Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 10
El la evaluó, tratando de perforar las capas de protección con las cuales ella se ocultaba. Luego hizo un gesto y se apartó de la puerta.
-Si le asegurabas a esa... persona que regresarás a tu casa en unos días, creo que fue un poco prematuro.
-Debo regresar -Rebecca se puso tensa-, tengo muchos compromisos. Venir aquí causó problemas a otros. Debo regresar -repitió, firme.
- ¿Y tu madre? -Alzó una ceja, en señal de desprecio-. La vuelves a ver y la abandonas a tu placer, sin importarte las consecuencias. ¿No crees que merece un poco más de tu precioso tiempo, en lugar de apenas unos cuantos días de tu apoyo moral?
-No se trata de eso -se defendió, irritada-. Tengo una vida propia, Jay... responsabilidades ineludibles. Vine tan pronto como leí el anuncio, a pesar de esas responsabilidades, y apreciaría que aceptaras que debo regresar tan rápido como sea posible.
-Y esas... responsabilidades, ¿no incluyen a tu madre? -el desprecio aumentó-. Dime, Rebecca, porque me interesa saberlo. . . -la midió, antes de enfrentarse a sus ojos-, ¿el que te mantiene te da la clase de lujos que esperabas que yo pagara o tiene más dinero que yo? Cierto, te vistes con modelos exclusivos -se mofó-. Así que aventuro que te vendes caro.
Algo violento brilló en los ojos de la joven y él observó que apretaba los puños, sofocando la necesidad de abofetearlo.
-Lo que haga con mi vida y con las personas con quienes la comparto, no te incumbe -replicó, cortante-. No te incumbe desde el día en que me dejaste sola no le dedicaste otro pensamiento a la entupida ingenua que usaste todo un verano para alivio adecuado a tu aburrimiento sexual.
-Oh, no sólo adecuado, Rebecca -se burló-. Fuiste, apuesto a que hace mucho que lo has descubierto, más que adecuada.
- ¡Que Dios me perdone, Jay! -musitó, exasperada-. Pero si vuelves a insultarme…
- ¿Qué harás? -la retó, mientras la joven buscaba palabras para expresar su furia. Le dio un tirón salvaje con una mano, cerrando el espacio que los separaba-. ¿Golpearme? -Sonrió con crueldad- Te juro que te devolveré cada uno de tus golpes -le advirtió-. ¿Gritar? ¿Quién vendrá a rescatarte sino la querida Olivia? Y creo que a ella le encantara qué te golpeara.
-Te detesto -le espetó, sintiendo que la invadía una ira sorda - Desprecio todo lo que representas. Si Olivia comparte tus estrechos puntos de vista, se merecen uno al otro. Estar casada contigo debe aumentar su mediocridad de forma constante.
El se quedó quieto y Rebecca se encogió en su interior, temiendo haber llegado demasiado lejos.
- ¿Casada?-se ahogó-. ¿De dónde demonios sacas que Olivia y yo nos casamos?
- ¿Quieres decir... -Rebecca lo contempló, alelada-, que no se casaron? -la incredulidad resonaba en su voz y Jay se rió; con un sonido duro.
-No necesito casarme con Olivia para obtener lo que quiero de ella-replicó, mordaz-. Por el mismo motivo por el que no me casé contigo.
Su desprecio por Olivia y por ella la humillaron al máximo.
-Eres y fuiste un maldito egoísta, Jay -murmuró, aproximándose al escritorio, para levantar el auricular.
- ¿Qué haces? -inquirió, furioso.
-Llamo un auto de alquiler-le informó-. Me niego a quedarme en esta casa un momento más del necesario.
-Tú no te mueves de aquí -ladró, arrancándole el auricular de la mano y arrojándolo contra la pared.
La atrapó de nuevo, obligándola a mirarlo, alto, moreno, con el poder de su atracción martillándole los sentidos y despertando emociones de distinta naturaleza.
-Quítame las manos de encima -le ordenó, tensa-. No soportó que me toques.
- ¿No es una lástima? -se mofó, acercándola a su cuerpo aún más, de modo que ella percibió el calor que emanaba de su piel. - Porque ha llegado la hora de la venganza, Rebecca, y tomaré la que me corresponde.
La besó con rabia, echándole hacia atrás la cabeza por la violencia del beso, abriéndole los labios para invadirla, con el único propósito de enojarla. Sin embargo, al ahondar el beso con los movimientos de su lengua, ella sintió que se conmovía, reconociendo al instante la antigua tentación que los lanzaba a buscarse en cuanto podían.