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EL IMPERIO DE HIERRO

EL IMPERIO DE HIERRO

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Mafia / Reencuentro / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: La moneda de cambio

El nombre de Nora cayó sobre la habitación como un bloque de plomo al rojo vivo.

Valeria se levantó de la cama de un salto, ignorando el mareo que amagó con nublarle la vista y el dolor sordo en el bajo vientre. La seda blanca del camisón rozó el suelo cuando dio dos zancadas hacia Kassian, arrebatándole el teléfono satelital de la mano antes de que Damian pudiera intervenir.

La pantalla del dispositivo mostraba un vídeo de diez segundos transmitido por un canal encriptado de circuito cerrado.

La imagen era temblorosa, iluminada por la luz fría del maletero de una camioneta industrial. Nora Vogel estaba amordazada con cinta adhesiva plateada, con las manos atadas a la espalda con bridas de plástico y un corte sangrante en el pómulo izquierdo. Tenía el traje corporativo desgarrado y los ojos desorbitados por el terror absoluto, mirando hacia la lente de la cámara mientras una mano enguantada con cuero negro le sostenía la cabeza por el pelo, obligándola a alzar el cuello hacia la hoja de un cuchillo de caza.

Al final del vídeo, una voz seca, áspera y con ese arrastre gutural inconfundible de los barrios portuarios de South Boston resonó en el altavoz:

—Tic, tac, hermanita. Seis horas en el reloj. O vienes sola al muelle de trasbordo de Bellegarde, o le devuelvo a tu nuevo jefe a su abogada trozo a trozo. Papá manda recuerdos.

El vídeo se cortó con un zumbido estático.

Valeria se quedó petrificada, con los nudillos blancos apretados contra el plástico del teléfono. El aire en sus pulmones se transformó en ceniza. Nora. Una mujer cuya única culpa había sido tenerle compasión, comprar una prueba de farmacia en un pueblo francés y no hacer preguntas cuando ella necesitaba un pasaporte de emergencia. Una civil inocente, una abogada que jamás había empuñado un arma ni firmado un cargamento de contrabando, metida en el maletero de un carnicero por culpa de su sangre maldita.

Damian le arrancó el aparato de la mano con un movimiento seco. Miró la pantalla un segundo antes de arrojarla sobre la mesa baja, donde el cristal crujió contra la madera.

—Kassian —la voz de Damian no tenía volumen, pero la vibración de sus cuerdas vocales hizo temblar los apliques de la pared—. Moviliza a los dos equipos de intervención rápida de Ginebra y a la unidad de choque de Annecy. Quiero sesenta hombres con fusiles de asalto, bloqueos de carretera en cada salida de la autopista A40 y dos francotiradores en los puentes ferroviarios de Bellegarde. Si un solo vehículo con matrícula de Lyon intenta cruzar el Ródano, revienten los motores.

—No —intervino Valeria.

El grito fue tajante, filoso y cargado de una autoridad tan visceral que Kassian se detuvo con la mano suspendida sobre su transmisor táctico.

Damian se giró hacia ella despacio. La mandíbula del magnate estaba tan apretada que parecía a punto de fracturarse; sus ojos ámbar brillaban con esa locura sanguinaria que no admitía disensiones.

—No me des órdenes sobre cómo manejar una guerra en mi territorio, Valeria —le advirtió él en un susurro amenazante.

—¡Ese no es un tiroteo entre pandillas de Milán, Damian! —le espetó ella, plantándose frente a él, con el camisón blanco ondeando con su rabia—. Conozco a Julian desde que tenía cinco años. Mi hermano no es Giancarlo Moretti; Julian es un sádico con doctrina militar que disfruta cortando tendones. Si huele un convoy táctico a dos kilómetros de Bellegarde, no esperará a que tus francotiradores tomen posición. Le cortará la garganta a Nora en el acto, arrojará su cuerpo al río y usará el desconcierto para detonar dos coches bomba en la frontera.

—No voy a negociar con un bastardo que entra a mi territorio a secuestrar a una de mis empleadas —rugió Damian, acortando el espacio hasta que su pecho casi rozó el de ella—. Y bajo ninguna circunstancia vas a poner un pie en ese punto de intercambio.

—¡Nora está ahí por mi culpa! —le gritó Valeria, clavándole los dedos en las solapas de la camisa abierta, sintiendo el calor frenético del latido de él contra sus palmas—. Por ayudarme a escapar de ti. Por no traicionarme. Si permito que muera destazada en un cobertizo de trenes, cada respiro que dé el resto de mi vida va a saber a sangre inocente.

Damian la atrapó por las muñecas, apartándole las manos de su pecho con una firmeza desesperada pero sin apretar, consciente de la fragilidad que la ecografía acababa de revelar horas antes.

—Estás embarazada, maldita sea —siseó él entre dientes, con los ojos inyectados en sangre y la respiración rota por un pánico que no cabía en su figura de titanio—. Tienes cinco semanas de gestación. La doctora dijo que cualquier shock violento multiplicará el riesgo de que pierdas al bebé. ¿Pretendes caminar hacia el matadero de tu hermano mientras llevas a mi hijo en el vientre?

Valeria sostuvo su mirada. Las lágrimas que habían asomado a sus ojos se secaron al instante, sustituidas por un fuego gélido y calculador que borró cualquier rastro de debilidad.

—Julian me quiere a mí, Damian —dijo con una calma aterradora—. Cree que soy la hermana rebelde que huyó asustada, la chica que se escondió detrás de balances contables porque le tenía miedo a los muertos de Boston. No sabe que tú y yo estamos juntos. No sabe que llevo tu apellido grabado en el vientre. Cree que va a cobrar una recompensa familiar y restaurar el honor de los Callahan obligándome a volver.

Damian frunció el ceño, el destello ámbar de sus pupilas analizando cada palabra con la rapidez de un estratega veterano.

—¿Y qué estás proponiendo?

—Bellegarde-sur-Valserine —explicó ella, soltándose de su agarre despacio y caminando hacia la mesa donde yacía el mapa de carreteras de la región—. Es una antigua estación de maniobras encajada entre dos desfiladeros rocosos del Ródano. Julian eligió ese lugar porque tiene una sola entrada por carretera y túneles ferroviarios abandonados a la espalda para una fuga rápida hacia los bosques franceses. Cree que tiene el control del terreno.

Damian se acercó a la mesa, apoyando las palmas a ambos lados del plano. Kassian se colocó a su izquierda, escuchando con atención.

—Si entras con sesenta hombres armados, lo pierdes todo —continuó Valeria, señalando con el dedo índice el cruce de vías abandonado—. Pero si voy yo sola en un vehículo civil, Julian bajará la guardia. Querrá regodearse. Querrá humillarme antes de subirme al maletero. Necesita ese momento de triunfo para alimentar su complejo de patriarca. Y en esos tres minutos... mientras él me esté mirando a mí... tus hombres pueden entrar por los respiraderos de los túneles viejos que conectan con la presa hidroeléctrica.

Kassian alzó la vista hacia Damian.

—Conozco esos conductos, señor. Eran parte de las rutas de contrabando de tabaco en los años setenta. Desembocan exactamente detrás del muelle de carga tres. Podemos meter a diez tiradores de élite con silenciadores sin que los centinelas exteriores los detecten en las cámaras térmicas.

—No —Damian negó con la cabeza, con una furia sorda tensándole las mandíbulas—. Es un suicidio táctico. Si Julian descubre la emboscada medio segundo antes de que los tiradores abran fuego, Valeria estará en la línea directa de sus fusiles. Un rebote, una esquirla de hormigón... no voy a arriesgarla.

Valeria rodeó la mesa y se plantó de nuevo frente a él.

Levantó la mano derecha y posó la palma sobre la mandíbula áspera de Damian. El contacto fue tan repentino, tan desarmante y cargado de una intimidad indómita, que el magnate contuvo la respiración, paralizado bajo la calidez de sus dedos.

—Mírame, Damian —le exigió ella en un susurro grave, obligándolo a clavar sus ojos ámbar en los suyos—. No soy una flor de invernadero que necesita que la encierres en una torre de cristal. Fui una Callahan antes de conocerte y sé cómo se le dispara a un hermano cuando cruza la línea. Tú y yo vamos a traer a Nora de vuelta con vida. Y vamos a terminar con Julian esta misma noche.

Damian la contempló en silencio. La furia en su pecho no disminuyó, pero el respeto oscuro, la admiración salvaje y la devoción brutal que sentía por esa mujer terminaron por doblegar su resistencia. Deslizó su mano grande sobre la nuca de Valeria, atrayéndola hacia adelante hasta que sus frentes chocaron con la fuerza de dos placas tectónicas.

—Si algo te pasa en ese muelle, Valeria... —susurró él contra su boca, y la aspereza de su voz vibró con una promesa de aniquilación total—, no quedará una sola piedra sobre otra en Boston. Quemaré a los Callahan hasta que sus cenizas no sirvan ni para marcar una tumba.

—Nada me va a pasar —respondió ella contra sus labios—. Porque tú vas a estar cubriéndome la espalda.

Damian la besó.

Fue un beso rápido, violento y sellado con sabor a hierro y pólvora; la confirmación definitiva de que la tregua corporativa había muerto y que la guerra total acababa de comenzar. Se apartó de golpe, con los ojos encendidos por una frialdad homicida.

—Kassian —ordenó Damian, girándose hacia su lugarteniente con la solapa del traje ondeando a su paso—. Prepara el equipo de asalto para los túneles de la presa. Armamento ligero, munición subsónica y visión nocturna de cuatro tubos. Quiero a los diez mejores hombres en posición dentro de tres horas.

—Entendido, señor —asintió el gigante, saliendo del dormitorio a paso de carga.

Damian caminó hacia el armario acorazado empotrado en la pared del vestíbulo. Tecleó una combinación de ocho dígitos y la puerta pesada de acero se abrió con un chasquido hidráulico.

De su interior extrajo un chaleco de protección balística ultraligero, diseñado con placas de polietileno de alta densidad que se amoldaban al cuerpo bajo la ropa sin abultar. Se acercó a Valeria y, con una delicadeza infinita que contrastaba de forma brutal con la frialdad del metal que lo rodeaba, le ajustó las correas de velcro sobre el torso, asegurándose de que la protección cubriera el esternón y descendiera hasta la parte baja del abdomen.

Luego, sacó de su propia funda una pistola compacta de fabricación suiza, con armazón de polímero negro y corredera de titanio. Comprobó la recámara con el pulgar, verificó los catorce proyectiles expansivos del cargador y se la entregó por la culata.

Valeria tomó el arma. El peso familiar del acero en la palma de su mano le devolvió esa calma quirúrgica y letal que la había mantenido con vida durante seis años de fuga.

—Tres horas en el reloj, señor Valmont —dijo ella, comprobando el seguro con el pulgar antes de enfundarla bajo el abrigo negro que Damian le tendía—. Vamos a enseñarle a mi hermano cómo se cierran los negocios en Europa.

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Ada Zulma Lopez
El no la va á dejar salir ni comprar pan😅ella es una estratega EXELENTE invaluable para sus negocios 💛
Ada Zulma Lopez
🙊 Va ser una guerra sin cuartel, van a pelear a capa y espadas, balas 😂si queda alguien vivo a festejar bebé a bordo más casamiento jajaja 😂
Ada Zulma Lopez
Creó que para seguir leyendo necesito una graan dossis de mafia camorra jajaja 😂 🙊 😅
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