Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
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capitulo 6
Isabella no dormía.
No desde que había visto los ojos de Sasha de cerca.
No desde que escuchó esa frase: “Es el que me dejaron.”
Había algo en esa resignación que le recordaba demasiado a sí misma… el día que decidió desaparecer.
Nueva York seguía despierta bajo su ventana. Pero esa noche, Isabella no miraba la ciudad. Miraba un tablero digital proyectado en la pared de su despacho.
Nombres.
Rutas.
Transferencias bancarias.
Clientes frecuentes de Eclipse.
—Si vamos a atacar —dijo Milan, cruzado de brazos—, debemos hacerlo rápido.
—No —respondió Isabella con calma peligrosa—. Vamos a hacerlo limpio.
—Eso tomará tiempo.
—El tiempo es lo único que Viktor no sabe manejar.
Isabella amplió un archivo en la pantalla.
—Tiene protección local. Dos oficiales comprados. Tres inversores silenciosos. Y clientes con poder político.
Milan silbó bajo.
—Se cubrió bien.
—No lo suficiente.
Se giró hacia su hermano.
—Quiero que cortes el suministro de feromonas sintéticas. Sé quién las distribuye. Si cerramos esa vía, su ambiente pierde control sobre las alfas impulsivas.
—Eso hará que sus ingresos bajen.
—Y que sus clientes empiecen a cuestionar la calidad del “servicio”.
Milan sonrió levemente.
Ahí estaba su hermana.
Fría. Precisa. Imparable.
—¿Y Sasha? —preguntó él finalmente.
Isabella no respondió de inmediato.
Se acercó a la ventana.
—No la sacaré todavía.
Milan frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si la saco ahora, Viktor sabrá que es importante.
—Ya lo sabe.
Isabella negó.
—Sabe que me interesa. No que me importa.
La diferencia era enorme.
Y peligrosa.
Mientras tanto, en Eclipse, el ambiente había cambiado.
Los clientes eran más bruscos. Más impacientes.
Las feromonas en el aire eran más débiles.
Viktor lo había notado.
—¿Problemas con el proveedor? —preguntó con voz tensa.
—Dice que hubo una inspección inesperada —respondió uno de sus hombres.
Viktor no era estúpido.
Eso no era coincidencia.
—Sergeyev… —murmuró.
Sasha estaba en una de las salas privadas cuando sintió el cambio.
Las alfas que llegaban estaban más irritables. Menos complacientes. La falta de manipulación química hacía que todo fuera más impredecible.
Y eso era peligroso.
Esa noche, un cliente perdió el control.
La sujetó con demasiada fuerza.
Sasha no gritó. Había aprendido a no hacerlo.
Pero cuando la puerta se abrió de golpe, el cliente fue arrancado de encima de ella.
Un guardia murmuró algo sobre “órdenes del jefe”.
Sasha cayó al suelo, temblando.
Y entonces entendió.
Viktor la estaba vigilando más que nunca.
Porque Isabella había preguntado por ella.
En su oficina, Viktor observaba otra vez las cámaras.
—Si quieres jugar, Isabella… jugaremos.
Apagó la pantalla.
Y tomó el teléfono.
—Tráiganla.
Esa misma noche, Isabella recibió un mensaje.
Una invitación privada.
De Viktor.
Sonrió apenas.
—Quiere negociar —dijo Milan.
—Quiere provocarme —corrigió ella.
El mensaje incluía una sola línea:
Ven sola.
Milan negó de inmediato.
—Ni hablar.
Isabella tomó su abrigo.
—Si no voy, parecerá miedo.
—¿Y si es una trampa?
Ella lo miró.
—Entonces será su último error.
Eclipse estaba más silencioso esa noche.
La música más baja.
El ambiente más tenso.
Isabella entró sola.
Sin anunciarse.
Sin escolta visible.
Pero nadie dudaba de que no estaba realmente sola.
Viktor la esperaba en la sala principal.
Y a su lado…
Sasha.
El collar brillaba bajo la luz roja.
Pero había algo distinto.
Un moretón leve en su muñeca.
Pequeño.
Casi invisible.
Excepto para una alfa entrenada para detectar amenazas.
Isabella sintió el cambio en su propia respiración.
Viktor sonrió.
—Quería mostrarte algo que te interesa.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Viktor tomó el mentón de Sasha con dos dedos.
Un gesto de posesión.
De control.
Y ese fue el momento exacto en que algo se rompió.
Isabella no avanzó.
No gritó.
No mostró rabia.
Su voz fue más peligrosa que cualquier grito.
—Suéltala.
Viktor inclinó la cabeza.
—¿O qué?
El silencio se volvió insoportable.
Los hombres alrededor esperaban una explosión.
Pero Isabella sonrió.
Lentamente.
—O aprenderás por qué en Rusia aún pronuncian mi apellido en voz baja.
Sasha levantó la mirada.
Y vio algo que no había visto en mucho tiempo.
No miedo.
No deseo.
No dominación.
Sino promesa.
Viktor soltó su mentón.
Pero no retrocedió.
—Te daré una oportunidad —dijo—. Juguemos un trato.
Isabella lo miró fijamente.
—Habla.
—Si logras quitarme a mis tres principales inversores en una semana… Sasha es tuya.
El aire se congeló.
—¿Y si no?
La sonrisa de Viktor fue venenosa.
—Entonces duplico su valor. Y la convierto en mi pieza central.
Amenaza directa.
Milan la habría matado en ese instante.
Pero Isabella no era Milan.
Ella era paciencia.
Era cálculo.
—Acepto —dijo.
Sasha la miró, sorprendida.
Viktor también.
No esperaba que aceptara tan rápido.
—Tienes siete días, Sergeyev.
Isabella dio un paso atrás.
—No necesitaré tantos.
Y salió sin mirar atrás.
Pero antes de cruzar la puerta, sus ojos encontraron los de Sasha una última vez.
Un mensaje silencioso.
Resiste.
Cuando Isabella regresó a su edificio, Milan ya sabía.
—¿Hiciste qué?
—Siete días.
—¡Es una trampa!
—Lo sé.
Se sentó frente al tablero digital.
—Pero ahora es oficial.
—¿Qué cosa?
Isabella levantó la mirada.
Y en sus ojos había algo más que estrategia.
Había fuego.
—La guerra comenzó.
Y en algún lugar de Eclipse, Sasha tocó su collar… por primera vez imaginando que podría quitárselo.