Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 6: RASTROS DE PÓLVORA
El aire de la gala benéfica en el teatro principal de la Costa Oeste estaba viciado, saturado de fragancias francesas y la hipocresía de la élite de la ciudad. Pero para Damiano Moretti, era simplemente otra pasarela. A sus 26 años, entendía perfectamente que el poder era una actuación, y esa noche su vestuario era un arma: un traje de seda roja, el rojo vibrante de la bandera de su familia y de la sangre fresca, que se ajustaba a su cuerpo con una precisión insultante. Los tatuajes de su cuello parecían brillar bajo los candelabros de cristal.
A su lado, Zakhar caminaba como una sombra masiva y silenciosa. El ruso no necesitaba colores llamativos; su esmoquin negro carbón y su mirada heterocromática eran suficientes para que la multitud se abriera como el Mar Rojo a su paso.
– ¿Te divierte que todos se pregunten si el gran perro de guerra ruso todavía tiene las rodillas sucias por arrodillarse delante de mí? – susurró Damiano, rozando el brazo de Zakhar con una sonrisa maliciosa, recordando la sumisión de esa misma mañana.
Zakhar se inclinó hacia él, su inmensa mano rodeando la nuca de Damiano con una presión que rozaba lo doloroso.
– Que piensen lo que quieran, moya radost. Solo tú y yo sabemos que mi boca solo tiene dos funciones: darte órdenes en la cama y destruir a cualquiera que se atreva a mirarte como lo está haciendo ese gobernador.
Damiano soltó una risa suave, deleitándose en la posesividad tóxica de su esposo. Sin embargo, en la periferia, Enzo permanecía como un centinela de piedra. Su mirada no estaba en las salidas de emergencia; estaba fija en la curva del cuello de Damiano, allí donde Zakhar había dejado marcas que la seda roja no lograba ocultar. El odio y el deseo de Enzo latían al unísono, convirtiéndolo en una bomba de tiempo.
El caos no pidió permiso. El primer aviso no fue una bala, sino la explosión de los inmensos ventanales del segundo piso. Los cristales llovieron sobre los invitados como diamantes afilados.
– ¡Al suelo! – rugió Enzo, desenfundando su arma en una fracción de segundo.
Pero Zakhar fue más rápido. En un movimiento que desafiaba su enorme tamaño, envolvió a Damiano con su propio cuerpo, derribándolo detrás de una gruesa columna de mármol justo cuando una ráfaga de ametralladoras ligeras destrozaba el piano de cola del centro del salón.
La Yakuza. Los japoneses no habían venido a negociar las rutas de la costa; habían venido por la cabeza del Moretti para quebrar al Ivanov.
Zakhar se separó de Damiano solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. La calidez obsesiva y protectora había desaparecido por completo. Sus ojos azul y verde estaban vacíos, inyectados en una adrenalina gélida. El esposo devoto se había esfumado; el "perro de guerra" había roto la cadena.
– Quédate aquí. Si alguien que no sea yo pone un pie detrás de esta columna, le vuelas los sesos – le ordenó Zakhar, deslizándole una Beretta plateada que llevaba oculta bajo la chaqueta.
– Zakhar... – empezó Damiano, pero el ruso ya se había fundido con las sombras.
Damiano observó desde su refugio, con el corazón martilleando contra sus costillas, la carnicería que se desató. Zakhar no peleaba como un hombre; peleaba como una máquina de matar diseñada en los laboratorios más oscuros de Siberia.
Se movía entre el pánico y los fogonazos de los disparos con una gracia aterradora. Damiano vio a Zakhar interceptar a dos sicarios japoneses. No usó balas. Agarró al primero por la garganta y, con un crujido seco que hizo eco por encima de los gritos, le partió el cuello antes de usar el cadáver como escudo humano. Mientras el segundo sicario vaciaba su arma contra el cuerpo de su propio compañero, Zakhar sacó un cuchillo táctico y lo hundió en el ojo del atacante con una precisión quirúrgica y brutal.
Era una danza de sangre. Zakhar estaba cubierto de rojo, su camisa blanca arruinada, sus ojos brillando bajo las luces de emergencia. Cada vez que un disparo pasaba cerca de la columna donde se escondía Damiano, la violencia del ruso se multiplicaba. Arrancó la oreja de un tercer hombre con los dientes en un forcejeo a corta distancia y disparó a quemarropa a tres más, vaciando el cargador sin parpadear, con el rostro salpicado de carmesí.
Desde el otro lado del salón, Enzo disparaba con una eficiencia letal, pero sus ojos volvían una y otra vez a Damiano. Vio cómo el italiano observaba a Zakhar, no con el terror que cualquier persona normal sentiría ante tal monstruosidad, sino con una adoración oscura y profunda. Damiano no estaba aterrorizado; la brutalidad de su dueño lo excitaba.
Cuando el último de los atacantes cayó con un agujero perfecto en la frente, el silencio que regresó al teatro era más pesado que el ruido de las armas. El olor a pólvora y cobre oxidado era asfixiante.
Zakhar caminó de regreso hacia la columna. Sus pasos eran pesados, dejando huellas de sangre en el mármol pulido. Se detuvo frente a Damiano, jadeando, con el pecho subiendo y bajando bruscamente. Sus manos, antes herramientas de asesinato precisas, temblaban ligeramente mientras recorría con la mirada cada centímetro de su esposo buscando una herida.
– ¿Alguien te tocó? – la voz de Zakhar era un gruñido gutural, apenas humano.
Damiano se puso de pie con elegancia, ignorando los cadáveres y el llanto de los sobrevivientes a su alrededor. Estiró una mano cubierta de anillos y acarició la mejilla ensangrentada del gigante ruso.
—Ni un rasguño, mio demone. Fuiste muy rápido.
Zakhar lo atrapó por la cintura, estrellándolo contra su pecho con una fuerza que le robó el aliento. Hundió el rostro en el cuello del italiano, respirando su perfume mezclado con el hedor de la muerte. Zakhar temblaba, y era una vulnerabilidad que solo Damiano tenía el privilegio de presenciar.
Damiano cerró los ojos, enredando sus brazos en el cuello de su esposo. La arrogancia del Moretti se alimentaba hasta la embriaguez del hecho de que este carnicero, que acababa de aniquilar a diez hombres con sus propias manos, era el mismo que se arrodillaba ante él.
– No puedo ni pensar en que pasaría si te llegará a suceder algo.
– Entonces no me dejes ir nunca – respondió Damiano con una sonrisa cruel que le llegó a los ojos. – Porque ahora quiero ver cómo haces arder a la Yakuza por esto.
Zakhar se separó, clavando en él una mirada de devoción psicótica.
– Te lo prometo. No quedará ni uno solo de ellos en toda la Costa Oeste.
Enzo apareció a sus espaldas, limpiando la recámara de su arma con movimientos mecánicos.
– Zakhar, tenemos que movernos. La policía local y el FBI estarán aquí en menos de cinco minutos.
Zakhar asintió, su postura volviendo a la frialdad de un líder de la mafia. Pero antes de dar un paso, le lanzó una mirada a Enzo que congeló el aire entre ambos.
– Limpias el salón, Enzo. Y si encuentro un solo video de seguridad de las cámaras del teatro donde mi esposo se vea vulnerable, tu cabeza será la siguiente.
Damiano pasó al lado de Enzo para seguir a Zakhar. Al hacerlo, le dio un golpe intencionado con el hombro, restregando parte de la sangre que Zakhar había dejado en su traje contra la impecable chaqueta del guardaespaldas. Una marca de propiedad descarada que Enzo tuvo que tragar en un silencio venenoso.
La guerra contra Japón había comenzado en la costa, pero en el corazón de Damiano, la verdadera batalla era descubrir hasta dónde llegaban los límites de la locura de su perro de guerra.