Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 6
Llegué al Registro Civil con la respiración entrecortada y las piernas temblando. Eran exactamente las nueve y dos minutos. Mateo estaba parado en la puerta principal, con los brazos cruzados y la cara oscura como un cielo de tormenta. Varias chicas que pasaban por la vereda lo miraban de reojo, susurrando entre ellas, pero él no les prestaba la menor atención. Sus ojos estaban clavados en mí, afilados como cuchillos.
---Perdón ---jadeé\, deteniéndome frente a él---. Hice todo lo que pude.
Mateo me miró de arriba abajo.
---No me digas que viniste corriendo.
---¿Qué querías que hiciera? El auto estaba completamente parado por el accidente.
Se pasó una mano por la cara, entre enojado y preocupado.
---¿Estás loca? ¿Corriste todo ese tramo sin pensar en el chico que llevás adentro?
Recién entonces sentí una molestia leve en el vientre. Me llevé la mano al abdomen y respiré hondo.
---¿Podés dejarme recuperar un segundo?
Mateo apretó la mandíbula, visiblemente conteniéndose. Me agarró del brazo, no demasiado suave, y me metió adentro del edificio. El calor de la calefacción me golpeó de inmediato. Mis hombros, que habían estado encogidos por el frío, se relajaron un poco.
Él me miró otra vez y frunció el ceño.
---¿Tenés alguna idea de lo que significa estar embarazada? ¿O lo hiciste a propósito? Ni siquiera trajiste abrigo.
---No traje ropa ---expliqué\, cansada---. Solo tengo lo que llevaba puesto ayer.
Mateo interpretó mal mis palabras.
---¿Me estás reprochando que no te preparé nada?
---No es eso...
Sin decir más, se quitó el saco y me lo puso sobre los hombros con un movimiento brusco. El abrigo todavía conservaba su calor y su olor. Quise agradecerle, pero él ya se había dado vuelta y caminaba hacia el mostrador.
El trámite fue rápido. Llenamos los formularios, firmamos donde nos indicaron, nos tomaron una foto juntos frente a una cortina azul y, en menos de diez minutos, nos entregaron el certificado. Salimos uno al lado del otro. La gente que pasaba nos miraba con sonrisas, comentando lo bien que hacíamos la pareja. Yo solo sentía que todo era una farsa. Mateo, por su parte, endureció la mandíbula y no abrió la boca.
En la vereda, junto al auto que lo esperaba, me extendió el certificado sin mirarme.
---Tomá. Lleváselo a los viejos para que vean que cumpliste.
Subió al auto y cerró la puerta. El vehículo arrancó enseguida, dejándome parada allí, con el papel en la mano y el sol de la mañana pegándome en la cara. El certificado brillaba demasiado.
Volví a la Finca Vázquez en Pilar. Apenas entré por el sendero del jardín, Sofía salía de la casa principal. Al verme, su expresión cambió de golpe. La sonrisa que traía se borró.
---¿Qué hacés acá? ---preguntó\, cruzándose de brazos.
---Abuela Mariana me pidió que viniera.
Sofía notó el sobre que llevaba en la mano y entrecerró los ojos.
---Mostrame eso.
---Es solo el certificado de matrimonio ---dije con calma.
Ella me lo arrancó de las manos. Cuando leyó los nombres y vio las firmas, se puso roja de furia.
---¿Lo obligaste a casarse? ¡Qué vergüenza! No tenés dignidad.
Intentó romper el papel. Sus dedos se cerraron sobre el borde, pero se detuvo en seco. Sabía perfectamente que si destruía el certificado, Mateo no se lo perdonaría.
---Esto es de Mateo ---le recordé con voz baja.
Sofía respiró agitada y me tiró el certificado a la cara.
---No te creas que por firmar un papel ya sos la señora de esta casa. Sos solo un vientre alquilado. Cuando nazca el chico\, mi hermano te va a echar como a un perro.
Se dio media vuelta y se fue pisando fuerte.
Me agaché a recoger el certificado del suelo. Lo limpié con la mano y lo guardé. Después entré a la casa.
Abuela Mariana estaba en el living, regando las plantas con una pequeña regadera de bronce. Al verme, dejó todo y se acercó con una sonrisa grande.
---Camila\, hija\, vení. No te quedes ahí parada. ¿Ya está todo listo?
Le entregué el certificado. Ella lo tomó como si fuera un tesoro y lo abrió con cuidado. Lo miró por todos lados, sonriendo cada vez más.
---Qué lindo los dos juntos. Se nota que son tal para cual. Dios los hizo para estar uno al lado del otro.
Miré la foto de reojo. Los dos teníamos la cara tensa, sin una sonrisa. No veía dónde estaba la pareja perfecta, pero no dije nada.
---¡Julián! ---llamó la abuela hacia el estudio---. Vení a ver. Tu nieto mayor ya se casó.
Don Julián salió casi corriendo, con los anteojos todavía torcidos sobre la nariz. Intentaba disimular la prisa, pero se notaba. Tomó el certificado y lo examinó con atención.
---Todo parece en orden ---murmuró---. Aunque hoy en día se falsifica cualquier cosa.
---Ay\, Julián\, no digas tonterías ---lo reprendió la abuela---. Mateo no haría eso\, y Camila menos.
Don Julián me miró.
---¿Por qué las caras tan serias en la foto? Parecen que el fotógrafo les debía plata.
Bajé la vista sin contestar. La abuela defendió rápido.
---Las fotos de matrimonio deben ser serias. Así se ve más respetable. De cualquier manera\, son nuestros nietos y quedan preciosos.
El abuelo preguntó entonces:
---¿Y Mateo? ¿Por qué no vino con vos?
---Tenía cosas que resolver en la empresa.
Don Julián frunció el ceño.
---¿El primer día de casados y se va a trabajar? Eso no se hace. Llamalo ahora mismo y decile que vuelva. Da igual lo que tenga que hacer.
Quise hablar, pero él me interrumpió.
---Y de ahora en más me decís abuelo\, ¿entendido?
---Sí... abuelo.
Le expliqué que Mateo estaba muy ocupado y que no hacía falta que volviera solo por mí. También aproveché para decir que quería pasar por mi casa esa noche a buscar algo de ropa y que quizá no regresaría a dormir.
La abuela negó con la cabeza de inmediato.
---Ropa se compra nueva. No hace falta que vayas. Yo me encargo.
Sin darme tiempo a protestar, sacó su celular y marcó. Puso el altavoz.
Mateo contestó al tercer tono, con voz fría.
---¿Qué pasa\, abuela?
---Que te casaste hoy y en vez de estar con tu mujer estás en la oficina. ¿Tanto trabajo tenés que ni siquiera podés dedicarle un rato a tu esposa? Todos estos años trabajando y todavía no me das un bisnieto. Esta tarde volvés\, la llevás de compras\, le comprás ropa y joyas\, y después la sacás a cenar como corresponde. Y dejá de andar con esa cara de que el mundo te molesta\, que si seguís así te mando a un convento.
Colgó sin esperar respuesta.
Me pasé la mano por la frente, imaginando perfectamente la expresión de Mateo del otro lado de la línea. La abuela me miró satisfecha, como si acabara de resolver el problema más importante del día.