Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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4.
DANTE SPENSCER
^^^Dos años atrás...^^^
Sofía, mi esposa había llegado sin avisar a la empresa, lucia un vestido rojo pasión pegado al cuerpo, mostraba un poco el escote y sus piernas tonificada por el gimnasio.
— No te esperaba — me acerqué a ella y le di un abrazo que terminó en un beso apasionado.
Sofia cerró la puerta con seguro y se desnudó. Me jaló de la corbata para fundirnos en un beso que evocaba sexo. Ella con toda su sensualidad se volteó y me dio una mirada diciendo que la hiciera suya. Cada movimiento era para mi la gloria. Yo estaba en sus manos, la amaba tanto. Era mi perdición. Bajo el éxtasis del momento terminamos jadeando de placer.
— Quiero un hijo, Sofía.
— Yo se. Pero aún siento que no es el momento. Quiero disfrutar un poco más de mi cuerpo — ella se acercó tan melosa y me dio un beso.
— Te amo, Sofía.
— Yo también — ella recogía su vestido del piso.
— Quieres que pasemos la tarde juntos. Voy a dejar todo ordenado y nos vamos a casa — la sujeté de la cintura.
Ella solo sonrió. Se puso su vestido.
— Amor, quedé con Fernanda en ir de compras. Puedo llamarla y decirle que ya no iré.
— No te preocupes, puedes ir con ella.
— Necesito que me prestes la tarjeta dorada. Quiero hacer algunas compras y siento que puedo quedarme corta con mi tarjeta.
Saqué la tarjeta de mi billetera y se la di.
— Diviértete comprando mi vida.
Sofía salió de la oficina.
A eso de las 4 de la tarde, entraron varios mensajes a mi celular. Cada vez que se realizaba una compra con la tarjeta, llegaba un mensaje notificándome. Realmente no había problema si ella gastaba poco o mucho nunca había sido fijado, hasta que entró un mensaje que decía pago a un cuarto de hotel. Esto llamó mucho mi atención. Sofía pagando un cuarto de hotel. La llamé pero no atendió.
Revisé el nombre del hotel. Salí de la empresa un poco alterado, dudando y pensando demasiado si estaba exagerando. Conduje hasta el hotel. Me dirigí a recepción.
— Buenas tardes, señorita. Me gustaría saber si hay una reservación a nombre de Sofía de Spenscer.
— No puedo brindarle información de los huéspedes.
— Mi esposa acaba de pagar con mi tarjeta un cuarto — saqué el celular y le mostré la notificación.
La recepcionista me miró con el entrecejo arrugado. Podía notar su pesar.
— Solo no me meta en problema. Porque necesito el empleo.
— Está bien.
Ella revisó en el computador.
— Habitación 314 B. Ella vino acompañada de un caballero.
— Gracias.
Caminé hasta el número que me había dado la recepcionista. Me detuve frente a la puerta. Sentía que mi mundo se venía abajo. Ese mismo día habíamos tenido sexo y ahora mismo ella estaba con un hombre ahí adentro. No quería montar una escena porque en el fondo quería creer que no pasaba nada ahí en ese cuarto.
Me sentí decepcionado.
Llamé a Sofía.
— Mi amor — su voz era distinta estaba agitada.
— ¿Dónde estás?
— Me vine al gimnasio.
— Paso a buscarte. Ya salí de la empresa.
— No te preocupes. Ya voy de salida a la casa.
— Está bien. Te amo Sofía.
— Yo también — escuché un jadeo.
Colgué la llamada. Bajé a recepción.
Me quedé esperando a que saliera.
Una hora después, ella salió tomada de la mano de un hombre más joven y muy atlético. Ella se detuvo a besarlo.
La recepcionista me miró y bajó la mirada. Ante ella seguro era un hombre patético que solo miraba desde lejos como su esposa le ponía el cuerno.
Inmediatamente, llamé al banco y le dije que bloquean todas las tarjetas a nombre de ella y esa tarjeta que ella siempre codiciaba.
Me dolía el corazón.
Esperé que ella saliera para irme de ese lugar.
Subí a mi auto y conduje. A los minutos ella llamaba.
— Amor, no sé qué le pasa a mis tarjetas no puedo pagar algunas compras del supermercado.
Mi voz estaba congelada.
— No puedes pagar porque cancelé todas tus tarjetas.
— Pero porque.
— Eres una cínica.
En ese mismo instante donde había tomado el valor para decirle que la había visto salir con su amante, un golpe tan fuerte había hecho que soltara el celular.
El auto patinó por aquella calle hasta chocar contra un camión de carga pesada. Mi cara se estrelló contra el volante de una forma violenta.
Un chorro de sangre bajaba por mi frente, un dolor tan agonizante sentía en mis piernas, no podía moverme, miraba de un lado a otro. Mis piernas prensadas en el coche, cerré mis ojos no podía ver nada.
Escuchaba gritos, la sirena de ambulancia y de la policía. En ese momento deseé morir. Mi vida era puñado de dolor físico y emocional.
Perdí el conocimiento.
Para cuando abrí los ojos, Sofía ya había hecho los trámites del divorcio y solicitado el 50% de mis bienes. Mi hermana había contratado varios abogados para evitar que Sofía se saliera con la suya.
— Hermano — ella empezó a llorar.
Salió y llamó a los doctores.
Me sentía muerto en vida. Sofía me dolía.
Cuando salieron los doctores, sin decir nada frente mío, por miedo a no sé qué, yo ya sabia que había perdido movilidad de mis piernas. Lo que no sabía es que mi rostro había quedado una cicatriz. ¿Cómo me di cuenta? Cuando llevé mi mano a la cara porque sentía dolor y ahí pude sentir mi piel cosida.
Mis lágrimas salieron. Esas malditas lágrimas que me contuve cuando vi a Sofía en el hotel.
Mi hermana entró.
— Todo va a estar bien.
— ¿Y Sofía porque no está aquí?
— Hermano, no sé cómo decirte esto, pero es necesario que lo sepas. Ella — tragó aire — ella se ha divorciado de ti, y ha solicitado el 50% de todo.
Sonreí con dolor.
— ¿Se divorció?
— Ella vino cuando supo de tu accidente, pero dijo que ella no iba a cuidarte porque no iba a esclavizar su juventud a este matrimonio si tú ya no sirves — ella me miró con sus ojos rojos llenos de lágrimas.
— ¿Mis padres?
— Se fueron a dar una ducha. Cuando te den de alta ellos tienen que regresar a España. Yo me voy a encargar de ti.
— ¿Mi celular?
— Quedó hecho añicos.
— El doctor dice que pronto se hará la cirugía en tu cara.
— Gaby, solo quiero irme a casa. No importa nada. Aunque me opere no volveré a ser el mismo — mi voz se ahogó en un llanto amargo.
Mi hermana me abrazó.
Dos meses después, me habían dado de alta. Mis padres regresaron a España. Y mi hermana había quedado cuidando de mí y de mis negocios.
Así pasaron dos años. Dos años donde me aferré a mi cuarto, caí en una depresión que ya no me importaba nada.
Sofía no se quedó con nada.
Perdí todo contacto con el mundo.