota de diversión—. No durará ni una hora más.

​Sin embargo, algo cambió. En lugar de darse por vencido, cargar su leche y huir de regreso a la finca, Máximo se plantó frente a Don Roque. Se limpió la cara con el antebrazo, dejando una nueva mancha de suciedad, y bajó la siguiente cántara con un esfuerzo que hizo que las venas de su cuello se marcaran.

​—No me voy a mover de aquí hasta que me pagues lo justo —dijo Máximo, con una voz que, aunque temblaba por el esfuerzo físico, tenía un nuevo matiz de acero—. Mi tía está enferma y esta es su comida. No me importa si tengo que quedarme aquí hasta que oscurezca o si tengo que abrir estos botes y regar la leche en tu puesto para que huela a podrido todo el mes. Paga.

​Don Roque se detuvo. Miró a los ojos de Máximo y vio algo que no esperaba: no era la arrogancia del rico, sino la desesperación del que no tiene otra opción más que aguantar. Los otros comerciantes empezaron a observar, el silencio se extendió.

​Catrina dejó la taza en la mesa. Sus cejas se elevaron un milímetro. Lo lógico era que el chico llorara o llamara a su abuelo. Pero ahí estaba, sucio, agotado y humillado, sosteniendo la mirada al viejo Roque. Había una persistencia extraña en él, una chispa de terquedad que empezaba a erosionar la imagen de "heredero de cristal".

​Al final, Roque soltó una carcajada ronca. —Tienes agallas, muchacho. Estúpidas, pero agallas al fin. Te daré el precio completo, solo para que dejes de estorbarme la entrada.

​El regreso a la finca fue igual de tortuoso, pero Máximo llevaba el dinero en el bolsillo. Cuando llegó a "La Esperanza", estacionó el camión y se dejó caer contra el volante, cerrando los ojos. Le dolía todo el cuerpo; sus manos estaban en carne viva y su ropa era un desastre de grasa, leche y sudor.

​Sintió una sombra proyectarse sobre la cabina. Abrió los ojos y vio a Catrina. Estaba de pie junto a la puerta, con su habitual aire de superioridad, pero esta vez no había una burla abierta en su rostro. Solo una curiosidad fría.

​—Lograste venderla —dijo ella. No era un cumplido, sino una constatación de un hecho improbable.

​—No gracias a ti —respondió Máximo, sin fuerzas para bajarse, pero manteniendo la mirada—. Hiciste que nadie me ayudara.

​—Nadie te va a ayudar nunca en la vida real, Máximo. O aprendes a cargar tus propios botes o te mueres de hambre —Catrina se acercó un poco más, observando las ampollas en sus manos—. Tienes manos de seda, pero la tierra es seca. Se encarga de lijar todo lo que no es auténtico.

​Ella sacó un pequeño frasco de ungüento de su bolsillo y lo dejó en el estribo del camión.

​—Póntelo. Si mañana no puedes mover las manos, las vacas de tu tía sufrirán. Y no me gusta que los animales paguen por la incompetencia de los hombres.

​Catrina se dio la vuelta y se marchó con su paso firme. Máximo tomó el frasco, sintiendo el frío del vidrio contra su piel ardiente. Estaba exhausto, humillado y adolorido, pero mientras veía la silueta de Catrina alejarse, sintió una pequeña victoria en el pecho. No se había roto. La "Jefa" lo había observado y, por primera vez, no lo había visto como un insecto, sino como un problema que se negaba a desaparecer.

​Esa tarde, mientras curaba sus manos con el ungüento que olía a hierbas amargas, Máximo comprendió que el dolor era el precio de la entrada a ese mundo. Ya no le importaba su camisa de seda ni sus zapatos de marca. Solo le importaba que, mañana, volvería a levantarse. La tierra estaba empezando a lijarlo, sí, pero lo que estaba quedando debajo era algo que ni él mismo sabía que existía.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
Silvia Chena
ES BUENÍSIMA LA NOVELA
Lobelia ❣️
👍👏
Silvia Chena
Algún problema va a traer, esa mina
Lobelia ❣️
muy bueno 👍👍
Lobelia ❣️
☺️👍👍🥰
Lobelia ❣️
me gusta sigues 👍👍
Celina Espinoza
gracias por compartir tu historia 🥰
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