Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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una invitación inesperada
Durante los días siguientes, Valentina intentó convencerse de que su creciente cercanía con Alejandro era completamente normal.
Después de todo, estaban trabajando juntos en la exposición.
Era lógico que hablaran con frecuencia.
Era lógico que intercambiaran mensajes.
Era lógico que él apareciera constantemente en sus pensamientos.
O al menos eso intentaba repetirse.
La realidad era mucho más complicada.
Cada mañana esperaba encontrar un mensaje suyo.
Cada vez que sonaba el teléfono, deseaba que fuera él.
Y cada vez que recordaba su sonrisa, sentía aquella extraña felicidad que comenzaba a resultar peligrosa.
Porque mientras más se acercaba a Alejandro, más difícil se volvía ignorar lo que estaba ocurriendo dentro de ella.
Y eso la asustaba.
Mucho.
Aquella tarde, Valentina se encontraba revisando fotografías para la exposición cuando sonó el timbre de su apartamento.
Frunció el ceño.
No esperaba visitas.
Al abrir la puerta encontró a su hermana menor, Sofía.
—¿Vas a dejarme aquí afuera?
—Pensé que estabas trabajando.
—Me escapé un rato.
Valentina sonrió.
Sofía siempre había sido incapaz de quedarse quieta.
Entró directamente en la sala y se dejó caer sobre el sofá.
—Ahora cuéntame.
—¿Qué cosa?
—Todo.
Valentina fingió no entender.
—No sé de qué hablas.
—Alejandro Montenegro.
La fotógrafa soltó un suspiro.
—¿Cómo te enteraste?
—Laura me llamó.
—Voy a asesinarla.
—No cambiaría nada porque igual terminarías contándomelo.
Valentina tuvo que admitir que su hermana tenía razón.
Desde niñas habían compartido absolutamente todo.
Los secretos duraban muy poco entre ellas.
—Solo somos amigos.
Sofía la observó durante varios segundos.
—Mentira.
—Es verdad.
—Valentina.
—¿Qué?
—Tienes la misma cara que tenías cuando te enamoraste por primera vez.
Aquellas palabras la dejaron en silencio.
Porque no estaba preparada para escucharlas.
Ni para aceptar que quizás fueran ciertas.
Mientras tanto, Alejandro intentaba concentrarse en una reunión importante.
Sin éxito.
Daniel lo observó desde el otro lado de la mesa.
—Estás distraído.
—No.
—Llevas diez minutos mirando la misma página.
Alejandro cerró la carpeta.
—Tal vez estoy cansado.
Daniel soltó una carcajada.
—Otra vez esa excusa.
—¿Y qué quieres que diga?
—La verdad.
Alejandro permaneció en silencio.
Daniel sonrió.
—Es Valentina.
—No hables tan alto.
—Entonces sí es ella.
—Daniel...
—¿Qué?
—Nada.
Su amigo apoyó los brazos sobre la mesa.
—Nunca te había visto así.
—¿Así cómo?
—Interesado.
Aquella palabra quedó suspendida en el aire.
Interesado.
Quizás era una forma demasiado simple de describir lo que sentía.
Porque Alejandro no solo estaba interesado.
La admiraba.
Le gustaba escucharla hablar.
Disfrutaba su compañía.
Y cada día encontraba una nueva razón para querer verla.
—¿Vas a invitarla a salir de verdad?
Alejandro levantó la mirada.
—¿Qué significa eso?
—Que hasta ahora solo han compartido cafés y trabajo.
—¿Y?
—Invítala a una cita.
Alejandro no respondió.
Pero la idea permaneció en su mente.
Esa misma noche, Valentina estaba editando fotografías cuando recibió una videollamada de Sofía.
Contestó inmediatamente.
—¿Ahora qué?
—Necesito información.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Valentina rió.
—Eres imposible.
—Quiero saber si Alejandro es tan guapo como aparece en internet.
—Sofía.
—¿Qué?
—No voy a responder eso.
—Entonces sí lo es.
—Adiós.
Intentó colgar.
Pero su hermana fue más rápida.
—Espera.
—¿Ahora qué?
—¿Te gusta?
Valentina abrió la boca para responder.
Y se quedó en silencio.
Porque la respuesta era cada vez más evidente.
Sofía sonrió.
—Eso pensé.
A la mañana siguiente, el teléfono de Valentina vibró mientras desayunaba.
Era un mensaje de Alejandro.
"¿Tienes planes para el sábado?"
Su corazón reaccionó instantáneamente.
Intentó mantener la calma.
"Depende."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Necesito una fotógrafa."
Valentina sonrió.
"¿Y cuánto pagas?"
"Un almuerzo."
Ella soltó una pequeña risa.
Aquella parecía haberse convertido en su moneda oficial.
"Eso sigue siendo sospechosamente barato."
"Entonces añadiré postre."
Valentina negó con la cabeza mientras escribía.
"Ahora parece una oferta seria."
Pasaron varios segundos antes de que apareciera el siguiente mensaje.
Y cuando llegó, hizo que su corazón latiera con fuerza.
"No es trabajo, Valentina."
Ella observó la pantalla.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Continuó leyendo.
"Quiero invitarte porque me gusta pasar tiempo contigo."
Por un momento olvidó respirar.
Aquellas palabras eran sencillas.
Honestas.
Y completamente inesperadas.
No había juegos.
No había indirectas.
Solo sinceridad.
Y eso la conmovió profundamente.
Sus dedos permanecieron inmóviles sobre el teléfono.
Finalmente escribió:
"A mí también me gusta pasar tiempo contigo."
La respuesta llegó casi al instante.
"Entonces acepta."
Una sonrisa apareció en su rostro.
Una sonrisa imposible de contener.
"Está bien."
"Perfecto."
"¿Y qué haremos?"
"Es una sorpresa."
Valentina arqueó una ceja.
"Eso me preocupa."
"Confía en mí."
Aquellas tres palabras provocaron algo extraño en su interior.
Porque, sorprendentemente, confiaba en él.
El sábado llegó más rápido de lo esperado.
Valentina pasó gran parte de la mañana intentando decidir qué ponerse.
Y terminó usando algo sencillo.
Un vestido azul claro que rara vez utilizaba.
Cuando se observó en el espejo, sintió los nervios regresar.
No quería admitir cuánto significaba aquella salida.
Pero era imposible ignorarlo.
A las once en punto sonó el timbre.
Respiró profundamente antes de abrir.
Y allí estaba Alejandro.
Por un instante ambos permanecieron en silencio.
Observándose.
Alejandro sonrió primero.
—Hola.
—Hola.
Sus ojos recorrieron discretamente el vestido de Valentina.
—Te ves hermosa.
El corazón de la joven dio un salto.
—Gracias.
—¿Lista?
—Creo que sí.
—Excelente.
—¿Vas a decirme adónde vamos?
—No.
—Entonces definitivamente debería preocuparme.
Alejandro rió.
Y aquella risa logró relajarla de inmediato.
Una hora después llegaron a las afueras de la ciudad.
Valentina observó el paisaje a través de la ventana.
—¿Dónde estamos?
—Cerca.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
Finalmente el automóvil se detuvo.
Valentina bajó.
Y abrió los ojos con sorpresa.
Frente a ella se extendía un enorme campo cubierto de flores silvestres.
Los colores parecían infinitos.
El viento movía suavemente los pétalos.
Y el paisaje parecía sacado de un sueño.
—Alejandro...
—¿Te gusta?
Ella giró lentamente sobre sí misma.
—Es hermoso.
—Pensé que sería perfecto para una fotógrafa.
Valentina sonrió.
—Tenías razón.
Sacó inmediatamente su cámara.
Y comenzó a tomar fotografías.
Alejandro la observó en silencio.
Disfrutando de la felicidad que reflejaba su rostro.
Porque cada vez estaba más seguro de algo.
Aquella mujer estaba cambiando su vida.
Y quizás él también estaba empezando a cambiar la de ella.
Sin embargo, ninguno imaginaba que, mientras compartían aquella tarde perfecta, alguien observaba desde las sombras.
Alguien del pasado.
Alguien que no estaba dispuesto a aceptar que Alejandro siguiera adelante.
Y esa persona estaba a punto de regresar a sus vidas.