Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
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Capítulo 6
Capítulo 6
Ese médico era Santiago Alcázar.
Mi vecino.
En Residencial Lago Azul, él vivía en la casa 1201. Yo vivía en la 1202.
Éramos vecinos desde hacía casi tres años, pero nunca habíamos cruzado más de dos palabras.
Cuando Víctor y yo llegamos a Ciudad de México y fundamos la empresa, yo fui quien propuso comprar una casa usada en Lago Azul. Era un residencial caro, lleno de empresarios, médicos, políticos retirados y familias con contactos. Si queríamos que la empresa creciera, necesitábamos entrar a ese círculo.
Gastamos casi todos los ahorros que nos quedaban.
Víctor se burló muchas veces de Santiago.
—Un doctorcito viviendo aquí —decía—. Seguro se metió con alguna vieja rica.
Yo nunca le respondía.
No conocía a Santiago. Solo sabía que era alto, frío, que casi siempre llegaba tarde y que las personas del residencial hablaban de él con una mezcla extraña de respeto y miedo.
Ahora estaba en el mismo hospital.
En el mismo piso.
Y yo no podía gritar su nombre frente a Víctor.
Me empujaron al consultorio del especialista. Víctor habló por mí, como siempre.
—Mi esposa tuvo un accidente. Se ha puesto nerviosa. Últimamente se queja mucho de dolor.
Yareli esperaba afuera, cuidando la única salida.
Yo estaba sentada en silencio, con las manos heladas sobre las piernas.
El especialista me revisó, hizo preguntas y al final pidió una tomografía.
—Necesito ver columna y zona lumbar.
CT.
Una sala.
Otro médico.
Tal vez una puerta.
Tal vez Santiago.
Víctor quiso entrar conmigo, pero la técnica lo detuvo.
—Familiares afuera, por favor.
—Es mi esposa.
—Afuera, señor.
La puerta se cerró.
Por primera vez desde que salimos de casa, Víctor no estaba a mi espalda.
Me pasaron a la camilla. El movimiento me hizo sudar de dolor. La técnica me acomodó con cuidado.
—No se mueva.
La máquina empezó.
Yo miraba el techo blanco y pensaba en cómo pedir ayuda sin que nadie me creyera loca.
Entonces la puerta se abrió.
Un médico entró con otro doctor.
Bata blanca.
Cubrebocas.
Ojos fríos.
Santiago.
No pensé.
—¡Doctor Santiago! —grité—. ¡Ayúdeme!
La técnica se sobresaltó.
Santiago levantó la mirada.
Sus ojos se posaron en mí.
No hubo alivio.
No hubo sorpresa cálida.
Solo distancia.
—¿La conoce? —preguntó la técnica.
—No.
Se dio la vuelta.
—¡Sí me conoce! —me forcé a incorporarme—. Residencial Lago Azul, casa 1202. Soy Ximena Reyes. Usted vive al lado, en la 1201. Nos hemos visto en el elevador, en la caseta, en las reuniones del comité.
Santiago se detuvo.
Volvió a mirarme.
—Ah. Ustedes.
Ese ustedes fue peor que un insulto.
—¿Ahora también vienen a hacer negocios al hospital? —dijo—. ¿Ya no les alcanzan los contactos del residencial?
Me ardió la cara.
Él sabía.
Sabía que Víctor y yo habíamos usado Lago Azul para abrirnos camino. Para tocar puertas. Para ofrecer servicios. Para buscar clientes.
Pero ese no era el momento.
—No estoy haciendo negocios —dije rápido—. Llevo más de un año enferma. Doctor, necesito pedirle un favor.
La palabra favor le endureció los ojos.
Siguió caminando.
—Mi esposo quiere matarme —solté—. Solo necesito un teléfono. Por favor.
La técnica me miró, pálida.
Santiago no se detuvo.
Quizá pensó que estaba loca.
Quizá pensó que era otra mentira de una mujer que quería usarlo.
El miedo me ganó.
Me mordí el dedo hasta romper la piel.
El dolor me despejó.
Con la sangre escribí un número sobre la sábana desechable de la camilla.
El número de Nadia.
—¡Señora! —gritó la técnica—. ¿Qué está haciendo? Eso se cobra.
La puerta se abrió de golpe.
Víctor estaba ahí.
Yareli detrás.
—¿Qué pasa?
Sentí que todo el cuerpo se me vaciaba.
Quise tapar el número con la bata.
No alcancé.
Entonces una voz fría cortó el aire.
—¿Quién le permitió entrar?
Santiago había vuelto.
Estaba entre Víctor y yo.
Víctor se frenó.
—Mi esposa está adentro. La escuché gritar.
—Se le está haciendo un estudio. Que grite por dolor no autoriza a familiares a entrar a una sala de tomografía. Salga.
—Doctor, yo...
—Salga, señor Rivas. O llamo a seguridad.
Víctor no estaba acostumbrado a que le hablaran así.
Pero algo en Santiago lo hizo retroceder.
Miró por encima de su hombro. Yo escondí el número con la tela, temblando.
—No tarden —dijo Víctor.
Salió.
La puerta volvió a cerrarse.
Yo respiré como si acabara de salir del agua.
—Gracias —susurré.
Santiago me miró sin emoción.
—Pague la sábana.
La técnica todavía revisaba la pantalla. De pronto frunció el ceño.
—Doctor... mire esto.
Santiago se acercó.
—La zona lumbar está mal —dijo ella—. Hay daño nervioso. Y esta vértebra... no parece solo secuela de accidente. Parece desplazamiento por manipulación fuerte, incluso violencia.
Yo cerré los ojos.
El doctor Valdés.
Las agujas.
La camilla.
El dolor.
Santiago no dijo nada durante varios segundos.
Pero se quedó mirando la imagen.
Y esa vez no se fue.