Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.
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Rutinas, risas y la vida en la mansión
A partir de ese día, mi vida cambió totalmente. Todos los días, cuando terminaba de desayunar, de aguantar los comentarios de mis padres o las burlas de mis hermanas, me escapaba a la sala secreta. Era mi lugar seguro, mi refugio, el sitio donde podía ser yo misma al cien por cien, sin fingir nada, sin aguantar tonterías.
Samuel siempre estaba ahí, esperándome. En cuanto yo entraba en la habitación, el cristal empezaba a brillar con una luz más fuerte, más cálida, y él aparecía de inmediato, como si no hiciera nada más que estar pendiente de mí todo el tiempo. Y era verdad: me confesó que pasaba todo el tiempo mirando, esperando, deseando que yo apareciera. Que cuando yo no estaba, la oscuridad y la locura volvían a él, y solo la idea de que vendría lo mantenía cuerdo.
—Eres mi ancla, pequeña —me decía siempre, con esa voz profunda que me hacía sentir cosas en el estómago—. Si te vas, me pierdo. Si te quedas, soy el hombre más fuerte del mundo.
Nos pasábamos horas hablando. Yo le contaba todo. Le contaba cómo era mi vida antes, de mi ciudad, de mis estudios, de las cosas que me gustaban y las que odiaba. Le contaba cómo eran mis padres: ricos, sí, pero con la cabeza llena de aire, obsesionados con ser importantes, que se creían mucho más de lo que eran. Y me reía mucho al hacerlo, porque tenía una forma muy divertida de imitarlos: —Y entonces mi padre me dijo: “¡Luciana! ¡Tienes que aprender a caminar con elegancia! ¡Pareces un soldado en lugar de una señorita!” —decía yo, poniendo voz grave y estirando mucho el cuello—. Y yo le respondí: “Padre, si camino lento y con pasitos cortos, me duelen los pies. Y prefiero caminar rápido y llegar a donde quiero, aunque parezca un soldado. Al menos yo llego”.
Samuel se reía tanto que a veces se tenía que agarrar la cabeza, y el cristal vibraba con sus risas. Le encantaba mi forma de hablar, mi forma de ver las cosas, mi falta de filtros que decía todo lo que pensaba sin miedo. Decía que era lo más refrescante y maravilloso que había escuchado en siglos.
De mis hermanas tenía también muchas historias cómicas, aunque también me molestaban un poco. —Ayer —le conté un día, sentada en el suelo frente al cristal—, Sofía vino a mi habitación, muy elegante, muy dulce, y me dijo: “Hermana querida, te he traído un vestido nuevo. Es precioso, muy fino, muy elegante. Seguro que te gustará”. Y yo, que ya me conozco la jugada, le dije: “Ay, qué amable eres, hermana. Déjame verlo”. Y cuando lo saca… ¡era un vestido viejo, que ya se le había quedado pequeño a ella, de color feo, con una mancha que intentaba esconder! ¡Y ella se hacía la buena persona!
Samuel frunció el ceño, y sus ojos brillaron con esa luz plateada de su magia. —¿Te hizo eso? ¿Se atreve a tratarte así? Si pudiera salir de aquí… —y luego se calmaba, miraba mis ojos y se suavizaba—. Pero tú le respondiste bien, ¿verdad?
—¡Claro que sí! —le dije, muy orgullosa—. Le dije: “Ay, Sofía, qué generosa eres. Pero mira, creo que te equivocaste de vestido. Este parece el que usas para limpiar los suelos, ¿no? Porque tiene manchas y todo. Gracias, pero no, yo prefiero vestirme con ropa que no haya sido usada por nadie más”. Y se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir. ¡Me encanta cuando se quedan calladas!
Samuel se reía, me miraba con una admiración total. —Nadie les habla así. Todos las tratan como princesas, como si fueran algo especial. Pero tú… tú las ves tal como son: solo niñas ricas y vanidosas con nada dentro de la cabeza.
Y yo también le escuchaba a él. Me contaba su historia, de su familia, de su poder, de la traición que lo había llevado ahí. Me hablaba de la magia antigua, esa fuerza increíble que corría por sus venas, que podía hacer cosas maravillosas, pero que también era muy pesada, muy difícil de controlar, sobre todo cuando la mente está rota.
Me explicaba que su locura no era una enfermedad, sino el resultado de siglos de soledad y dolor. Que cuando yo no estaba, su mente se dispersaba, veía cosas que no eran, hablaba con sombras, sentía que desaparecía. Pero en cuanto yo aparecía, en cuanto escuchaba mi voz, todo se ordenaba, todo tenía sentido, todo volvía a estar bien. —Eres mi medicina, Luciana —me dijo una vez, muy serio, muy profundo—. Sin ti, soy un monstruo perdido en la oscuridad. Contigo, soy el hombre que fui, el hechicero que puede todo. Te necesito más que al aire. Más que a mi propia vida.
Esas palabras me llegaban al corazón. Yo, que en mi vida anterior me había sentido a veces un poco sola, un poco diferente, que había sido la chica callada y luego la chica rara… ahora era lo más importante para el ser más poderoso del mundo. Yo era su salvación.
Mis hermanos, Marco y Lorenzo, notaron que había cambiado, que estaba más alegre, más viva, que pasaba mucho tiempo en la parte antigua de la casa. Pero no me preguntaban nada, solo me sonreían y me dejaban ser. Sabían que yo tenía mis cosas, mis secretos, y me respetaban. A veces Lorenzo me decía: —Se te ve muy feliz, hermanita. Brillas.
Y Marco, más observador, me miraba con inteligencia: —Sea lo que sea que te haga estar así, no lo dejes ir. Mereces ser feliz.
Mis padres y hermanas, en cambio, seguían con sus vidas vacías. Mis padres pasaban el tiempo organizando fiestas, recibiendo nobles, hablando de negocios y de alianzas, siempre buscando cómo ganar más poder o dinero. Sofía y Valeria iban a todas las fiestas, coqueteaban con todos los hombres ricos y poderosos, se preocupaban solo por su belleza y su estatus, y seguían llamándome “la don nadie” o “la rara” cuando nadie las escuchaba.
Pero ya no me importaba. Yo tenía a mis hermanos, tenía mis exploraciones, tenía mi forma de ser divertida y sin filtros que siempre me sacaba de cualquier problema… y tenía a Samuel.
Un día, mientras hablábamos y nos reíamos, Samuel puso su mano en el cristal, justo donde yo tenía la mía. Y por primera vez, sentí su calor. Una sensación suave, intensa, que recorrió todo mi brazo y llegó hasta mi corazón. —¿Lo sientes? —me preguntó, con voz temblorosa de emoción—. Estoy tocándote. Por primera vez en siglos, puedo tocar algo real. Puedo tocarte a ti.
Cerré los ojos y me concentré en esa sensación. Era su mano, grande, fuerte, cálida, llena de energía mágica y de sentimientos profundos. —Sí, Samuel. Lo siento. Es como si estuvieras aquí, conmigo.
Él me miró con esos ojos llenos de amor y devoción. —Pronto, pequeña. Pronto estaré contigo de verdad. Saldré de aquí. Y entonces, nunca más te soltaré. Porque te amo. Te amo con toda mi locura, con todo mi poder, con todo mi ser. Eres lo único que tengo, lo único que quiero, lo único que necesito.
Y yo, que nunca había sido buena con las palabras románticas, pero que sentía todo con mucha fuerza, le respondí con mi estilo: —Pues yo también te quiero, loco poderoso. Y ya te aviso: cuando salgas, tendrás que aguantarme mucho. Porque yo no me voy a ir a ningún lado.
Y nos reímos, porque entre nosotros, el amor era así: lleno de risas, de verdad, de locura y de una conexión que nadie más podía entender.
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Gracias /Smile//Smile/