Lía Aristizábal, una fotógrafa colombiana que llegó a España con el sueño de construir una nueva vida, decide convertirse en madre soltera mediante inseminación artificial después de alcanzar la estabilidad que tanto buscó. Sin embargo, todo cambia cuando descubre que los bebés que espera pertenecen al hombre más egocéntrico e insoportable que ha conocido.
Harold Veneti, dueño del imperio constructor más grande del mundo, siempre soñó con ser padre, pero jamás encontró a la mujer indicada. Lo que nunca imaginó fue que, por un error de la clínica de fertilidad, su esperma terminaría siendo utilizado para inseminar a una latina decidida a criar sola a sus hijos.
Obligados por el destino a compartir mucho más que unos bebés, Lía y Harold deberán aprender a convivir entre discusiones, diferencias y una atracción imposible de ignorar.
¿Podrá el amor surgir entre dos personas tan distintas… o sus personalidades chocarán demasiado como para estar juntos?
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Parte 6
Harold
Al final, Lía tuvo que salir corriendo. Algo había pasado con el CEO de la marca para la que iba a hacer la sesión de fotos, y claro, no era cualquier marca. Era de esas empresas que se manejaban con lujo, detalle, y presión constante. Algo en su prisa me había recordado lo linda que era cuando estaba tan enfocada en su trabajo. Quizás por esa razón me dejé llevar y le solté esa propuesta tan loca, algo que ni siquiera había planeado. Pero lo hice, y ahora estaba ahí, dándole la libertad de elegir. Yo no era un hombre de ataduras forzadas, eso lo sabía bien.
—Señor Veneti, la reunión de las 9 —me recordó mi secretario con la típica expresión de formalidad que siempre llevaba. Lo miré y asentí con una sonrisa suave mientras me levantaba del mueble en el que había estado hundido, sumido en mis pensamientos sobre Lía. Ahora, con la cabeza más fría, debía organizar la reunión en la sala de conferencias y enfocarme en el trabajo. Aún así, no podía evitar que mi mente divagara en la reacción de mis padres si Lía aceptaba lo que le había propuesto. Aunque, siendo sinceros, la opinión de mis padres casi no me importaba. Sabía que, en el fondo, no vivía por su aprobación.
Mi abuelo, sin embargo, ese era otro tema. Si llegaba a casarme, él estaría más que contento. Era como si siempre hubiera esperado que yo diera el paso que ninguno de mis hermanos parecía dispuesto a dar. Y mi abuela... ella se alegraría aún más. Había pasado años estresada por el hecho de que su nieto mayor no tenía planes de matrimonio. Tenía esa urgencia, casi una necesidad, de conocer a su bisnieto antes de que el tiempo la venciera. Esta noticia traería una inmensa alegría a la familia, al menos para algunos.
Suspiré, sabiendo también que habría quienes no verían con buenos ojos este movimiento. Siempre hay personas dispuestas a incomodar cualquier felicidad ajena. Pero no estaba dispuesto a preocuparme por ellos. Mis pensamientos fueron interrumpidos por el timbre del celular de mi secretario. Lo vi fruncir el ceño y, con un gesto preocupado, me mostró la pantalla. Mi madre estaba llamando.
—Mierda —murmuré, recordando que había olvidado poner mi teléfono en modo "No molestar". Contesté rápido, sin dejar que se acumulase más el tiempo.
—¿De verdad tengo que llamarte siempre a través de tu pobre secretario? —la voz de mi madre era un reproche habitual, uno que ya conocía demasiado bien.
—Tenía el celular en no molestar, lo siento —respondí con un tono que intentaba ser conciliador, aunque ambos sabíamos que esta conversación ya la habíamos tenido antes.
—Dios, siempre es lo mismo contigo —se quejó, dejando escapar un suspiro pesado.
—¿Qué pasa, mamá? —pregunté, deseando que fuera algo rápido. La reunión estaba a minutos de comenzar.
—¿Es que no puedo llamar a mi hijo solo para saludarlo? —su tono se suavizó apenas, pero seguía cargado de esa típica mezcla de desaprobación y cariño que ella solía emplear.
—Madre, lo haces los fines de semana, no durante la semana cuando sabes que estoy mucho más ocupado —respondí, con una mezcla de cansancio y paciencia. Era verdad, nuestras charlas eran un ritual del fin de semana, cuando podía relajarme, pero entre semana... era diferente.
Escuché su largo suspiro al otro lado de la línea, ese que usaba cuando se preparaba para soltar algo importante.
—Quiero que vengas el fin de semana a la cabaña familiar. Tu hermano va a presentarnos a su nueva novia.
No pude evitar reírme. Era típico de mi hermano cambiar de novia como quien cambia de camisa.
—¿Otra vez cambió a la anterior? —pregunté, ya casi sabiendo la respuesta.
—No lo sé, tú sabes cómo es tu hermano —respondió mi madre, con ese tono resignado que usaba cuando hablaba de él—. Mientras una mujer le agite un poco el ánimo, corre hacia ella sin pensarlo.
—Un día de estos va a dejar embarazada a alguna —dije, medio en broma, medio en serio. Conociéndolo, no me sorprendería en absoluto.
—No lo dudo, pero ya sabes que no me meto en la vida de mis hijos. Ellos verán qué hacen con ella.
—¿Puedo llevar a alguien? —pregunté de repente, sin haberlo pensado demasiado. De inmediato, la imagen de Lía cruzó mi mente. Sería interesante llevarla, introducirla a ese mundo y ver cómo reaccionaba. Además, tal vez eso ayudaría a que aceptara mi propuesta de matrimonio.
Hubo un silencio corto al otro lado de la línea, antes de que mi madre preguntara con interés.
—¿Quién es? —me preguntó, casi con un toque de curiosidad maternal.
Solté una risa, alejándome de la sala de conferencias para que nadie escuchara la conversación.
—Dijiste que no te metías en la vida de tus hijos —le recordé con tono juguetón—. Ya lo sabrás.
—Por eso siempre serás el heredero de los Veneti, jovencito —respondió, también entre risas.
Nos despedimos rápidamente, y colgué el teléfono, volviendo a la sala de conferencias. Mi mente ya estaba en la reunión que estaba por comenzar, pero no podía evitar que en el fondo quedara esa inquietud, esa posibilidad.
La reunión no se hizo eterna, pero el tema se volvió repetitivo. Necesitábamos mejorar nuestra relación con el medio ambiente para que no nos vieran como explotadores de recursos, y esa presión para limpiar la imagen de la marca era constante. Suspiré, sintiendo el peso de las expectativas mientras miraba la hora. Ya eran más de las 12. Debería llevarle almuerzo a Lía, pensé. Después de todo, estaba cerca, en uno de los edificios que me pertenecen. No me costaría nada sorprenderla.
Salí a comprar algo que pudiera gustarnos a ambos, eligiendo con cuidado, como si eso fuese a mejorar las probabilidades de que mi visita la alegrara. Caminé con paso firme, imaginando cómo reaccionaría al verme. No pude evitar pensar en cómo, sin importar a dónde fuera, siempre había miradas que me reconocían. Los Veneti teníamos esa presencia. Mi apellido no pasaba desapercibido, y era imposible negar que nuestra familia tenía cierta... reputación. No solo por el dinero o el poder, sino también porque, a lo largo de los años, nos habíamos ganado un lugar en la sociedad, y sí, admito que la gente también nos consideraba guapos.
Mis pensamientos se interrumpieron cuando llegué al estudio fotográfico donde Lía estaba trabajando. Apenas crucé la puerta, la escuché dándole indicaciones a una modelo. Su voz, firme pero suave, tenía ese tono profesional que siempre me gustó.
—Ponte un poco más a la izquierda, no te pongas rígida, estás excelente —decía. Desde donde estaba, la vi agachada, enfocada en sacar la mejor toma. La modelo, por su parte, me resultaba vagamente familiar, pero no pude ubicar de dónde. No importaba. Lo que importaba era Lía, completamente concentrada en su trabajo.
De pronto, sentí las miradas. La modelo dejó de prestar atención a Lía, sus ojos se clavaron en mí, mirándome con esa mezcla de curiosidad y admiración que siempre había deseado ver en la madre de mi futuro hijo. Pero no era ella. Era Lía quien me importaba, y en ese momento, cuando nuestros ojos se cruzaron, vi su sorpresa reflejada en su rostro. Sus grandes ojos se abrieron exageradamente al verme, y no pude evitar sonreír de lado, disfrutando el efecto que mi inesperada llegada tenía en ella. Sus mejillas se tiñeron de un rojo suave que no pasó desapercibido para mí.
—Deberías darme la bienvenida como se debe —le dije, manteniendo ese tono ligero y burlón.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, todavía sorprendida.
Antes de que pudiera responder, una voz femenina, seguramente de su equipo, intervino.
—Señora Aristizábal, no puede hablarle así. Es el señor Veneti, el dueño del edificio.
Lía giró la cabeza hacia la mujer, probablemente su asistente o secretaria, y luego volvió a mirarme. Su expresión era una mezcla de incredulidad y fastidio. Yo, por mi parte, no pude evitar disfrutar de la situación.
—Pequeño detalle que se me olvidó mencionarte —dije con tono burlón, cruzando los brazos mientras ella ponía los ojos en blanco y se levantaba del suelo. Pero en ese momento, quizás porque estaba usando medias, perdió el equilibrio. No tuve tiempo para pensar, avancé rápido y la sostuve por la cintura antes de que cayera. Su cuerpo se tensó ligeramente al contacto, pero luego se relajó, y aproveché para decirle:
—Deberías tener más cuidado.
Ella me miró, con esa chispa en los ojos que siempre aparecía cuando intentaba mantener el control frente a mí.
—Siempre lo tengo —replicó—. Pero alguien me desconcentró.
Me acerqué un poco más, inclinando la cabeza para susurrar:
—Espero que al menos ese alguien sea guapo.
Ella soltó un suspiro exasperado, aunque sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible.
—Eres insoportable, a veces —me dijo, y no pude evitar reírme.
Miré alrededor y noté cómo todo el equipo la observaba con sorpresa. Sabían quién era yo. El gran Harold Veneti, heredero de la dinastía Veneti, dueño de VT Construction. El hombre que rara vez se dejaba ver en público, a menos que la ocasión lo ameritara. Un hombre al que pocos podían decir que realmente conocían.
Todo aclarado con la rueda de prensa Harold lo dejo bien claro es su esposa y esta esperando un hijo.
Lía y Harold tan calienturentos los dos que tal hicieron el delicioso 😋😋😋🤤🤤🤤 y a Lía le dieron como timbre de ascensor en película de terror 🤣😂🤣😂🤣😂.
Pero Harold ama demasiado a Lía y le importara un carajo lo que diga su familia.
Harold y Lía van paso a paso descubriendose con mucha confianza y sinceridad así que se construye las bases de un buen matrimonio me encanta esa complicidad.