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MAHUA

MAHUA

Status: En proceso
Genre:Aventura / Magia y demonio / Romance
Popularitas:148
Nilai: 5
nombre de autor: melany ayelen tschentscher

Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.

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CAPITULO 6: "El LATIDO DEL MUNDO INVERTIDO"

El barco avanzaba en silencio, como si temiera perturbar el equilibrio imposible de aquel mundo invertido.

Arriba, el mar.

Abajo, el cielo.

Las olas no rompían contra un horizonte, sino que flotaban sobre sus cabezas, suspendidas en una bóveda líquida que ondulaba lentamente, como si respirara. Peces de formas imposibles nadaban en esa extensión superior, proyectando sombras movedizas sobre la cubierta. Algunas criaturas tenían cuerpos translúcidos, otras emitían destellos de luz que pulsaban con un ritmo casi hipnótico.

Y debajo de sus pies… el cielo.

Un vacío infinito, salpicado de nubes que se movían como corrientes marinas. A veces, relámpagos nacían desde ese abismo y trepaban hacia arriba, desafiando toda lógica, iluminando los rostros tensos de la tripulación.

El casco del barco crujía como si recordara cada una de las almas que lo habían habitado. No navegaban sobre el mar: navegaban dentro de él, o tal vez por encima de un reflejo invertido del mundo. Allí, donde el océano se elevaba como un cielo infinito y el firmamento caía en ondas líquidas bajo sus pies, la realidad parecía un susurro mal contado.

La capitana no dormía.

De pie en la proa, con el abrigo oscuro agitado por corrientes que no eran viento sino mareas invisibles, observaba aquel horizonte imposible. A veces, burbujas gigantes ascendían desde las profundidades invertidas y flotaban a su alrededor, cada una conteniendo escenas distorsionadas: recuerdos, quizá… o advertencias.

—Este lugar respira —murmuró.

Y tenía razón. El mundo entero parecía latir.

Detrás de ella, la tripulación de las almas muertas se movía con cautela. No hablaban demasiado; no porque no pudieran, sino porque sabían que cualquier sonido podía atraer aquello que acechaba.

Entonces ocurrió.

Primero, un silencio.

No uno natural, sino uno absoluto. Como si el mundo hubiese contenido la respiración.

Luego, un temblor.

El barco entero vibró. Las aguas superiores —ese falso cielo líquido— comenzaron a ondular violentamente, formando espirales que giraban hacia abajo… o hacia arriba. Era imposible distinguirlo.

—¡Capitana! — ¡El mar se está agrietando! — gritó uno de los tripulantes.

Ella no respondió de inmediato. Sus ojos ya habían visto lo que venía.

Una sombra.

Colosal.

Moviéndose entre las corrientes invertidas, desplazando masas enteras de agua como si fueran niebla.

—Formación de combate —ordenó finalmente, su voz firme como acero—. Prepárense.

El monstruo emergió.

No rompió la superficie: la deformó. Tentáculos gigantescos descendieron desde el “cielo marino”, retorciéndose con una lentitud antinatural. Cada uno estaba cubierto de ventosas que brillaban con una luz enfermiza, como ojos que observaban.

El kraken.

Pero no era una criatura cualquiera. Era una leyenda deformada por ese mundo al revés.

—¡A babor! —gritó alguien.

Un tentáculo impactó contra la cubierta. La madera estalló en fragmentos. Dos tripulantes fueron arrastrados hacia arriba, perdiéndose en el océano suspendido.

La capitana desenfundó su espada.

El metal vibró.

—¡No retrocedan! ¡Este barco no se rinde! Aunque seamos almas muertas no nos quedaremos perdidos aquí!

Saltó hacia el tentáculo más cercano, deslizándose con una agilidad que desafiaba la gravedad cambiante. La hoja cortó profundo, liberando un líquido oscuro que no caía… sino que ascendía en hilos viscosos.

El kraken rugió.

Un sonido que no se escuchaba, sino que se sentía en los huesos.

Entonces, la tormenta comenzó.

Pero no desde el cielo.

Desde abajo.

El “suelo” líquido empezó a girar, formando un ciclón que se elevaba como una columna de furia. Agua, burbujas, peces y fragmentos de luz se arremolinaron en una danza violenta. El barco quedó atrapado entre dos fuerzas: el kraken arriba… y el ciclón abajo.

—¡Nos están atrapando! —gritó otro tripulante.

La capitana respiró hondo.

Esto no era solo una batalla física.

Era una prueba.

Y lo sabía.

Un tentáculo se lanzó hacia ella. Rodó, esquivando por centímetros, y contraatacó, cortando una sección entera. Pero otro ya venía.

Y otro.

Y otro.

Eran demasiados.

Entonces, algo cambió.

Un movimiento distinto.

No hostil.

Un joven apareció entre los combatientes. No recordaba haberlo visto antes. Se movía con precisión, con una espada que no brillaba como las demás, sino que absorbía la luz.

—¡Capitana, a su izquierda!

Ella reaccionó sin pensar. El joven bloqueó un ataque que habría sido mortal.

Un tentáculo descendió violentamente. Ambos atacaron al mismo tiempo, sincronizados sin necesidad de palabras. El corte fue limpio.

— ¡Sigo sus órdenes capitana!

Ella observa mi terror.

— Quédate con ella, protégela, iré hacia el frente estoy perdiendo muchas almas que no llegarán a destino si no lo detenemos.

— ¡Entendido!

—Está marcada ten mucho cuidado. —Dice antes de correr rápidamente con su tripulación.

 Me observa.

—No puedes pelear solo con fuerza aquí —continuó él—. Este mundo responde a lo que llevas dentro.

—No tengo tiempo para acertijos. —Le digo con gran temor porque las palabras de la anciana ahí estaban.

—No es un acertijo. Es una advertencia.

El ciclón rugió más fuerte. El barco comenzó a elevarse lentamente, como si fuera a ser devorado por la tormenta inferior.

—¡Nos vamos a partir! —gritó alguien.

El joven me mira y me advierte.

—Si pierdes el control… todo esto te consumirá.

Dudé. Y en ese instante, lo sentí.

El miedo.

La culpa.

Mahua.

Un tentáculo me golpea de lleno. Salgo despedida, atravesando una nube de burbujas que explotaron a mi alrededor como recuerdos fragmentados.

Cai… o subi… Eso ya no importaba.

El salta atras de mi.

El impacto no dolió como esperaba.

Fue peor.

No fue un golpe contra el cuerpo… fue como si algo dentro de mí se desgarrara.

El aire —o el agua, o lo que fuera este mundo— desapareció por un instante. Todo quedó en silencio mientras mi cuerpo era arrastrado entre corrientes invisibles. Fragmentos de burbujas estallaban a mi alrededor, y en cada una… veía algo.

Recuerdos.

No todos eran míos.

El joven me sostuvo con fuerza en medio de ese caos líquido, evitando que me perdiera en la nada.

—¡Concéntrate! —me gritó, sacudiéndome levemente—. ¡No te dejes arrastrar!

Pero no podía.

Porque entonces lo sentí.

La marca.

Mi pecho ardió.

No como fuego.

Como si algo estuviera despertando.

Grité.

Un grito que no salió de mi garganta, sino de más adentro. La marca comenzó a brillar a través de la tela, proyectando una luz irregular, como si latiera con vida propia.

El joven lo vio.

Y por primera vez… dudó.

—Así que es verdad… —murmuró.

Antes de que pudiera responder, una corriente nos arrastró violentamente. Giramos en el aire líquido y fuimos lanzados contra la cubierta del barco. El impacto me dejó sin aire, pero no tuve tiempo de reaccionar.

Un tentáculo descendió.

Gigante.

Directo hacia nosotros.

—¡Cuidado! —gritó el joven.

Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía. El tentáculo iba a aplastarnos… lo sabía.

Entonces la marca ardió más fuerte.

Y algo ocurrió.

El mundo… se detuvo.

No completamente.

Pero lo suficiente.

El tentáculo se ralentizó, como si atravesara una sustancia espesa. Las gotas oscuras suspendidas en el aire dejaron de moverse. Incluso los gritos de la tripulación se volvieron ecos distantes.

Respiré con dificultad.

—¿Qué… está pasando…? —susurré.

—Tú —respondió el joven, mirándome fijamente—. Lo estás haciendo tú.

Lo miré, confundida.

—No… yo no…

Pero al intentar negarlo, la marca respondió.

Más luz.

Más calor.

Y entonces lo entendí.

No era el mundo el que estaba cambiando.

Era yo la que estaba empezando a verlo… de otra forma.

El tentáculo volvió a moverse.

Rápido.

Violento.

Pero esta vez reaccioné.

No pensé.

No dudé.

Extendí la mano.

Y lo detuve.

No con fuerza física.

Con algo más.

El aire —o el agua— se tensó entre nosotros. Una especie de presión invisible envolvió el tentáculo, frenándolo a centímetros de mi rostro. Sentí resistencia, como si intentara sostener algo inmenso con algo frágil.

Mis brazos temblaron.

—¡No vas a poder sostenerlo mucho! —gritó el joven.

—¡Entonces corta! —respondí, apretando los dientes.

Él no dudó.

Saltó, giró en el aire y su espada oscura atravesó el tentáculo justo donde lo sostenía. La criatura emitió ese sonido imposible, vibrando en todo el espacio.

El tentáculo se retrajo violentamente.

Y yo… caí de rodillas.

La marca dejó de brillar.

Por un segundo.

Luego volvió.

Más intensa.

—Esto no es normal —dijo el joven, observándome con una mezcla de preocupación y certeza—. Tú no eres solo parte de este mundo…

—¿Entonces qué soy? —pregunté, aún jadeando.

Antes de que pudiera responder, la capitana gritó desde la proa:

—¡A estribor! ¡El corazón está emergiendo!

Levanté la vista.

Y lo vi.

El agua superior se abrió lentamente, como si algo gigantesco estuviera empujando desde adentro. No era un tentáculo.

Era… algo más grande.

Más profundo.

El centro.

El kraken no estaba peleando con todo su cuerpo.

Solo estaba… probándonos.

—Ese es el verdadero enemigo —dijo el joven—. Y si no lo detenemos ahora, el barco no va a resistir.

Me levanté con dificultad.

—Entonces vamos.

Él me observó.

—No entiendes. Esto ya no es una pelea normal. Ese corazón… responde a ti.

—¿A mí?

—A lo que llevas.

Instintivamente llevé la mano a mi pecho.

A la marca.

—No sé qué significa esto —dije—. Pero no voy a quedarme mirando.

Un nuevo tentáculo descendió, más rápido que los anteriores.

Esta vez no dudé.

Corrí.

Mis pies apenas tocaban la superficie de la cubierta. Sentía el movimiento del mundo como si fuera parte de mí. Salté justo antes del impacto, apoyándome en el propio tentáculo como si fuera sólido.

—¡Oye! —gritó el joven—. ¡Eso es peligroso!

—¡Todo aquí lo es! —respondí.

Corrí sobre el tentáculo mientras este se retorcía. Cada movimiento era inestable, pero la marca… me guiaba. No sabía cómo explicarlo, pero sentía las corrientes antes de que ocurrieran.

Salté en el aire.

Y caí directamente sobre otro tentáculo que se elevaba.

—¡Está loca! —escuché gritar a alguien en la cubierta.

Tal vez.

Pero también… estaba funcionando.

El joven me siguió, moviéndose con la misma precisión de antes.

—Si vas a hacer esto —dijo mientras aterrizaba a mi lado—, hazlo bien.

—Inténtalo, seguirme.

Ambos avanzamos hacia arriba.

Hacia el “cielo marino”.

Hacia el corazón.

El aire se volvió más denso a medida que ascendíamos. Las criaturas luminosas se dispersaban a nuestro paso, como si evitaran acercarse.

Entonces lo vimos de cerca.

El corazón del kraken.

No era solo oscuro.

Era… profundo.

Como si mirarlo fuera caer en algo sin fondo.

La marca ardió otra vez.

Más fuerte que nunca.

—No te acerques demasiado —advirtió el joven—. Puede consumirte.

Pero ya era tarde.

El corazón reaccionó a mi presencia.

Comenzó a latir más rápido.

Las corrientes a su alrededor se volvieron caóticas. Tentáculos comenzaron a moverse hacia nosotros desde todas direcciones.

—¡Ahora sí nos quiere matar! —gritó el joven.

—No —dije, sin apartar la mirada—. No es eso.

Extendí la mano.

La marca brilló con intensidad.

El corazón… respondió.

No atacó.

Se abrió.

Como si me reconociera.

Como si me estuviera esperando.

—¿Qué estás haciendo…? —preguntó el joven, bajando la voz.

No supe qué responder.

Porque en ese momento… lo sentí.

No era odio.

No era rabia.

Era dolor.

Un dolor antiguo, profundo, acumulado.

El kraken no era solo una criatura.

Era… algo roto.

Y de alguna manera…

Yo estaba conectada a eso.

—No voy a destruirte —susurré.

El corazón latió con más fuerza.

—Voy a entenderte.

El joven me miró como si estuviera viendo algo imposible.

—Si te equivocas… —dijo—. No habrá segunda oportunidad.

Respiré hondo.

Y avancé.

El mundo a mi alrededor desapareció.

No el espacio.

No el sonido.

Sino la batalla.

El barco.

Todo.

Solo quedamos… el corazón… y yo.

Y entonces lo vi.

No con los ojos.

Con la marca.

Imágenes.

Fragmentos.

Un océano que alguna vez fue normal.

Una criatura que no era monstruo.

Un mundo que se quebró.

Como este.

Como yo.

Abrí los ojos.

Las lágrimas flotaban en el aire.

—No eres el enemigo… —susurré.

El corazón latió.

Más lento.

—Solo estás atrapado.

Extendí ambas manos.

La marca ardió como nunca.

—Y yo también.

El joven gritó algo detrás de mí.

Pero ya no lo escuchaba.

Porque el corazón…

me respondió.

Y en ese instante…

todo cambió.

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