Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
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Capítulo 6 — La beca bajo observación
Marian quiso responderle con algo fuerte, algo que lo dejara callado.
Pero la imagen de Lía apareció antes.
Lía con sus audífonos baratos.
Lía fingiendo que no le dolía.
Lía preguntando si algún día podría caminar por Aureum para ver “los jardines de película” de los que Marian le hablaba.
No podía perder la beca.
No podía.
—Yo no hice nada malo —dijo.
Esta vez no sonó como defensa.
Sonó como agotamiento.
Demian pareció notarlo.
—En familias como la mía, eso no siempre importa.
Marian sostuvo su mirada.
—Entonces su mundo está podrido.
—Sí.
La respuesta fue tan inmediata que la descolocó.
Demian abrió de nuevo la puerta del auto.
—Te llevaré a casa.
—No.
—No te estoy pidiendo permiso para protegerte.
Marian levantó la barbilla.
—Y yo no le estoy pidiendo protección.
—Marian…
—No.
La palabra salió firme, aunque por dentro estuviera temblando.
—Mi vida ya es bastante difícil sin deberle favores a un Valcárcel.
Demian entrecerró apenas los ojos.
—No sabes distinguir entre un favor y una estrategia.
—Y usted no sabe distinguir entre ayudar y controlar.
El silencio que siguió fue cortante.
Marian pensó que él iba a insistir. Que iba a ordenar. Que iba a demostrarle, ahí mismo, que su negativa no valía nada.
Pero Demian solo cerró la puerta del auto con suavidad.
—Entonces vete —dijo.
Marian no esperó más.
Caminó hacia la parada del transporte interno sin mirar atrás. Pero cada paso le pesó como si la mirada de Demian siguiera en su espalda.
Cuando subió al último autobús del campus, se sentó junto a la ventana y apretó el bolso contra su pecho.
Solo entonces se permitió respirar mal.
No lloró.
No tenía tiempo para llorar.
Sacó el celular y revisó los mensajes.
Mamá:Lía ya durmió. Preguntó si llegabas tarde. Le dije que estabas trabajando en una gala muy elegante y pidió foto de los vestidos.
Marian cerró los ojos un instante.
Luego escribió:
Marian:Dile que mañana le cuento. No me espere despierta.
La respuesta llegó casi al momento.
Mamá:No te preocupes. ¿Todo bien?
Marian miró su reflejo en el cristal oscuro del autobús.
Tenía el rostro pálido, el moño medio suelto, los ojos demasiado abiertos.
Marian:Sí. Todo bien.
Mintió porque en su casa ya había suficientes verdades pesadas.
A la mañana siguiente, Aureum Academy brillaba como si la noche anterior no hubiera pasado nada.
Eso era lo terrible de los lugares como Aureum: podían devorar a alguien en un salón privado y al día siguiente seguir oliendo a café caro, pasto recién cortado y flores frescas.
Marian llegó con veinte minutos de anticipación a su primera clase.
Había dormido poco, pero no podía permitirse verse destruida. Se había recogido el cabello con más cuidado, había planchado la blusa blanca de su uniforme académico y llevaba los apuntes ordenados en una carpeta azul.
En Aureum, la apariencia era defensa.
Los pasillos ya estaban llenos de estudiantes. Algunos vestían el uniforme con pulcritud elegante; otros lo alteraban de formas mínimas pero costosas: relojes discretos, zapatos italianos, joyas pequeñas que no necesitaban brillar demasiado.
Los becarios se reconocían por otro tipo de detalle: mochilas más usadas, libros de segunda mano, miradas entrenadas para no quedarse demasiado tiempo en nada que no pudieran pagar.
Marian entró al aula y se sentó en la tercera fila.
Intentó concentrarse.
No pudo.
Cada vez que el profesor mencionaba algo sobre análisis de datos sociales, ella pensaba en expedientes.
En oficinas.
En la palabra beca pronunciada como amenaza.
A las diez y cuarenta y tres, su celular vibró.
Número institucional.
Marian sintió que la sangre se le enfriaba antes de leer.
Estimada alumna Marian Soler: se solicita su presencia en la Oficina de Becas y Permanencia Académica a las 12:00 hrs. Asunto: revisión administrativa de expediente.
El aula siguió igual.
El profesor hablaba.
Una alumna reía en voz baja dos filas atrás.
Alguien pasaba una página.
Pero para Marian, todo se redujo a una frase.
Revisión administrativa de expediente.
Demian había tenido razón.
Y eso la enfureció más que si se hubiera equivocado.